Un ruido seco interrumpe la armonía de una clase de literatura de primer año en una escuela porteña. Viene de afuera pero nadie sabe bien de dónde ni por qué. Durante unos segundos hay desconcierto e inmediatamente después, el miedo. Los chicos y chicas se aturden y corren hacia la docente a cargo, se agrupan a su alrededor, buscando refugio. Están notablemente asustados. “En el momento no supe qué era, pero realmente pensé: es real. Me quedé quieta. ‘Profe, ¿eso es un tiro?’, me preguntaron. No respondí hasta que una preceptora dijo que era un petard", relata Silvina, sobre el momento vivido. "Nunca había visto el terror en la cara de un grupo de chicos de doce años. No creo poder borrarme esta escena de la cabeza nunca más”.
El episodio nos permite pensar en los efectos sociales, culturales y emocionales de las amenazas de tiroteo en escuelas de todo el país, a solo días del ataque en Santa Fe donde un estudiante de 15 años asesinó a un compañero de 13 e hirió a otros ocho. Los mensajes, que aparecieron principalmente en baños y paredes de los establecimientos a partir de frases como “mañana tiros”, “los vamos a matar” o fechas concretas que anticipaban supuestos ataques, encendieron las alarmas de la sociedad y de a poco van configurando un fenómeno que dejó de ser episódico para volverse patrón o por lo menos no tan disruptivo.
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Lo que le pasó a Silvina es un espejo de miles de historias de docentes y trabajadores de la educación que durante las últimas semanas sintieron por primera vez un miedo nuevo, algo que hasta ahora no había transcurrido en nuestro país. Mientras desde las administraciones se trabaja en el diseño de protocolos y la implementación de medidas de seguridad, los trabajadores son expuestos a tener que enfocarse, no solo en enseñar, acompañar los procesos pedagógicos o contener, sino además esconder a los chicos ante un tiroteo, o lidiar con un alumno armado, preocupaciones que parecen sacadas de una película de terror.
El ingreso de este tipo de fenómenos a las aulas y las reacciones que eso genera en alumnos, docentes y comunidad educativa, muestra cómo la escuela, que históricamente funcionó como territorio de paz y espacio de resguardo, empieza a transformarse en un posible escenario de violencia extrema.
El miedo como clima: entre la broma y la amenaza
Según los propios trabajadores de la educación, en las últimas semanas el tenso clima de trabajo se volvió palpable, con distintas tonalidades y matices, en todas las escuelas . “Se percibe un clima más tenso y alerta - describe Fernando Armada, docente del Colegio José Manuel Estrada - hay mayor sensibilidad frente a cualquier situación inusual”. La escena del petardo funciona, en ese sentido, como muestra de una sensibilidad alterada, un estado de urgencia latente, un modo de habitar que se vuelve omnipresente, donde cualquier ruido, gesto o comportamiento extraño puede convertirse en amenaza o ser interpretado como peligro.
Las vivencias y sentimientos de los alumnos son un tema central a abordar, y en muchos casos pueden registrarse en las conversaciones, chats, preguntas y demandas que hacen. “Surgieron inquietudes vinculadas al miedo y la inseguridad”, señala Armada, muchas veces “influenciadas por redes sociales o noticias con información distorsionada”. En ese contexto, el miedo no se vive de forma abstracta sino que afecta concretamente la experiencia en el ámbito escolar. “Impacta generando ansiedad, miedo e inseguridad. Afecta los procesos de aprendizaje, la participación en clase y los vínculos entre pares”, explica el profesor de secundaria.
Yamila Haime, integrante del Equipo de Dirección del Colegio de la Ciudad cuenta que, dado que en la institución no hubo amenazas, decidieron en primer lugar no poner palabra, para ver qué pasaba y el viernes finalmente, en medio de una paranoia generalizada, armaron un ‘patio abierto’ con los 340 alumnos: “Nos sorprendió que habíamos subestimado el miedo. Los más grandes pudieron hacer lecturas más complejas, hablar de códigos, de rituales. Una chica de quinto, por ejemplo, decía que ciertas prácticas de egresados ya cruzaban límites. Pero los más chicos fueron directo al miedo: ‘tengo un amigo en el Pellegrini y tengo miedo que lo maten’, por ejemplo”.
En escuelas con una participación juvenil más activa, como las universitarias, los mismos alumnos fueron quienes encabezaron reclamos y demandaron instancias de diálogo y contención profesional. Mientras en el Carlos Pellegrini, luego de una amenaza, se convocó a un abrazo de toda la comunidad educativa, en el Nacional Buenos Aires, tal como describe Marcelo Creta, docente de ambas instituciones, “las agrupaciones del centro de estudiantes pidieron una reunión urgente porque había miedo, incertidumbre y poca idea de cómo afrontar esto”.
La repercusión aflora también en los testimonios de docentes de las escuelas primarias que, a pesar de no ser afectados de forma directa por la problemática, absorben el impacto del fenómeno sobre una población infantil que no cuenta con las herramientas para tramitar emocionalmente lo que está ocurriendo. Analía Villaverde, quien trabaja como docente de tercer grado en una escuela primaria de la Ciudad de Buenos Aires, advierte que se producen conversaciones vinculadas a estos temas a partir de casos de niños demasiados violentos, sobre todo varones, que agreden a otros niños/as. “Con los niños y niñas trabajamos con charlas cotidianas, y con la familia y la psicopedagoga. En algunos casos se realizó un recorte de jornada para aliviar el clima de tensión constante que se genera en el aula”. Menciona que, incluso en los más chicos, el miedo empieza a organizar conductas: “varios expresaron que no se acercan al ‘niño violento’ porque le tienen miedo”. La escuela, en lugar de ser un espacio de encuentro, empieza a fragmentarse a partir de percepciones de peligro y conductas demarcatorias.
Del consumo al acto: la violencia hecha contenido
Pero lo que complejiza el escenario, en este caso en particular, es la ambigüedad de muchas de estas situaciones cuyo origen, según se avanza en la investigación, estaría vinculado a la participación de los adolescentes en un trend de Tik Tok . ¿Dónde termina la broma y empieza la amenaza? Evi, Profesora de psicóloga en escuelas de La Matanza, lo plantea a partir de un caso concreto en la institución: un estudiante que subió la foto de un machete a un grupo. “Siempre lo trabajamos: qué es chiste y qué es broma, cuándo deja de ser broma”, explica. Porque lo que para algunos puede ser una provocación o un gesto banal, para otros es motivo de miedo real y síntoma de otro tipo de problemas como el desplazamiento de los espacios de socialización tradicionales hacia entornos digitales cuyas reglas las pone el propio algoritmo. Esa ambigüedad marca un desplazamiento en los códigos, las normas y los límites que antes eran controladas por la autoridad de las instituciones y la palabra del docente.
Cuando la violencia circula en espacios de la vida cotidiana como las redes sociales, los medios de comunicación o las más altas jerarquías del poder, no siempre es percibida como tal. Yamila Haime relata cómo la violencia ya forma parte y circula entre los códigos de los chicos: en un chat de un grupo de pibes, se mandaban imágenes pedófilas terribles, muy violentas, racistas. Aparecen pibes de color ahorcados, un tipo ametrallando la cabeza a otro. Se escriben lo más violento por las redes y forman parte de grupos violentos - subraya la especialista en Gestión Cultural - Pero, insisto, por qué sería distinto si ven y escuchan a su presidente agrediendo. No podemos horrorizarnos por los pibes cuando la actualidad es esta, o sea, es hasta injusto con ellos".
De cualquier manera, aclara que muchas veces esos códigos, palabras o expresiones no reflejan su sentido literal, sino una resignificación en el marco de culturas juveniles y grupos de pertenencia digital : "Hace uno o dos años los pibes escribían esvásticas y yo me escandalizaba pensando que teníamos alumnos nazis, hasta que entendí que no sabían ni quién había sido Hitler. Lo mismo pasa amenazar a un compañero, que además es un delito penal".
La lógica del contenido y la visibilidad convierte un hecho extremo como una amenaza de tiroteo, incluso la posibilidad de una masacre, en contenido ordinario sin ningún tipo de reparo o noción del riesgo. Las redes terminan produciendo formas de subjetividad violentas y formas de acción impulsadas por el mero deseo de visibilidad e impacto. En ese marco lo que antes era impensable se vuelve una práctica disponible, replicable, incluso performativa, no porque los ejecutores efectivamente quieran matar, sino porque quieren producir un efecto y trascender en el mundo digital. Por esa razón, la primera estrategia implementada desde las instituciones, por orden de los especialistas, es evitar la hiper mediatización y espectacularización del caso: “viralizar imágenes o mensajes puede generar el efecto contrario: activar algo en chicos que ya están en una situación de vulnerabilidad o en un límite”, indica Creta.
La escuela como continuidad de la violencia social
Lo que aparece de manera consistente en todas las entrevistas es la imposibilidad de pensar lo que ocurre en las escuelas como un fenómeno autónomo, aislado, separado del resto de las dimensiones sociales. “Todo lo que está sucediendo fuera de la escuela penetra cada vez más en las aulas”, analiza Evi con crudeza. En la misma línea, Fernando Armada remarca que la circulación de violencia “amplifica situaciones” y contribuye a su “naturalización como forma de expresión”.
La directora del área de talleres y vicedirectora del Colegio de la Ciudad, Haime, lo grafica de manera aún más directa: “Lo que pica en la sociedad se rasca en la escuela”. Y agrega un dato clave para entender el momento: “Las amenazas de tiroteos no son un hecho disruptivo con lo que venía pasando, es el resultado lógico de lo que está ocurriendo a nivel social”. Es decir, estas amenazas no aparecen como un quiebre sino como continuidad de un proceso previo donde la violencia ya circulaba en otros formatos que parecen inofensivos como stickers, chats, tuits, discursos o memes.
El diagnóstico obliga a desplazar la mirada de lo que pasa en la escuela a lo que está aconteciendo a nivel macro. Tal como identifican quienes trabajan con grupos juveniles todos los días, lo que hacen los chicos dentro de los establecimientos es producto de lo que ven, consumen y escuchan afuera, y los marcos que tienen disponibles para interpretar el mundo. Las amenazas constituyen la expresión localizada de una violencia más amplia, que atraviesa discursos, prácticas y condiciones materiales.
Marcelo Creta, docente del Carlos Pellegrini, piensa que es necesario comprender el fenómeno desde una perspectiva multidimensional: “La violencia es parte del contexto de una crisis de discurso violento y externo que impacta adentro. Hoy la institución se está haciendo responsable porque lo que pasa es el desencadenante dentro de la escuela, pero la violencia está en todos lados todo el tiempo, y eso también repercute en el imaginario de los adolescentes y de los menores”.
En ese punto, el rol del mundo adulto y particularmente de quienes ocupan posiciones de poder, se vuelve central: “Los chicos no hacen lo que les decís, hacen lo que ven - manifiesta el profesor de contabilidad y empresa simulada - Si hasta las máximas autoridades institucionales de nuestro país son violentas: ¿cómo le explicás a una criatura que no haga bullying si el presidente se la pasa una hora y media insultando en cadena nacional?”. Que la violencia en los últimos años se haya vuelto un lenguaje aceptado y aceptable en la esfera pública, dificulta cualquier intento de regularla en espacios como el ámbito escolar o familias.
Al plano simbólico se suma otro, igual o más determinante: la crisis económica que tal como indica Evi, quien ejerce la docencia en Villa celina e isidro Casanova, “es transversal a todos los conflictos y es imposible que no repercuta”. En ese marco, la escuela queda en una posición paradójica: se le exige contener, pero sin recursos, y se le pide intervenir, pero en un escenario que la excede por completo. “No damos abasto - sintetiza la licenciada en educación desde el trabajo en orientación que encabeza - Es un laburo muy artesanal, hay días como hoy que terminamos a las nueve de la noche”.
La violencia, que circula en palabras, contenidos e imágenes, golpea con más intensidad y erosiona vínculos, tiempos y cuidados, cuando se encarna en condiciones de vida, territorios, y experiencias biográficas vulnerables. Silvina Rivas al respecto cuenta que una alumna le dijo que en el barrio era "fácil conseguir un arma”: “hay chicos que no se sienten seguros en sus casas ni, ahora, en la escuela”. En muchos territorios las violencias forman parte de la vida ordinaria de los alumnos que transcurren sus jornadas entre familias desbordadas, adultos ausentes, docentes agotados, barrios hostiles y contextos de incertidumbre permanente.
Entre la contención y el desborde: instituciones sin recursos frente a demandas crecientes
La respuesta institucional frente a estas situaciones aparece marcada por la urgencia y, en muchos casos, la insuficiencia. Si bien los lineamientos y protocolos existen, son dispares, y no alcanzan o no están lo suficientemente trabajados dentro de las comunidades educativas.
La precariedad se profundiza en medio de un proceso de desfinanciamiento educativo y desjerarquización de la docencia, bajos salarios y riesgo de ser denunciados por “adoctrinamiento”, por lo que intervenir se vuelve más complejo. “Los equipos de orientación resultan insuficientes frente a la demanda creciente”, reconoce Armada. En la misma línea, Evi describe un sistema colapsado: dificultades para acceder a atención en salud mental, guardias saturadas, falta de articulación. “Si no tenés un contacto de referencia es muy difícil que una familia consiga un turno”, explica.
Creta, quien además es Secretario de Políticas Universitarias de UTE-CTERA, suma que ante la irrupción de estas violencias se hace evidente el rol que deberían tener las familias, hoy sumidas en una dinámica social vertiginosa y un sistema de explotación laboral que las distancia de la socialización de sus hijos. “Las familias no están necesariamente preparadas para abordar estas situaciones. El miedo paraliza - enuncia el dirigente sindical- la reacción más inmediata suele ser no mandar a los chicos a la escuela, lo cual es una reacción comprensible, pero no necesariamente la más adecuada para resolver el problema”.
El impacto también se siente en el trabajo y las tareas de los docentes, por fuera del contenido curricular. “Aparece la responsabilidad de contener emocionalmente a los estudiantes, lo que implica una carga adicional”, dice Armada. Analía Villaverde lo traduce en términos más crudos: “no estamos capacitados para atender a estas problemáticas que vienen en crecimiento constante”. El resultado es una combinación de estrés, incertidumbre y desgaste que interrumpe la tarea principal que es la enseñanza.
En este sentido, las respuestas institucionales y políticas centradas en garantizar la seguridad que se fueron implementando en diferentes provincias, que incluyen prohibición de mochila, control de útiles y pertenencias en los ingresos, más restricciones, o más presencia policial, generan más dudas que certezas, aumentan la paranoia y esencializan el carácter peligroso de los jóvenes.
Silvina, al respecto, menciona que le llegó vía mail a los docentes una guía de la policía que dice cosas como: “Ante un estudiante armado, mantener la calma”; “intentar que deje el arma sobre una superficie segura, preferentemente de madera”; “sugerirle que quite el dedo del gatillo". “El problema real sigue sin tratarse. Necesitamos poder ofrecerles un lugar seguro, de escucha, y no desbordado y siempre en tensión -identifica y agrega- la ESI fue desmantelada y el Departamento de orientación estudiantil (DOE) está sobrecargado. Estamos más desamparados que nunca”.
Evi es más tajante y cuestiona el paradigma de la criminalización que “no ayuda en absoluto”. Por su parte el profesor del Carlos Pellegrini y Nacional Buenos Aires, Creta, advierte que esas medidas invierten el orden del problema, “es poner el carro atrás del caballo”. “Es totalmente errada la mirada de seguridad, lo correcto es trabajar sobre la conflictividad de los adolescentes, e insisto en el presupuesto porque vos para eso necesitas personal, psicólogos, tutores, un equipo de contención de la familia, de los chicos y del contexto porque no estamos aislados de una sociedad violenta y los niveles de crisis sociales y económicas que nos atraviesan", explica.
Lo que aparece como consenso, en cambio, es la necesidad de un abordaje integral que contemple más presupuesto, más equipos, más espacios de contención, y particularmente, más trabajo sobre lo vincular, en el marco de una política preventiva. “Están desarmando, por ejemplo, las orquestas juveniles, que son básicamente prevención, los CAJ, los clubes de jóvenes, los espacios que funcionaban en las escuelas primarias como clubes a la tarde, donde algunos tenían arte, otros tenían deporte - denuncia Haime - Porque además los pibes se la pasan en la casa, con el streaming, con el videojuego. Estos espacios eran súper potentes, muy interesantes, de promoción de lo cultural, de lo deportivo, de encuentros. Son todas cuestiones de prevención, que ni siquiera tienen que ver con los tiroteos, sino con el bienestar y la vida de los pibes. Porque un pibe que quiere estar en la escuela no va a poner un cartel en la puerta para que nadie vaya”, sintetiza la directora. La clave, entonces, no está en reforzar el control sino en reconstruir el lazo.
