El modelo no se mancha

A un año y medio de las elecciones presidenciales, cuáles serían las reconfiguraciones políticas que pedirá el círculo rojo en medio del desánimo social, el deterioro del mercado interno y la caída de la imagen del gobierno de Milei.

25 de abril, 2026 | 19.37

Péndulo, espiral, mito de Sísifo… no importa el nombre, tampoco los detalles finos de cada definición. Lo que flota en el aire, en el clima social, es una sensación de repetición infinita de los procesos históricos. Frente al fracaso probable de una nueva experiencia neoliberal, de un nuevo superajuste destructivo de esos que cada tanto se venden como supuesta salvación a los problemas de la economía, comienzan a escucharse voces empresarias que proponen “salvar el modelo”, que lo que importa es el rumbo del barco, no quién esté al timón. Atarse al palo mayor no será suficiente. Pobre Presidente, no debe ser muy lindo escuchar que la verdadera casta, el poder permanente, hable de que uno puede ser usado y tirado.

Si la propuesta es por salvar el modelo, la conclusión es directa: el modelo no está funcionando. Frente a un gobierno que se desgaja comienzan a aparecer globos de ensayo de todos los colores, desde el pastor pseudo peronista con aroma a la CIA, a la propuesta lanzada por el mismísimo Paolo Rocca, quien, según se hizo trascender, le sugirió a Mauricio Macri que “juegue” en 2027. Parece que don Paolo lee las encuestas a medias, observa la caída acelerada de Javier Milei, pero pasó de largo la página que muestra a Macri como uno de los políticos con peor imagen del país. El fenómeno libertario se consolidó como una reacción a la alta inflación del último año del Frente de Todos, pero también como el rechazo a la mala experiencia de los años macristas. El voto del PRO funcionó como carta aglutinante del antiperonismo, la que le permitió a Milei superar el balotaje, pero su triunfo fue el producto, sobre todo, del rechazo a los gobiernos precedentes, no solo al último.

Que medio gabinete esté integrado por quienes fueron altos funcionarios del macrismo, solo expresa el carácter de clase de la actual administración. Milei puede ser un outsider, pero su programa no. Por el contrario, fue la sublimación de los sueños de la alta burguesía, cuya única visión de país siempre fue disciplinar a los trabajadores y sus organizaciones y destruir el Estado como proveedor de bienes públicos. Una burguesía que habla con admiración de la generación de 1880, pero se olvida que aquella generación fue la constructora de un Estado laico y progresista en pleno siglo XIX. Un Estado que, con las limitaciones del caso, impulsó la infraestructura de vanguardia, como lo eran entonces los ferrocarriles, y la educación pública integradora, con guardapolvo blanco incluido. Un progresismo que, dicho sea de paso, es anacrónicamente considerado por el progresismo del presente, para quien un presidente como Julio Argentino Roca no fue quien aseguró la integridad del territorio para el Estado, sino “un genocida”.

Regresando al presente, la preocupación que nace de las encuestas no es solo la baja de la popularidad del Presidente, ya bien por debajo del 40 por ciento en el promedio de las encuestadoras, sino la información cualitativa que surge de los focus groups. El desánimo parece generalizado. Quienes ya no esperan que la situación económica mejore, tanto la del país como la individual, son cada vez más. El problema es que ya en el tercer año de gobierno, resulta difícil cargar todas las culpas en el pasado. 

Las contradicciones del modelo

En el nuevo escenario conviven dos mundos que no se tocan. Los medios de comunicación informan que las exportaciones vuelan, que Vaca Muerta es un paraíso productivo, que la minería se apresta a dar el gran salto, que la cosecha de este año será extraordinaria y proveerá una lluvia de dólares. Al mismo tiempo cierran comercios y la industria y la construcción se contraen. El mercado interno se achica sin parar y las décimas más o menos de la inflación mensual importan cada vez menos.

Los trabajadores saben, porque lo experimentan cotidianamente, que sus salarios pierden poder adquisitivo, que acceden a menos servicios, públicos y privados, y que tienen que aguantar, porque si pierden el empleo será muy difícil conseguir otro. Saben también que no hay peor reforma laboral que la que ya hizo el mercado, aunque la formalidad legal empeore. El discurso oficial es el mismo que en el primer año, que hay que tener paciencia porque se trata de los costos de la reconversión productiva, pero los sectores reconvertidos que absorberán mano de obra no aparecen. Presente y futuro tampoco se tocan.

Más allá de los discursos, entre los hacedores de la política económica también hay desconcierto. Saben que el modelo solo cierra con deuda y que, para ello, resulta imperioso bajar la tasa de riesgo soberano. Saben que hicieron todo lo que demandaba el mercado y un todavía más, pero el riesgo país sigue en niveles de mercados voluntarios cerrados. Creían que la inflación era un fenómeno exclusivamente monetario, pero experimentan todos los meses la inercia de la devaluación y del ajuste de precios relativos. Hicieron un RIGI que fue más allá de lo que pedía “el capital”, pero las inversiones no llegan, salvo las que habrían venido de todas maneras, como las energéticas.

De quién será el fracaso

El balance preliminar muestra un modelo que en su tercer año sigue sin arrancar y que provoca la profundización del desánimo de las mayorías. Al cambio de clima social se suma la pérdida de legitimidad moral del oficialismo, no solo por su internismo feroz, sino por la sumatoria de casos de corrupción cada vez más ostensibles y que, incluso, resultan defendidos por las máximas autoridades, como se reforzará esta semana en el Congreso. Se comprende entonces que la alta burguesía esté preocupada por la continuidad del modelo.

Como siempre ocurre en los momentos en que se evidencia que el neoliberalismo empeora las condiciones de vida de las mayorías, se intentará que la culpa pase de las políticas a los sujetos, que no se trate del fracaso del modelo, sino del “loco”. Esta vez no será diferente y, en los próximos meses, se asistirá a la búsqueda de una “alianza de centro”, con un candidato moderado, que morigere los efectos más disruptivos de la transformación en curso de la estructura productiva. Y, en el camino, que morigere también la posibilidad del regreso de un peronismo realmente transformador.