Cuando Donald Trump regresó a la Casa Blanca en 2025, prometió que los aranceles serían la herramienta para “resetear” la relación con China. Más de un año y medio después, esa estrategia no ha logrado modificar de manera sustancial ni las políticas comerciales de Beijing ni su comportamiento militar. Lo que predomina es una política estadounidense errática y contradictoria, que genera desconcierto incluso dentro de su propio gobierno.
En febrero de este año, el Pentágono incluyó a grandes empresas tecnológicas chinas en una lista negra por supuestos vínculos militares, entre ellas Alibaba Group Holding Ltd. La gigante del comercio electrónico con sede en Hangzhou respondió con una demanda contra el Departamento de Defensa, presentada ante un tribunal federal en San José, California. En su declaración, la compañía sostuvo que la decisión se tomó sin pruebas sólidas ni explicaciones claras, lo que -según argumenta-viola el debido proceso constitucional y su derecho a la libertad de expresión.
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La contradicción también se reflejó en el sector tecnológico, Trump anunció públicamente la venta de chips avanzados de Nvidia a China justo después de que su propio Departamento de Justicia los calificara como una amenaza para la seguridad nacional. A esto se sumaron controles de exportación sobre miles de filiales chinas, suspendidos poco después, cuando Beijing utilizó su posición dominante en el mercado de tierras raras —minerales esenciales para fabricar chips, baterías, turbinas y equipos militares— como herramienta de presión política. Incluso los aranceles, eje de su estrategia, quedaron debilitados tras un fallo de la Corte Suprema que invalidó buena parte de ellos.
Mientras tanto, China consolidó avances significativos en su economía y comercio exterior. En el primer semestre de 2026 alcanzó un récord histórico de (3,75 billones de dólares), con un crecimiento interanual del 16,9%, reafirmando su posición como la mayor potencia comercial de bienes del mundo. El aumento de las importaciones (22,1%) superó al de las exportaciones (13,4%), reflejando un comercio más equilibrado. En las exportaciones, se destacó la transformación industrial: los productos mecánicos y eléctricos representaron más del 60% del total, los bienes de alta tecnología crecieron 39% y los vinculados a la transición verde —baterías de litio, turbinas eólicas y vehículos eléctricos— registraron alzas superiores al 30%. A esto se sumaron nuevas industrias emergentes, como robots inteligentes y equipamiento médico avanzado, con ventas que se multiplicaron en más de 90 países.
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Un artículo publicado en la revista Foreign Affairs sostiene que las empresas chinas no se expanden en los países en desarrollo únicamente para colocar excedentes de producción. En realidad, la competencia entre ellas en los mercados internacionales es feroz, ya que muchas buscan nuevos destinos para sobrevivir. Aunque reciben subsidios estatales, incluso en sectores de alta tecnología, compiten bajo las mismas condiciones de apoyo. Su éxito radica en la capacidad de adaptarse de manera extraordinaria a los entornos en los que ingresan, ajustando productos y estrategias a las necesidades locales. Esa flexibilidad les ha permitido crecer con rapidez e integrarse en la vida cotidiana de las comunidades donde operan.
En el primer semestre el comercio con América Latina y África creció un 16,2% y un 19,6% respectivamente, mientras que con la Unión Europea aumentó un 10,2%. El volumen total de importaciones y exportaciones con países vecinos alcanzó aproximadamente 1,39 billones de dólares, lo que representa un incremento del 20,6%, según informó The Global Times.
Brasil, México, Colombia, Chile y Perú concentran cerca del 90% de la actividad comercial de América Latina con China. Entre ellos, Brasil mantiene la relación más dinámica con el país asiático, mientras que México, pese a ser una de las mayores economías de la región y haber estrechado sus vínculos con Beijing, enfrenta la limitación de tener a Estados Unidos como vecino y principal socio comercial. En cuanto al intercambio de bienes, China envía a la región teléfonos móviles y tecnologías verdes —como paneles solares, motores eléctricos y componentes clave para la transición energética—, mientras que recibe materias primas estratégicas como hierro, cobre, litio, petróleo crudo y alimentos, entre ellos pescado y soja. Otra dimensión en la que China está dejando huella en América Latina es a través de proyectos de infraestructura
A pesar del crecimiento externo, el talón de Aquiles de la economía china sigue siendo el consumo interno. El país perdió impulso en el segundo trimestre de 2026: el PIB aumentó 4,3% interanual entre abril y junio, por debajo del 5% registrado en los primeros tres meses del año. La guerra en Irán agitó los mercados globales y, aunque Beijing logró mantener un crecimiento relativamente estable gracias a las exportaciones, la falta de demanda doméstica amenaza con frenar ese impulso. La desaceleración del sector inmobiliario y la fragilidad del mercado laboral han hecho que los consumidores se muestren reacios a gastar, incluso con estímulos oficiales.
El verdadero desafío para China es revitalizar su mercado interno y recuperar la confianza de los consumidores; de lo contrario, la dependencia de las ventas externas podría transformarse en una vulnerabilidad estructural. Con ese objetivo, el gobierno ha lanzado un plan quinquenal orientado a estimular el consumo, que fija como meta elevar las ventas minoristas anuales a unos 9 billones de dólares para 2030. Sin embargo, los pilares tradicionales muestran signos de agotamiento, la inversión en activos fijos cayó 5,7% interanual y la inmobiliaria se desplomó 18% en el primer semestre.
Esta semana, la Oficina Nacional de Estadísticas de China aseguró que la economía ha “operado dentro de un rango adecuado frente a la presión”, destacando la resiliencia gracias al sólido desempeño de la producción, la estabilidad del empleo y la rápida expansión de nuevos motores de crecimiento. Mao Shengyong, subdirector de la oficina, señaló que, aunque el crecimiento se moderó en el segundo trimestre, la tendencia hacia un desarrollo “impulsado por la innovación y de alta calidad” se mantiene. Según explicó, la resiliencia económica ha permitido a China navegar los riesgos globales, apoyada en un suministro energético adecuado, inflación moderada y un comercio exterior sólido.
Las decisiones contradictorias de Washington en Medio Oriente no solo facilitaron que China obtuviera beneficios económicos, sino que también hicieron crecer aún más la confianza en su papel político y diplomático dentro de la región. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y la decisión de Washington de retirarse del estrecho de Ormuz dejaron a Estados Unidos debilitado como garante de seguridad en una de las rutas energéticas más estratégicas del mundo. A pesar de que no fue un mediador oficial en la guerra, todas las partes, incluidos Washington y Teherán, coincidieron en que desempeñó un papel importante en los esfuerzos por desescalar el conflicto.
Aunque China fue uno de los países más afectados por el cierre de Ormuz —recibía el 40% del petróleo que transitaba por esa vía—, el memorando de 14 puntos firmado entre Estados Unidos e Irán incluyó alivio de sanciones y liberación de activos congelados, lo que benefició directamente a Beijing. El acceso a petróleo a mejores precios, contratos de reconstrucción por cientos de miles de millones de dólares y la recuperación de activos bloqueados reforzaron su posición. Al mismo tiempo, la improvisación de Trump, con sanciones que se levantaban y reinstalaban, operaciones militares costosas y mensajes contradictorios, erosionó la confianza de aliados europeos y asiáticos en la capacidad de Washington para sostener una estrategia coherente.
El llamado “giro hacia Asia”, anunciado en 2011 durante la gestión de Barack Obama y basado en la premisa de que el poder estadounidense podía sostener economías regionales sólidas, gobiernos estables y ejércitos capaces de impedir que China alterara el orden regional, hoy se encuentra en crisis. Gran parte de Asia observa cómo Estados Unidos reduce su presencia y deja de disputar seriamente la influencia económica y política de Beijing, lo que ha permitido a China ganar terreno y proyectarse como un actor cada vez más decisivo en el continente.
