Cuando la redención nunca llega

El ajuste económico profundiza la caída del poder adquisitivo, el cierre de empresas y el deterioro social, mientras se diluye la promesa de recuperación que había sostenido el respaldo electoral al programa de gobierno.

11 de abril, 2026 | 20.16

La historia del costo permanente de los programas económicos ortodoxos tiene una raíz común fácilmente identificable. Una raíz que puede rastrearse en lo más profundo de la historia humana, no solo en los mitos y las religiones, sino también en los procesos sociales. Hablamos de la idea del sacrificio y de su promesa intrínseca: la redención. Pasar el valle de lágrimas de la existencia para alcanzar el paraíso prometido. Renunciar al goce del excedente del presente para construir el ahorro liberador del futuro. La hormiga y la cigarra. Mitología, tradición judeocristiana, estoicismo y espíritu del capitalismo. Todo en uno.

Cuando las variables de un programa económico se desajustan, cuando, por ejemplo, aumenta fuerte la inflación o se desacomodan los precios relativos, los “planes de ajuste” se vuelven una necesidad macroeconómica indispensable. Como ajustar siempre tiene costos, entran en escena los dilemas del decisor, pero no ajustar en tiempo y forma solo agudiza las tendencias indeseables y, muchas veces, ocurre algo peor, se produce una crisis y el ajuste “lo hace el mercado”, como le gusta decir a los economistas. Es el hacedor de política quien, sobre la base de las relaciones de fuerza, tiene la posibilidad de decidir cómo se distribuyen socialmente las cargas de cualquier ajuste, en tanto siempre entraña fuertes transferencias intersectoriales de ingresos. Aunque no la veamos, la lucha de clases siempre está.

Pero el ajuste es también una promesa de bienestar. Tiene un sentido, un para qué. El ajuste es el sacrificio y el “para qué” la redención, el bienestar futuro, las variables realineadas y la economía finalmente creciendo y generando riqueza. El dato nuevo de la elección de Javier Milei fue el sacrificio como propuesta explícita. A diferencia de los ’90 no hubo ocultamiento electoral, como sinceró Carlos Menem cuando señaló que “si decía lo que iba a hacer no me votaban”. Tampoco hubo disfraz de “gradualismo”, como durante el macrismo. El proyecto libertario siempre fue sincero. Habría un ajuste puro y duro que, ya puesto en marcha, hasta se proclamó como un logro en sí mismo: “el ajuste más grande de la historia de la humanidad”, como se ufanó el Presidente. Pero la sinceridad terminó allí, porque la promesa también fue que el ajuste sería pagado por “la casta”, no por los ingresos de las mayorías.

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El triunfo electoral del mileísmo supuso también la existencia de una disposición social al sacrificio, una aceptación y una conciencia de la necesidad del ajuste. No obstante, esta aceptación no significó en ningún momento la renuncia al momento de la redención. Y el gran problema del presente es que las mayorías se encuentran en el punto en el que comienzan a advertir que las mejoras parecen cada vez más lejanas, que las ajustadas fueron ellas y que no habrá redención.

Milei puede declarar a los cuatro vientos que es una máquina de bajar la pobreza y la inflación, pero los datos de la economía real son contundentes. El principal es la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, con paritarias ajustando permanentemente por debajo de la inflación. En una economía donde alrededor del 70 por ciento de la demanda es consumo, menores salarios supusieron una caída significativa de la demanda agregada, caída que a su vez se tradujo en el cierre de miles de empresas en todos los sectores vinculados a la actividad interna. Según la consultora Audemus, más de 10 mil solo en 2025 y alrededor de 23 mil desde el cambio de gobierno. En consecuencia, aumentó el desempleo en 2 puntos según el Indec y, a la vez, también el pluriempleo para intentar sostener el nivel de vida. Como también esto fue insuficiente para compensar ingresos, muchas familias recurrieron al crédito para solventar gastos corrientes, como los alimentos. Pero como la caída de ingresos no fue un fenómeno transitorio comenzó a aumentar la mora. De acuerdo a la consultora 1816, en febrero pasado la mora de las familias acumuló 16 meses de subas consecutivas y alcanzó un pico histórico del 11,2 por ciento, el valor más alto desde el año 2004.

Mientras todo esto ocurre en el ámbito de la economía privada, el sector público continúa con la profundización del ajuste, que se retroalimenta porque la caída de la actividad interna también supone una caída de la recaudación, a la que se sumó la baja de impuestos a los más ricos, como es propio de estos programas. Marzo, con una baja interanual del 4 por ciento acumuló 8 meses seguidos de caída de ingresos públicos. Continuar con el ajuste –no renunciar a la motosierra, como destacó el Presidente– no significó solo insistir en el abandono de la infraestructura, algo que ya sucedió, sino profundizar en el recorte de los salarios públicos, en la reducción de las transferencias en ámbitos como la salud, como por ejemplo el recorte en el plan Remediar que se conoció esta semana, o en los subsidios al transporte en el AMBA, lo que se trasladó a la disminución de las frecuencias.

Dicho de otra manera, no solo el ajuste se volvió crónico, sino que se atacan explícitamente las condiciones de vida de las mayorías. Para amplios sectores de la población el panorama se presenta muy deteriorado. Se alargan los tiempos de transporte, los salarios bordean la subsistencia, aumenta el endeudamiento y desaparecen algunos beneficios básicos, como el acceso a medicamentos. Hoy solo se mantiene en la clase media económica real, alguna vez el orgullo de una argentina igualitaria, alrededor del 17 por ciento de las familias, según el especialista Guillermo Oliveto, cifra que viene cayendo desde el 75 por ciento a mediados de los años ’70 del siglo pasado.

El balance preliminar es que, ya en el tercer año de gobierno, se produjo una ruptura, probablemente sin retorno, del contrato electoral. En particular del capítulo que prometía la llegada de la redención después del sacrificio. El resultado de esta ruptura es la pérdida de sentido del esfuerzo ya realizado por las mayorías, lo que se expresa en dos fenómenos detectados por las encuestas de opinión pública. El más evidente es el enojo. La imagen negativa del presidente ya alcanza a 2 de cada 3 argentinos. El segundo es el desencanto, una mayoría que cree que su situación económica personal no mejorará. En este escenario, la corrupción de poca o mucha monta de la monetización de la institución presidencial o de los funcionarios que se desloman en Nueva York, que consumen bienes de lujo junto a sus esposas y que mejoran aceleradamente su situación patrimonial, rompen también el presunto contrato “moral” anticorrupción y anticasta.

La percepción de las mayorías es además realista, en tanto no se vislumbran señales claras del plan económico que permitan prever una mejora en el bienestar. Los únicos que prevén un mundo mejor son los consultores que relevan expectativas para el Banco Central. Para el resto de los mortales, en cambio, no existen indicios de mediano plazo sobre mejoras de salarios, aumentos del crédito, suba de transferencias o mejora en la provisión de algún bien público. Los efectos de la guerra en Medio Oriente, con un aumento sostenido en el precio de la energía con impacto inmediato sobre la inflación, completan el panorama.

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Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017).