Hizo posible la exportación de reactores a cuatro continentes, produce radioisótopos médicos y desarrolla celdas solares para la actividad espacial, forma a los especialistas y regula la medicina nuclear, tenía en marcha el primer reactor modular del mundo, diseñado íntegramente en el país, otro para la producción de radioisótopos que iba a ser el más importante del planeta, y el Laboratorio Argentino de Haces de Neutrones, un centro de investigación de clase mundial para el estudio de la materia, que además permitiría, por ejemplo, analizar la estructura interna de membranas biológicas que cumplen funciones complejas o la estructura cristalina de proteínas sin destruir las muestras.
Todo eso y mucho más es mérito de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), creada el 31 de mayo de 1950. Ese día, Perón firmó el Decreto 10.936 que le dio vida para impulsar el desarrollo de la investigación en torno del uso pacífico y seguro de la energía nuclear. Setenta y seis años después, la CNEA es una institución respetada en el mundo, y cuya trayectoria no tuvo igual en América latina en materia de investigación y desarrollo tecnológico. A tal punto, que en cada crisis de las que suelen abatirse sobre el país varios de sus miembros impulsaron el desarrollo de la actividad nuclear en nuestros vecinos.
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Sin embargo, mientras el Secretario de Asuntos Nucleares, el abogado Federico Ramos Nápoli, encabezaba un acto por el aniversario, los verdaderos héroes de esta historia, llegados desde todos los organismos del ecosistema que generó, muchos de los cuales llevan décadas contribuyendo con su talento y atravesando gestiones de todo signo, estaban del lado de afuera, en un abrazo simbólico, para hacer conocer la situación crítica que están atravesando: más del 90% de su dotación está ganando sueldos por debajo de la línea de pobreza (solo para igualar el IPC deberían recibir un 70% de aumento), sufre gravísimos recortes presupuestarios y sus proyectos insignia están detenidos, incluso los que estaban cerca de concluirse.
“Lo de ayer (por el domingo) fue algo nunca visto, dejar a los trabajadores afuera, con la puerta de Libertador 8250 rodeada de gendarmes pertrechados. Algo absurdo –se asombra con amargura el físico Andrés Kreiner, investigador superior del Conicet y docente de la Universidad Nacional de San Martín que recibió los premios Konex y Houssay, entre otros–. ¿Y sabés cómo pagaron la fiesta que organizaron? Con dinero que ganamos los laburantes a través de contratos de innovación tecnológica y de prestación de servicios. Pero bueno, nosotros hicimos nuestro acto, al que vino mucha gente de diferentes lugares, de NA-SA, de la Autoridad Regulatoria Nuclear, de Dioxitek”.
El nacimiento de la CNEA no estuvo exento de turbulencias, ya que surgió en parte de un fraude (cuando el austríaco Ronald Richter se propuso generar electricidad a partir de la fusión nuclear en la isla Huemul del Lago Nahuel Huapí). Una comisión encabezada por el físico José Antonio Balseiro lo desenmascaró y reorientó la entidad hacia la ciencia rigurosa que sentaría las bases de lo que es hoy.
Comenzó a funcionar plenamente en 1953, cuando en la sede central del organismo ya operaba el primer sincrociclotrón de América latina, un acelerador de partículas que fue utilizado, entre otros, por el grupo de radioquímica responsable del descubrimiento de 20 radioisótopos (la forma inestable de un elemento que emite radiación; se utilizan en la medicina, la industria y otras áreas).
1958: el primer reactor de la región
Cinco años después llegaría el RA-1, inaugurado el 20 de enero de 1958, que también se convirtió en el primer reactor de investigación de América latina y colocó a la CNEA en el escenario internacional. No era un reactor importado: fue construido con elementos combustibles de fabricación nacional por ingenieros, físicos y técnicos formados en el país, muchos de ellos egresados del primer curso de reactores que se dictó en Bariloche.
Casi una década después, en 1967, se sumó el Centro Atómico Ezeiza el RA-3, principal productor de radioisótopos. En 1982, en el Centro Atómico Bariloche comenzó a funcionar el RA-6, el primer reactor experimental del mundo diseñado para trabajar con uranio de bajo enriquecimiento.
Luego, llegaron emprendimientos más ambiciosos, como la construcción y operación de centrales de potencia (para producir electricidad) y el dominio del ciclo de combustible. Gracias a esos esfuerzos, las plantas de Atucha I, Embalse Río Tercero y Atucha II aportan alrededor del 10% de la matriz eléctrica nacional.
Todo ese conocimiento nutriría nuevas empresas, como Nucleoeléctrica Argentina S.A (NA-SA), a cargo de la operación de las tres centrales nucleares, de la comercialización en el Mercado Eléctrico Mayorista (MEM) y del gerenciamiento de proyectos que aseguren la normal operación de sus instalaciones, “así como también de aquellos que tengan por objetivo la eventual construcción de futuras centrales nucleares en territorio nacional”, Dioxitek (dedicada a la producción de dióxido de uranio de calidad nuclear, el combustible de las centrales), la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP), ubicada en Arroyito, Provincia de Neuquén, y que produce un insumo esencial como moderador y refrigerante para las mismas y para reactores de investigación.
Hace medio siglo, un grupo de egresados del Instituto Balseiro e investigadores del Centro Atómico Bariloche creó Invap, que este año cumple 50, un ejemplo insignia de cómo el conocimiento de punta puede transformarse en actividad económica. En este tiempo, Invap exportó reactores de investigación superando en licitaciones internacionales a sus pares de potencias como Francia, Alemania, Canadá, Japón y Corea del Sur. Sus reactores se vendieron a Argelia, Perú, Egipto y Australia. También vendió y dirigió la construcción de una planta de producción de radioisótopos en la India y trabaja en reactores de investigación en Países Bajos y Brasil.
Pero a pesar de sus logros, la CNEA ya perdió más de 300 puestos de trabajo y a fines de junio podría perder otros 350. El Decreto 695/2025 autorizó la privatización de NA-SA, compañía ampliamente redituable y superavitaria. Impsa, empresa que pasó a ser propiedad de la norteamericana ARC Energy, cerró un acuerdo para exportar componentes nucleares vinculados con los pequeños reactores modulares (SMR) a los Estados Unidos y, para concretar el negocio, ofrecerá como “carta de presentación” la vasija de presión diseñada para el proyecto Carem, frenado desde diciembre de 2023. Es decir, que desguazan el Carem para que ARC Energy exporte esos recipientes, resultado de una tecnología que debería ser confidencial. Y la PIAP está detenida con su contrato cancelado desde el año pasado por Germán Guido Lavalle, ex presidente de la comisión. Los operarios están cobrando sus salarios a los tumbos mientras la infraestructura se va deteriorando y “Hay una cola de clientes desesperados por comprar agua pesada, porque es un insumo muy escaso en el mundo –explica Kreiner–. Tanto por parte de empresas canadienses (que la necesitan para sus centrales Candu) como de otras que también buscan para diversas aplicaciones ya que se usa en la industria electrónica, en temas médicos, farmacéuticos… ¡Y esta gestión, en lugar de hacer un negocio…! No sé qué es lo que están esperando, porque hablan de negocios pero después a la hora de la verdad no son ni capaces de concretarlo!”
Como si todo esto fuera poco, desde el 4 de mayo de este año, los particulares tienen libre acceso a los activos y archivos de sus desarrollos tecnológicos, de acuerdo con el procedimiento administrativo interno (documento normativo PN-PR-GACOYA-002) que establece un mecanismo preliminar para interesados privados sobre activos estratégicos del sector nuclear argentino. En el texto, el concepto de "activo" abarca desde infraestructura física hasta información técnica sensible. Como tituló Daniel Arias, periodista especializado en la actividad nuclear, en su columna para agendarweb.com.ar: “La tecnología desarrollada por CNEA en 76 años no se vende. Se está regalando”.
El domingo a la noche, en conjunción con el aniversario, la Secretaría de Asuntos Nucleares dio a conocer un documento de 54 páginas titulado “Lineamientos de la política nuclear argentina”, la mayor parte del cual es una introducción elemental a la actividad, con capítulos dedicados, por ejemplo, a “¿Por qué la Argentina sostiene un sector Nuclear?”, “¿Qué es el sector nuclear argentino?”, “ ¿Para qué existe el sector nuclear?”.
Luego, dedica otro apartado a “principios rectores”. Allí explicitan que los principios deben tener “validación comercial”. Y otro capítulo, a criterios de decisión. Entre estos últimos subrayan que las decisiones sobre cada proyecto deben ajustarse a “la existencia de un mercado identificado para el producto que se propone generar”. También subrayan, por ejemplo, que “la inversión cuya justificación primaria es técnica, sin contraparte comercial verificada en la etapa de decisión, constituye apuesta sobre el futuro cuyo costo de oportunidad no admite la dimensión que el sector nuclear demanda, y queda en consecuencia desestimada como criterio aceptable de decisión”.
“Es un texto pretencioso mediante el cual quieren transformar una institución de ciencia y tecnología en una fábrica –concluye Kreiner–. Con tono ampuloso vienen a ‘bajar línea’ como si lo supieran todo desconociendo qué se hace en una institución de ciencia y tecnología que alberga desde ciencia básica hasta prestación de servicios de alta tecnología. Deben haberlo hecho con IA, ni deben saber lo que pusieron… Por un lado, dicen que se preservará la investigación, pero por otro, lo único que preservan es lo que da dinero, lo que es comercializable. Bueno, habría que preguntarles cuántos años creen que llevó todo lo que hoy se puede comercializar”.