Tampoco esta vez fue distinto

09 de abril, 2026 | 00.05

Disculpe lector la insistencia, pero en este espacio suele repetirse que la economía es una ciencia porque tiene leyes y, en consecuencia, pueden establecerse relaciones causa-efecto para las políticas económicas. Como es una ciencia social las leyes no son exactas, la conducta social siempre introduce desviaciones y matices en el corto y mediano plazo, pero lo que sí puede preverse son las tendencias generadas a partir de determinadas políticas. 

Dicho de otra manera, determinadas políticas suelen generar determinados resultados. Al comienzo de gobiernos “de derecha” u “ortodoxos” suelen producirse algunos procesos económicos típicos. Normalmente se repite la fórmula de buscar superávits o equilibrios fiscales, lo que supone reducir el Gasto. El segundo paso de estos gobiernos es reducir impuestos, especialmente para los sectores de más altos ingresos, lo que obliga, dada la voluntad del equilibrio presupuestario, a profundizar la reducción del Gasto. Se agrega que este Gasto público es uno de los componentes de la Demanda Agregada.

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Luego, una de las leyes de la economía, que más que una ley es contabilidad nacional, dice que el superávit público es déficit privado. La previsión, entonces, es que si hay déficit privado se reducirán el Consumo y la Inversión, que también son componentes de la demanda. Los componentes que caen tendencialmente ya son tres, Gasto, Consumo e Inversión. La primera conclusión es que, en la dinámica económica, si caen los principales componentes de la demanda, el PIB, que es la oferta agregada, también cae. De nuevo, es dinámica económica, pero también cuentas nacionales.

Sin embargo, la igualdad contable de la oferta y la demanda agregadas también tiene, por el lado de la demanda, al sector externo, las exportaciones suman a la demanda y las importaciones a la oferta. Puede ocurrir entonces que en la economía existan actividades dinámicas separadas de la demanda interna, es decir orientadas a la exportación, que pueden mantenerse a salvo. Es lo que ocurrió desde el cambio de gobierno. El PIB nominal tuvo resultado positivo debido al buen comportamiento de los sectores dinámicos vinculados al mercado externo, pero al mismo tiempo se deprimieron todos los sectores vinculados al mercado interno, como el comercio, la industria y la construcción. Cabe preguntarse, entonces, por qué tantos actores económicos, desde funcionarios a voceros periodísticos y economistas, afirmaban hasta ayer nomás, que “esta vez es distinto”. La respuesta es una sola: pura ideología. La realidad fue que, una vez más, un gobierno ortodoxo provoca caída de la actividad y de los ingresos de las mayorías. Lo hace, además, de manera permanente, no solo durante el proceso de ajuste estructural. Y ello ocurre a pesar del buen desempeño de algunos enclaves exportadores, con cierto derrame en la logística y las finanzas.

Regresando a las repeticiones históricas, hay algo que, en la economía local, también hacen siempre los gobiernos que profesan la ortodoxia. Se muestran inflexibles, no siempre con éxito, en lo fiscal, pero se desentienden del déficit presente y, sobre todo futuro, de la cuenta corriente del balance de pagos. En concreto: son grandes tomadores de deuda. Cuidan el déficit interno, con el objetivo hasta hace poco no declarado, de destruir las funciones básicas del Estado, pero no cuidan el más delicado déficit externo intertemporal.

La principal diferencia del presente con experiencias precedentes fue el contrapeso de la maduración de la única política de Estado que se mantuvo a lo largo de los últimos gobiernos: la política energética. El punto de partida fue la recuperación parcial de la propiedad estatal de YPF en 2012, la que hoy rinde sus frutos vía la recuperación del superávit energético y el consecuente superávit de la balanza comercial (bienes). Fue precisamente haber perdido este superávit energético lo que motivo en su momento el cambio de política. Sin embargo, también se verifica que, desde entonces, la economía permanece estructuralmente estancada en términos de PIB per cápita, lo que indica que se está frente a algo más que a una “década pérdida”.

Y fue este estancamiento lo que condujo hasta Javier Milei. La democracia corrige, pero no siempre corrige bien. El ciclo precedente se agotó, pero su reemplazo fue un retroceso. En el año 2023 la expresión externa del agotamiento fue el salto inflacionario de Sergio Massa. Pero la causa real no fue la inflación puntual., sino el estancamiento productivo a partir de 2012. Fue este freno el que debía solucionarse, no solo la manifestación externa del número de la inflación. En consecuencia, la solución –creer que la inflación era solamente un problema fiscal– también fue mala.

La cuestión fiscal, al menos en los números, está resuelta, pero la inflación hoy se acerca a los 40 puntos anuales. Se insiste en que el éxito de Milei fue el combate a la inflación, pero esto es cierto solo si se compara contra el desvió de 2023. Cuidado con el dogma. Está claro que una economía no puede crecer solamente vía transferencias a la demanda. Todos los países que se desarrollan aumentan la productividad y expanden la oferta. China, el gran ejemplo de desarrollo del presente, no crece vía transferencias a los más pobres, sino que su gobierno es una máquina de multiplicar infraestructura. Las mejoras en las condiciones de vida derivan del crecimiento, lo que sucede incluso a costa del empeoramiento de la distribución del ingreso. Ningún país desarrollado se mantiene en superávit permanente. Entienden que ello es déficit privado.

De nuevo, cuidado con los dogmas. Luego de décadas con inflación moderadamente alta y tasas de interés de referencia negativas cualquier país se queda sin moneda. La moneda propia deja de ser reserva de valor y eso introduce una distorsión muy grave en la economía, primero por la gran demanda de divisas que genera, pero especialmente por la imposibilidad de desarrollar un mercado doméstico de deuda en moneda propia, lo que dificulta, precisamente, la financiación de los déficits fiscales. Cualquier gobierno futuro, ortodoxo o heterodoxo, estará compelido a mantener las cuentas ordenadas al menos hasta que se recupere la moneda. Pero este no es el problema de fondo, que seguirá siendo crecer y desarrollarse. 

Ahora bien, en la experiencia local de las últimas décadas, todos los gobiernos, tanto ortodoxos como heterodoxos, tuvieron un tropiezo común. Ambos cayeron en la trampa de la sobrevaluación cambiaria. Más allá de los ejercicios numéricos, un tipo de cambio está sobrevaluado (es decir el dólar está barato) cuando necesita del ingreso de capitales para sostenerse. Las economías normales no pueden sostenerse indefinidamente en base a los cepos de la heterodoxia o el endeudamiento de la ortodoxia. Menos todavía en base al “cepo más endeudamiento” de los libertarios más locos del mundo. Las medidas transitorias motivadas en alguna coyuntura no deben volverse permanentes. La economía necesita orden fiscal y desarrollo. Las dos cosas. 

Una vez más, tampoco esta vez fue distinto. La actual administración fracasó en el combate a la inflación y fracasó en salir del estancamiento persistente. Además, al abandonar la inversión pública suma un deterioro de largo plazo en la infraestructura mucho más dañino de lo que por ahora la sociedad percibe.

Luego de poco más de dos años de espera, la paciencia de los votantes terminó y el desencanto recién comienza. La intolerancia con la corrupción de poca monta (en términos de las pérdidas sistémicas) es sólo una de las manifestaciones del cambio de clima social. Las clases dirigentes enfrentan el desafío de dejar de tropezar con las mismas piedras.