¿Por qué ya no existe? El rasgo psicológico que hace únicos a los nacidos en los 60 y 70

Los niños de los 60 y 70 crecieron sin supervisión constante. Eso los hizo más resilientes, pero también les dificulta pedir ayuda o expresar emociones.

14 de abril, 2026 | 17.23

Las personas que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 muestran una fortaleza emocional que la psicología actual observa con asombro. Este rasgo, conocido como resiliencia, no surgió de una crianza planificada ni de un entorno ideal, sino de una infancia marcada por la independencia y la ausencia de supervisión constante.

En aquella época, los niños pasaban muchas horas sin la presencia directa de adultos, enfrentándose a conflictos cotidianos y tomando decisiones por sí mismos. Lo que ahora podría interpretarse como una falta de cuidado, en aquel entonces era la norma social. Este contexto obligó a desarrollar habilidades esenciales: la capacidad para resolver problemas, tolerar la frustración y regular las emociones.

Este fenómeno se relaciona con el concepto psicológico de “inoculación al estrés”, que sostiene que la exposición a dificultades moderadas fortalece la adaptación futura. Niños que volvían solos a sus casas, que lidiaban con el aburrimiento sin la ayuda de dispositivos electrónicos y que resolvían sus diferencias sin intervención adulta, construyeron una resiliencia que hoy resulta difícil de replicar.

En contraste, la crianza moderna se basa en ambientes más supervisados y estructurados, donde los adultos intentan evitar el malestar de los niños o solucionan rápidamente sus problemas. Aunque esta protección surge de buenas intenciones, puede limitar el desarrollo de habilidades emocionales fundamentales y reducir las oportunidades para aprender a enfrentar desafíos de forma autónoma.

No obstante, esta dureza mental adquirida en las décadas pasadas también tiene un lado oscuro. Muchos adultos que crecieron en ese entorno presentan dificultades para expresar sus emociones, pedir ayuda o reconocer sus propios malestares. La misma independencia que los impulsó a “resolver todo solos” también los llevó a reprimir sentimientos y minimizar problemas personales, lo que puede afectar su bienestar emocional a largo plazo.

Este análisis abre un debate profundo sobre cómo criar niños emocionalmente fuertes sin exponerlos a sufrimientos innecesarios. Los especialistas coinciden en que el equilibrio es fundamental. Ni la dureza extrema de antes ni la sobreprotección actual ofrecen una solución definitiva.

Por qué los padres de hoy intentan evitarle el malestar a sus hijos (y qué consecuencias tiene)

La crianza actual está atravesada por un miedo que antes no existía con la misma intensidad: el temor a que los hijos sufran. Este cambio responde a múltiples factores, entre ellos la sobreinformación sobre riesgos, la disminución de las redes de apoyo comunitario y una mayor conciencia sobre el impacto emocional de las experiencias adversas. Como resultado, muchos padres terminan interviniendo ante el mínimo signo de frustración o conflicto en sus hijos.

Las principales causas de esta actitud protectora

Por un lado, la crianza en "modo helicóptero" se volvió común en contextos urbanos donde el peligro percibido es alto. Por otro, la presión social por ser "padres perfectos" lleva a evitar cualquier situación que pueda generar malestar, desde perder un juego hasta aburrirse sin pantallas. También influye el ritmo adulto: resolver rápido los problemas de los hijos es más eficiente que esperar a que ellos encuentren la solución.

Las consecuencias de esta sobreprotección

Aunque la intención es buena, los efectos pueden ser contraproducentes. Los niños que nunca enfrentan dificultades moderadas tienen menos oportunidades de desarrollar tolerancia a la frustración, habilidades de resolución de conflictos y autonomía emocional. Estudios actuales muestran que esta falta de exposición a pequeños fracasos está vinculada con mayores niveles de ansiedad y menor resiliencia en adolescentes y adultos jóvenes. En otras palabras, al evitarles el malestar hoy, se los está dejando sin herramientas para enfrentar los desafíos del mañana.