Cuando ya se quería escapar de la realidad: psicodelia en los Andes hace 4.000 años

Un equipo de investigación halló en una cueva de la Puna de Jujuy una pipa tallada en hueso de puma con restos de compuestos psicoactivos. Fue datada alrededor del 2130 a. C., lo que la convierte en la evidencia más antigua de consumo ritual de sustancias enteógenas en Sudamérica.

03 de marzo, 2026 | 09.25

Hay descubrimientos que parecen escritos para forzar un replanteo completo de lo que creemos saber sobre nuestra historia. Una pipa tallada en hueso de puma, abandonada en una cueva a casi 4.000 metros de altura en los Andes argentinos, es uno de ellos. No es una reliquia exótica: es una prueba material de que, hace más de cuatro milenios, alguien ya estaba explorando estados alterados de conciencia con herramientas y conocimientos botánicos precisos.

No hablamos de curiosidad ni de "fiesta prehistórica", sino de rituales, cosmología y una relación con la mente que precede por milenios a cualquier debate moderno sobre psicodélicos.

El primer "viaje" psicodélico del que tenemos evidencia directa

Un hallazgo arqueológico extraordinario realizado por la Universidad Yeditepe sugiere que los humanos ya consumían sustancias psicoactivas en los Andes hace miles de años de manera ritualizada. Excavaciones en cuevas del noroeste de Argentina revelaron pipas hechas de hueso de puma (Puma concolor) que, tras análisis químicos, mostraron restos de compuestos asociados a plantas enteógenas como Anadenanthera, cuya semilla contiene alcaloides relacionados con el DMT, el mismo principio psicoactivo presente en tradiciones chamánicas sudamericanas.

Estas piezas fueron datadas alrededor del 2130 a. C. , más de 4.000 años atrás —lo que convierte a este material en una de las evidencias más antiguas de uso de psicodélicos en América del Sur. Este contexto arqueológico implica que no se trata de un consumo accidental o marginal, sino de prácticas deliberadas con parafernalia directamente relacionada con la ingestión de sustancias psicotrópicas.

Más antiguo que muchas civilizaciones conocidas

Cuando pensamos en prácticas rituales con psicodélicos, la mayoría remite a tradiciones bien documentadas como las de los Andes preincaicos o los pueblos amazónicos. Sin embargo, esta evidencia empuja ese momento mucho más atrás en el tiempo y en altura: a más de 3.800 metros en una cueva de la Puna de Jujuy, un entorno extremo para cualquier asentamiento humano.

La datación por radiocarbono de estos objetos es un argumento contundente: las pipas y su contenido químico nos hablan de un uso deliberado de psicodélicos entre grupos humanos que vivían mucho antes de la formación de grandes estados o imperios indígenas, incluso antes de los complejos ceremoniales más antiguos documentados en el centro andino.

¿Rituales espirituales o búsqueda de estados alterados?

Una pregunta inevitable es: ¿qué significaba esto para quienes lo practicaban? Los restos arqueológicos por sí solos no pueden darnos una respuesta definitiva. Pero cuando se combinan con otros hallazgos —como el uso de Anadenanthera en rituales formales más tardíos en toda Sudamérica o el uso ceremonial de otras plantas enteógenas como el cactus San Pedro— se dibuja un panorama donde los estados alterados de conciencia probablemente tuvieron un significado espiritual, social o cosmológico profundo.

Esto no es una curiosidad etnográfica aislada. En contextos como el sitio ceremonial de Chavín de Huántar en Perú, la evidencia sugiere que el uso de plantas psicoactivas formaba parte de experiencias controladas e incluso vinculadas al estatus o al poder ritual entre élites.

Lo que esto cambia en nuestra narrativa humana

Hasta ahora, la mayoría de las reconstrucciones históricas situaban el uso de sustancias psicodélicas con fechas claramente posteriores —en civilizaciones más complejas o en períodos bien establecidos—. Pero estas pipas halladas en Argentina sugieren un uso anterior, coetáneo o incluso anterior a muchos hallazgos de parafernalia ritual conocidos en la región andina.

Además, la presencia de estos artefactos en contextos de alta montaña refuerza la idea de que el uso de psicodélicos no estuvo limitado geográficamente a junglas o valles boscosos, sino que también formó parte de la vida ritual en paisajes extremos y aparentemente inhóspitos.

Ni estigma ni romanticismo: contextualizar el hallazgo

Es importante tomar distancia de narrativas simplistas que buscan ver en esto una "prueba de que nuestros ancestros eran drogadictos". Eso no solo es una lectura reduccionista, sino que ignora cómo muchas culturas han integrado sustancias psicoactivas en sus prácticas espirituales, medicinales o cosmológicas sin la moralización contemporánea.

Este tipo de evidencia arqueológica nos obliga a cuestionar nuestros prejuicios sobre el pasado humano: el uso de plantas psicoactivas ha sido una constante en múltiples sociedades en todo el mundo, parte de una búsqueda humana más amplia por significado, experiencia y conexión con lo que se consideraba espiritual o trascendente.

Este hallazgo no es el único indicio en la región andina (por ejemplo, pipas cerámicas con restos de Anadenanthera fueron detectadas en otros sitios fechados alrededor de 1900-2000 a. C. ). Pero sí es el de mayor antigüedad directamente asociado con compuestos inequívocamente psicoactivos como los relacionados al DMT.

A medida que la arqueología avanza y se aplican técnicas químicas más precisas a artefactos antiguos, es probable que encontremos aún más vestigios que reescriban nuestra comprensión sobre cómo las culturas prehistóricas exploraban la mente y la conciencia.

La conclusión inesperada

El dato es tan extraordinario que suena casi a ciencia ficción: en pleno 2130 a. C. , alguien en los Andes abrió una cueva a 3.800 metros de altitud, encendió una sustancia vegetal y aspiró algo que alteró su percepción de la realidad. No fue entretenimiento: fue parte de una práctica humana que tenía un significado profundo para su sociedad. Y si esto fue así hace más de 4.000 años, quizá no deberíamos sorprendernos de que el ser humano, desde tiempos inmemoriales, haya estado buscando —y encontrando— caminos hacia estados de conciencia que hoy seguimos tratando de entender.