Ubicada a solo 85 kilómetros de Salvador, en el mágico estado de Bahía, la isla de Boipeba se presenta como un auténtico paraíso que aún se mantiene casi intacto. Este destino brasileño, de playas desiertas y naturaleza exuberante, comienza a llamar la atención de los argentinos, quienes una vez que la visitan, sienten la irresistible tentación de volver año tras año a pesar de las dificultades para llegar y los vaivenes económicos.
El litoral de Bahía, con sus 932 kilómetros de costa, es reconocido por su belleza única que muchos consideran "el mais lindo do mundo". Aunque destinos turísticos como Arraial d’Ajuda y Trancoso han ganado popularidad en los últimos años, Boipeba conserva ese encanto de paraíso oculto, donde la tranquilidad y la naturaleza se combinan para ofrecer una experiencia diferente a la habitual.
Boipeba forma parte del archipiélago de Tinharé, al sur de Salvador, y comparte espacio con Morro de São Paulo, uno de los puntos más visitados del estado. Sin embargo, su difícil acceso —solo posible por mar o río— y la ausencia total de automóviles, contribuyen a que la isla mantenga su ambiente preservado y ecológico. Los caminos se recorren a pie o en tractor, lo que ayuda a conservar la flora y fauna local, entre las que se destacan manglares, arrecifes, tortugas marinas y una gran variedad de aves y animales terrestres.
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La isla cuenta con tres pueblos principales: Velha Boipeba, São Sebastião, Moreré y Monte Alegre, cada uno con su propio carácter tranquilo y acogedor. La ausencia de grandes hoteles o resorts se traduce en una oferta de alojamiento basada en posadas y campings, ideales para quienes buscan una experiencia auténtica y cercana a la naturaleza.
En cuanto a la logística para llegar, desde Buenos Aires los vuelos a Salvador parten desde 590.000 pesos ida y vuelta en octubre. Desde allí, existen varias alternativas para alcanzar Boipeba: un vuelo pequeño hasta Morro de São Paulo por aproximadamente 185 dólares ida y vuelta, o bien combinaciones de ferry, lancha rápida y transfer privado con costos que varían entre 6,60 reales (1,17 dólares) y 1.200 reales (212 dólares) para dos personas, según la modalidad elegida.
Detalles sobre la isla paradisíaca de Brasil
Para quienes prefieran recorrer la isla, hay opciones accesibles y originales: desde caminatas por senderos que bordean playas y bosques de Mata Atlántica, hasta paseos en tractores adaptados o quads, con tarifas que van desde 15 a 25 reales (entre 2,65 y 4,42 dólares). Además, una excursión en lancha rápida alrededor de Boipeba, que incluye visitas a piscinas naturales y playas emblemáticas como Moreré y Ponta dos Castelhanos, cuesta alrededor de 250 reales (44 dólares) y dura casi todo el día.
En materia de hospedaje, las posadas ofrecen una amplia variedad de precios: desde habitaciones compartidas a partir de 76 reales (13,50 dólares) por persona hasta opciones con desayuno y mayor confort por 890 reales (157 dólares) para dos personas. En cuanto a la gastronomía, un plato sencillo con pollo o pescado ronda los 30 reales (5 dólares), mientras que restaurantes con mayor sofisticación pueden costar hasta 120 reales (21 dólares) por persona, sin incluir bebidas. Para quienes busquen opciones rápidas y económicas, hay abundantes puestos de bocadillos y pasteis.
La combinación de playas casi siempre vacías, aguas cristalinas que varían entre tonos azules y verdes, y una vegetación que incluye cocoteros y manglares, hacen de Boipeba un destino ideal para quienes buscan tranquilidad y contacto directo con la naturaleza. La isla, además, posee piscinas naturales que emergen con la marea baja, un atractivo imperdible para los visitantes.
La historia también acompaña el encanto de Boipeba: fundada en 1537 por jesuitas, es uno de los sitios más antiguos de colonización en Bahía. Esta mezcla de patrimonio cultural y riqueza natural ofrece a los turistas una experiencia única y auténtica, lejos del bullicio de destinos más masivos.
Si bien Morro de São Paulo es conocido por su ambiente más movido, Boipeba se destaca por su calma y su apuesta al turismo ecológico, que se refleja en la ausencia de vehículos motorizados y en el cuidado del ecosistema local. Esta característica se convierte en un fuerte atractivo para quienes desean desconectarse y disfrutar de un entorno casi virgen.
