“Cada argentino debe producir al menos lo que consume”. Esta célebre máxima de Juan Domingo Perón forma parte indivisible del acervo del realismo político y económico del justicialismo. Sin embargo, a diferencia de las consignas distribucionistas que caracterizaron los primeros años de su gobierno —fuertemente asociadas a la expansión directa del ingreso y al incentivo del consumo popular—, esta definición pertenece a una etapa muy distinta: la del giro pragmático, la austeridad y la apelación urgente a la productividad.
Para comprender el verdadero alcance y la profundidad de esta advertencia, es necesario analizarla desde su contexto histórico específico: la crisis de restricción externa de 1951-1952 y el viraje estratégico que significó el lanzamiento del Segundo Plan Quinquenal.
El contexto histórico: el fin de la "bonanza" de la posguerra
Entre 1946 y 1949, el primer gobierno peronista transitó una etapa de notable expansión macroeconómica. Apoyado en las reservas de divisas acumuladas durante la Segunda Guerra Mundial y en los altos precios internacionales de los granos, el Estado nacionalizó los servicios públicos, incrementó los salarios reales y consolidó un poderoso mercado interno basado en el consumo masivo.
Sin embargo, al llegar los años 1951 y 1952, ese escenario de abundancia cambió drásticamente debido a la combinación de tres factores críticos:
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El deterioro de los términos de intercambio: los precios internacionales de las exportaciones agrícolas argentinas sufrieron una marcada caída.
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Fuertes sequías: el campo argentino padeció dos temporadas consecutivas de sequías devastadoras (1950/51 y 1951/52). La producción de trigo y carne se desplomó, recortando drásticamente el ingreso de los dólares necesarios para adquirir los insumos que demandaba la industria nacional.
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Inflación y escasez: ante la falta de divisas, la inflación comenzó a acelerarse y aparecieron los primeros problemas de desabastecimiento en las góndolas, forzando incluso el histórico consumo generalizado de "pan negro" debido a la escasez de trigo.
El giro doctrinario: de la distribución a la producción
Con las arcas del Banco Central debilitadas para seguir financiando la fiesta del consumo y el desarrollo industrial, Perón comprendió que el modelo económico requería corregir sus desequilibrios de manera urgente. En febrero de 1952, el mandatario anunció por cadena nacional el Plan de Emergencia Económica, un programa de estabilización que meses más tarde se consolidaría bajo los lineamientos del Segundo Plan Quinquenal (1953-1957).
Fue precisamente en ese marco de necesidad y pragmatismo donde nació la consigna que interpelaba al cuerpo social: “Cada argentino debe producir al menos lo que consume”, a menudo sintetizada en la máxima oficial de "Producir, producir, producir".
Aquella frase no era un slogan menor; implicaba un fuerte cambio de prioridades en el discurso y la pedagogía oficial:
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Freno a la puja distributiva: Perón les advirtió tanto a la conducción sindical de la CGT como a las cámaras empresarias que ya no era posible indexar salarios ni precios por encima de la riqueza real generada por el país. A partir de allí, los aumentos de haberes quedarían atados estrictamente a los incrementos medibles de la productividad.
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Combate al ausentismo y al derroche: desde el aparato estatal se desplegó una intensa campaña cultural que condenaba el despilfarro y convocaba a la austeridad y al esfuerzo en los puestos de trabajo. El consumo dejaba de ser presentado como un derecho absoluto e ilimitado para pasar a ser un beneficio que debía respaldarse primero mediante la contraprestación del trabajo.
Las herramientas del Segundo Plan Quinquenal
Para viabilizar este llamado al esfuerzo productivo, el gobierno justicialista modificó la matriz de asignación de recursos a través de tres medidas clave:
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Vuelta al campo: se revirtió parcialmente la lógica con la que operaba el IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio). El Estado comenzó a fijar mejores precios internos para los productores agropecuarios con el objetivo de incentivar la siembra y recuperar los saldos exportadores perdidos.
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Atracción de capitales extranjeros: rompiendo ciertos moldes retóricos previos, se sancionó la Ley 14.222 de Inversiones Extranjeras. La meta era radicar capitales externos para financiar la industria pesada, el entramado siderúrgico y, fundamentalmente, la extracción de petróleo, lo que abrió las negociaciones con firmas como la Standard Oil de California.
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Congelamiento de precios y salarios: se dictó una estricta tregua de dos años para frenar la espiral inflacionaria, una medida de shock que logró estabilizar las variables macroeconómicas hacia el año 1953.
Cuando Juan Domingo Perón pronunció que "cada argentino debe producir al menos lo que consume", no estaba abandonando las banderas de su movimiento, sino ejerciendo una descarnada pedagogía de la escasez.
Fue el argumento doctrinario utilizado para explicarle a sus propias bases trabajadoras que, para sostener las conquistas sociales y la Justicia Social en el mediano y largo plazo, era indispensable consolidar la independencia económica. Y que esa independencia no se lograba con retórica, sino mediante el esfuerzo productivo real, la disciplina laboral y el equilibrio macroeconómico ante los embates del frente externo.
