A comienzos de 1966, mientras la Guerra Fría dividía al planeta y el fútbol se preparaba para volver a paralizar al mundo, Inglaterra avanzaba con un objetivo obsesivo: organizar el Mundial más perfecto de la historia. La tierra donde había nacido este deporte soñaba con conquistar por primera vez la Copa del Mundo delante de su gente, pero unos meses antes del inicio del torneo ocurrió algo imposible. La Copa Jules Rimet desapareció en Londres y un perro terminó convirtiéndose en héroe nacional.
La llegada del trofeo desde Brasil había generado una enorme repercusión mediática. No era una copa cualquiera. La Jules Rimet representaba buena parte de la historia del fútbol mundial. Había sobrevivido guerras, viajes eternos y celebraciones inolvidables, como pasar por las manos de Obdulio Varela, Pelé y los grandes campeones de la época. Nadie imaginaba que también iba a protagonizar uno de los escándalos más increíbles que recuerde un Mundial.
La copa, creada por el escultor francés Abel Lafleur, representaba a Niké, la diosa griega de la victoria. Medía treinta centímetros, pesaba cerca de 3,8 kilos y estaba bañada en oro. Sin embargo, su verdadero valor era simbólico. El reglamento indicaba que el primer país en ganar tres Mundiales se quedaría definitivamente con ella. Por eso, mientras Inglaterra organizaba el torneo de 1966, Brasil, Italia y Uruguay soñaban con levantarla para siempre
El robo de la Copa Jules Rimet
Aunque la Copa Jules Rimet había llegado a Londres en enero, recién fue exhibida al público el 18 de marzo de 1966. Los organizadores decidieron colocarla en una vitrina dentro del Central Hall Westminster, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Querían que el trofeo brillara antes del Mundial, pero la tranquilidad duró apenas unas horas y al día siguiente ocurrió lo impensado. El único guardia encargado de custodiar la copa se ausentó durante algunos minutos para ir a tomar un café y, cuando regresó, la vitrina estaba vacía. La Copa del Mundo había sido robada.
El caos se desató inmediatamente. Scotland Yard montó una investigación gigantesca y cerca de un centenar de detectives comenzaron a seguir pistas desesperadamente. Mientras tanto, los diarios británicos ridiculizaban a la organización inglesa por el papelón. La noticia recorrió el mundo entero y la presión aumentaba con el paso de los días.
La policía no encontraba respuestas. Interrogaron sospechosos habituales, realizaron detenciones equivocadas y siguieron pistas falsas durante más de una semana. Pero la Jules Rimet seguía desaparecida. Inglaterra, que quería mostrarse como el centro perfecto del fútbol mundial, empezaba a convivir con una humillación histórica. Entonces apareció un protagonista inesperado: un perro.
Un perro curioso, el héroe de una historia de película
El 27 de marzo de 1966, David Corbett salió a caminar junto a Pickles, su perro mestizo, como hacía habitualmente por las calles del sur de Londres. Durante el paseo, el animal comenzó a mostrarse inquieto cerca de un árbol, algo había llamado su atención. Debajo de unos diarios y parcialmente enterrado apareció un paquete extraño.
Corbett se acercó lentamente, retiró los papeles y descubrió una escena surrealista. “Vi una mujer sosteniendo un plato sobre la cabeza y una placa donde aparecían las palabras Alemania, Uruguay y Brasil”, recordó tiempo después. La Copa Jules Rimet había sido encontrada de la manera más insólita imaginable.
La teoría más aceptada indicaba que el ladrón, asustado por la magnitud que había tomado el caso, decidió abandonar el trofeo para evitar ser descubierto. Mientras Scotland Yard acumulaba errores y papelones, Pickles había resuelto el misterio en apenas un paseo. La historia explotó inmediatamente en Inglaterra. El perro pasó de caminar anónimamente por las calles londinenses a transformarse en una celebridad absoluta. Aparecía en programas de televisión, ocupaba tapas de diarios y su popularidad comenzó a compararse con la de The Beatles.
Incluso la policía llegó a sospechar de Corbett, pensaron que podía estar involucrado en el robo. Sin embargo, rápidamente comprendieron que el hombre solamente había tenido la fortuna de tener un perro demasiado curioso. Corbett recibió una recompensa de seis mil libras y una empresa de alimentos para mascotas le regaló comida gratis durante un año gracias a su perro. Además, Pickles y su dueño fueron invitados a la cena oficial organizada después de la consagración inglesa en el Mundial 1966. Allí compartieron el festejo junto a los jugadores y la reina Isabel II.
Como si la historia todavía necesitara más dramatismo, años más tarde ocurrió otro episodio inesperado. Pickles murió accidentalmente mientras perseguía a un gato y su correa quedó enganchada en una rama. El perro que había encontrado la Copa del Mundo terminó convirtiéndose en una figura casi mitológica dentro del fútbol inglés. O en una historia imposible de olvidar.
El otro "robo imposible", con un joyero argentino
El episodio parecía cerrado. La Jules Rimet había sido recuperada y el Mundial pudo disputarse normalmente. Inglaterra terminó levantando por primera vez la Copa del Mundo, aunque envuelta en polémicas arbitrales que todavía siguen generando discusiones. Brasil, golpeado por las lesiones de Pelé y decisiones arbitrales cuestionadas, quedó eliminado tempranamente en fase de grupos.
Pero cuatro años después la historia volvió a cambiar. En México 1970, Brasil conquistó su tercer Mundial con un equipo inolvidable liderado por Pelé y, tal como establecía el reglamento creado por Jules Rimet, se quedó definitivamente con el trofeo. La copa permaneció desde entonces en la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol, en Río de Janeiro. Hasta que el 19 de diciembre de 1983 ocurrió otro golpe imposible de creer: la Jules Rimet volvió a ser robada.
Todo comenzó cuando Sergio Pereyra Alves, un empleado bancario, descubrió una falla de seguridad alarmante en la vitrina donde se exhibía la copa. Aunque tenía vidrios blindados, estaba apenas sostenida con madera y cinta adhesiva. Pereyra Alves le comentó el hallazgo a Juan Carlos Hernández, un joyero argentino radicado en Brasil que también se dedicaba a reducir joyas robadas.
Ya tenían al ideólogo, también al encargado de fundir la pieza. Solo faltaban los ejecutores. Así aparecieron José Luiz Vieira da Silva, conocido como “Bigode”, y Francisco José Rocha, apodado “Barbudo”. Ambos ingresaron a la sede de la Confederación, se escondieron dentro de un baño antes del cierre y esperaron durante horas hasta que el edificio quedara vacío. Después redujeron al sereno, desmontaron la vitrina desde atrás y escaparon con la copa dentro de una bolsa. Todo ocurrió en apenas veinte minutos.
¿Qué pasó con la Copa Jules Rimet?
Según la versión oficial de la policía brasileña, los delincuentes llevaron inmediatamente la copa al local de Hernández, donde el joyero la habría cortado y fundido para vender el oro convertido en lingotes. El dinero obtenido habría sido de apenas 15.500 dólares. Una cifra insignificante para un objeto de semejante valor histórico.
Los delincuentes brasileños fueron detenidos rápidamente gracias a una denuncia, aunque Hernández logró permanecer prófugo durante más de un año. Cuando finalmente fue arrestado, el detective Murillo Miguel decidió provocarlo durante uno de los interrogatorios.“Le dije que para Brasil era una humillación que un argentino hubiera fundido la Copa del Mundo. Cuando escuchó eso, sonrió. Para mí, esa reacción fue la confirmación de que había sido él”, recordó años más tarde en una entrevista con la BBC. Sin embargo, las dudas jamás desaparecieron.
Muchos investigadores nunca creyeron realmente que un especialista tan experimentado hubiera destruido una pieza única por una suma tan baja. Tiempo después, la revista italiana Guerin Sportivo publicó otra hipótesis: según esa versión, el robo había sido encargado por un coleccionista europeo y la copa continuaba circulando clandestinamente dentro del mercado negro internacional.
Hasta el día de hoy, nadie sabe con certeza qué ocurrió con la Jules Rimet. La FIFA modificó completamente los protocolos de seguridad después de aquel episodio y la actual Copa del Mundo permanece bajo custodia permanente. Las selecciones campeonas únicamente reciben una réplica oficial.
Mientras tanto, la historia de la Jules Rimet sigue flotando entre teorías, robos, sospechas y leyendas. Como si el trofeo más famoso del planeta nunca hubiera dejado de escaparles a todos. Incluso sesenta años después.
