La efímera ilusión de la unidad nacional

La participación de la Scaloneta en el Mundial de Estados Unidos logró una comunión excepcional. Lo que mostraron los festejos después de la derrota y el mensaje para la política. La suspensión del conflicto interno, el gran anhelo que choca con la realidad.  

22 de julio, 2026 | 00.05

En los festejos del domingo a la noche, después de la derrota con España, la imagen que predominaba en las calles era la de los sectores populares, los más agradecidos con una Selección Nacional de fútbol que dejó todo lo que tenía para representar a la Argentina de la mejor manera. En esa fiesta pagana, la clase media estaba ausente o diluida hasta la intrascendencia. El contraste con los festejos multitudinarios de 2022 era abrumador porque, cuatro años después, los que salieron a la calle fueron muchísimos menos y porque reír, cantar y bailar después de perder quiere decir otra cosa. El orgullo de ser parte de un país muy grande, la conexión con esos jugadores de élite que fueron vecinos hasta hace no tanto, la dignidad de los que nunca se dan por vencidos. 

Montada sobre un proceso que combinó esfuerzo, disciplina y talento, durante 40 días la Scaloneta unió a la enorme mayoría de los argentinos y dejó conformes a casi todos. Tocó un nervio profundo y volvió a emocionar y representar. A los argentinos que le pagaron 16 mil dólares por una entrada a los familiares de algunos jugadores notorios de la Selección y a los que penaron para pagar 15 mil pesos por dos vasos de fernet en las inmediaciones del Obelisco. 

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El contraste de las calles argentinas después de perder no era solo con la épica victoriosa de 2022. Había otro contraste que saltaba a la vista y era el de esa concentración con la de los sectores que, desde hace casi tres años, se enfrentan al gobierno de extrema derecha de Javier Milei y marchan sobre el Congreso. El pueblo que salió de su casa después de ver que España pasó por arriba a Argentina es el que está lejos de la política. O nunca se sintió representado, o se sintió traicionado o Milei lo convenció o ya no compra lo que antes compraba. Ese pueblo es el que va a la cancha todos los fines de semana en todo el país, gane o pierda el equipo por el que sufre, goza y vive. Un público que dialoga o es el mismo que despidió al Indio Solari en Villa Domínico hace 45 días. Y que, cuando va a la cancha, se adueña como nunca del espacio público.

El fútbol es un deporte único porque todavía congrega a todas las clases sociales. Pero su particularidad es que incluye a los sectores populares que están afuera de casi todo: de la discusión, de las prioridades, de los medios, de las políticas, de los beneficios. La dirigencia politica que se opone a La Libertad Avanza necesita romper la endogamia para llegar a ellos si no quiere encerrarse en un universo cada vez más restringido y comprar un nuevo pasaporte a la derrota.  

Una frase atribuida desde hace tiempo a distintos autores lo explica: “El fútbol es la única política que le interesa al pueblo, porque los jugadores de fútbol le dicen a la gente lo que van a hacer, mientras que los políticos le dicen a la gente lo que van a hacer y después hacen otra cosa”. Pero hay algo más que nutre la comunión en torno a la Selección. Se sabe que el fútbol es parte sustancial de la vida de los argentinos. El deporte más popular que acompaña a generaciones enteras, en los clubes y las canchas de los barrios y pueblos de todo el país. Pero hay algo más, tan o más importante. 

Durante el Mundial que organizó Donald Trump, las diferencias quedaron en un segundo plano y, a medida que Argentina avanzaba, nos enfrentamos a un mundo que nos acusaba de ser un país abominable, tramposo, racista y pendenciero. Solo un gobierno orgullosamente antipopular como el de Milei logró quebrar esa unidad y quedar enfrentado a un grupo de deportistas que jugó con el corazón y mostró sobre el césped de Atlanta la bandera que decía “Las Malvinas son argentinas”.

Estratégico y más vigente que nunca cuando un plan británico-israeli avanza para llevarse el petróleo de las islas, el reclamo por la soberanía aparece como otro motivo de unidad. Algo muy importante, otra de las pocas cosas que parece unir de sur a norte, de arriba a abajo, de izquierda a derecha. ¿Cómo traducir eso en política?

Confiado en que sigue siendo una excepción histórica, Milei mandó a discutir a sus ministros con los jugadores que mostraron la bandera y a su vocero con Lionel Messi, alguien que siempre sabe lo que dice y lo que hace. Salvo por eso, lo que primó fue la unidad nacional en torno a una Selección que se ganó el respaldo de las mayorías. Durante cuatro o cinco semanas, las distancias se acortaron, las conversaciones cambiaron de tono y un objetivo común nos reunió a casi todos.

Ese hermoso sentimiento contrasta con el día a día de la confrontación y la falta de consensos que lamentan -sobre todo- los que quieren imponer un rumbo dogmático y excluyente. Para cualquiera que quiere a la Argentina y la defiende dónde y cómo puede, sentirse espalda con espalda con 47 millones de argentinos es el mejor de los mundos. Pero es un sentimiento excepcional que sólo se propaga durante acontecimientos como el que acaba de terminar. Es la ilusión de un país pujante que se plante ante el mundo y llegue a lo más alto. Pero es también y sobre todo la ilusión de no confrontar con el otro, de dejar de lado el abismo que separa a los que viajan con dólar barato de los que pierden el trabajo. A los que tienen de los que no tienen, a los que promueven la idea de comunidad de los que defienden la religión del mercado, a los que quieren la integración de los que imponen la competencia, a los que mueren de los que dicen que hay que adaptarse o morir. 

Antes y después del Mundial, se impone la confrontación entre intereses, entre clases sociales, entre ideologías. En Argentina nadie regala nada, pero menos que menos los que tienen la sartén por el mango. La meta de un país convencido detrás de una idea que los incluye a todos, la suspensión del conflicto, la fantasía de una vida en armonía plena con los otros, el armisticio en la guerra de clases e intereses es siempre ambicioso y necesita de otro escenario. Más equilibrado, con muchísima menos inequidad, con otro mensaje desde el poder y con mucha capacidad política. Todas cosas que hoy no sobran.