El Chaqueño Palavecino conmovió al mundo del folklore tras compartir una emotiva publicación en su cuenta de Instagram, donde recordó un encuentro inolvidable junto a Luciano Pereyra. El posteo rescató el momento en que ambos artistas unieron sus voces para interpretar la mítica Zamba de Balderrama, una que homenajea a uno de los rincones del país que fue fundacional para el folklore.
La obra rinde tributo al legendario bar homónimo, un boliche que supo ser el refugio predilecto de artistas, poetas y bohemios que buscaban refugio entre sus paredes. Al entonarla, el Chaqueño y Luciano evocaron la mística de aquel punto de encuentro que, con el paso de las décadas, se transformó en un símbolo ineludible de la identidad salteña y la cultura del norte argentino.
Compuesta por la dupla magistral de Manuel J. Castilla en la letra y el "Cuchi" Leguizamón en la música, la canción ha sido inmortalizada por las voces más grandes de la historia nacional. Si bien versiones como las de Jorge Cafrune en 1969 o la de Mercedes Sosa en 1972 se convirtieron en hitos definitivos, la interpretación de Palavecino y Pereyra aporta una calidez actual que reafirma la vigencia de la obra.
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Su letra permite que el oyente se traslade a esa atmósfera de encuentro y tradición que solo la música de raíz puede generar. Para el público, ver al referente del Chaco Salteño junto a una de las voces más queridas del país honrando el legado de Balderrama fue un recordatorio de que, aunque pasen los años, los clásicos siguen encontrando nuevos intérpretes que los protejan.
La historia de otro clásico del folklore: Merceditas
La historia de Merceditas, una de las obras cumbres del chamamé, se remonta a finales de la década de 1940, cuando el músico entrerriano Ramón Sixto Ríos inmortalizó un sentimiento que nació de un encuentro fortuito. Esta pieza fundamental de la música litoraleña tiene su origen en 1939, año en el que un joven Ríos llegó a la localidad santafesina de Humboldt para cumplir con una presentación artística en el Club Sarmiento.
Aquel viaje, que parecía ser uno más en su carrera, terminaría por darle forma a uno de los romances más recordados de nuestra cultura popular. En ese escenario rural, el compositor conoció a Mercedes Strickler Khalov, una joven de ascendencia alemana que, a pesar de su corta edad, ya se hacía cargo de las tareas de un tambo lechero tras la pérdida de su padre.
El impacto del primer encuentro quedó registrado como una postal clásica de la época: ella, con un vestido blanco y rizos definidos; él, luciendo un prolijo traje cruzado. Lo que comenzó como una atracción mutua en un baile de pueblo se transformaría, con el tiempo y la distancia, en la musa inspiradora de una melodía que hoy es patrimonio de todos los argentinos.
