La bandera de las Malvinas reconectó al fútbol con lo más humano

El pedazo de tela que desde la tribuna un hincha arrojó a los jugadores tras el triunfo contra Inglaterra se convirtió en el mensaje político más importante del Mundial 2026.

18 de julio, 2026 | 15.30

Una bandera de trapo en el césped de una cancha devolvió al futbol -hipertecnologizado, con pausas de hidratación y apuestas de casinos- a su dimensión más humana. Una frase amada -Las Malvinas son argentinas- sin diseño ni logos, sin otro costo que el de un poco de pintura negra y un pincel, transmitió el mensaje más importante del Mundial 2026: “Aunque a veces no se ve, el pueblo no olvida, ni se rinde”.

Con Inglaterra todos sabíamos que no se trataba apenas de la semifinal de un campeonato. ¿Y hoy, con España? Aunque en una dimensión de menor peso, tampoco es un partido más. ¿Acaso no tenemos también una vieja historia de barbarie en común? La espada genocida de la corona, las luchas heroicas por nuestra emancipación, la apropiación permanente de nuestras riquezas son parte inseparable de nuestra memoria. 

Hay quienes, incluso, 200 años después, siguen en sumisión voluntaria con el colonizador. El ex presidente Mauricio Macri, por ejemplo, al encabezar ¡nada menos! que las fiestas por el bicentenario de nuestra Independencia, el 9 de julio de 2016, degradó la heroicidad de nuestros patriotas rebajándola a una angustia por dejar de ser colonia.

“Estoy acá (en Tucumán) tratando de pensar y sentir lo que sentirían (nuestros patriotas) en ese momento. Claramente deberían tener angustia de tomar la decisión, querido rey, de separarse de España”, se excusó Macri frente a Juan Carlos de Borbón. La colonización y la independencia no son pasiones del pasado.

El mismo rey Juan Carlos, unos años antes, en una memorable cumbre en Chile, se olvidó de que los latinoamericanos ya no somos más sus súbditos y soltó un exabrupto que lo puso en ridículo ante el mundo entero. “¿Por qué no te callas?” ordenó el rey al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, el 10 de noviembre de 2007 durante la XVII Cumbre Iberoaméricana celebrada en Santiago de Chile. El monarca estaba atragantado por la falta de sumisión y por el trato igualitario con que Chávez le discutía al jefe del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero.

Juan Carlos no soportaba que los nuevos líderes latinoamericanos pusieran en práctica, de forma real y efectiva, la independencia y la soberanía. Además de Chávez, estaban en aquella cumbre la anfitriona Michelle Bachelet; Néstor Kirchner, por Argentina; Evo Morales por Bolivia; Rafael Correa por Ecuador; Lula da Silva por Brasil; Manuel Zelaya por Honduras; Daniel Ortega por Nicaragua; entre otros presidentes.

Las Cumbres Iberoamericanas las inventó Madrid cuando colapsó la Unión Soviética en 1991. El lobbysta y ex presidente socialista español, Felipe González (un personaje activo durante la era de las privatizaciones, en el período menemista, y luego, en la crisis del 2001 en Argentina), tuvo mucho que ver con esos congresos que juntaba a los representantes de (los colonizadores) España y Portugal con los de sus ex posesiones en América.

Con la disolución de la URSS y el fin de la Guerra Fría, se logró imponer la idea de que el capitalismo era el único modelo posible y que, en este nuevo orden mundial regido por el neoliberalismo, la estatalidad quedaría reducida a su mínima expresión. En la nueva arquitectura imperial quedaba claro que Estados Unidos se enfocaría, en un principio, en conquistar todos los mercados ex soviéticos. España -que no quería quedarse afuera del reparto- pergeñó entonces una forma de aprovechar la ola neoliberal en América latina.

Las Cumbres Iberoamericanas fueron una de las nuevas formas de “influencia” sobre nuestra región y de facilitación para que sus compañías (Telefónica, Repsol, Iberia) se quedaran con nuestras empresas estatales. En la cumbre de la discordia en Chile, Chávez (que estaba orgulloso de ser mestizo) había enfadado al rey por recordarle la participación de España en el intento de golpe de Estado contra él, en abril de 2002 y por señalarle que este tipo de injerencia ya no era aceptable en Latinoamérica. 

En 2004, el entonces canciller español Miguel Angel Moratinos admitió, en un programa de TV, que el entonces presidente español José María Aznar había dado instrucciones al embajador español en Caracas para que apoyara el golpe contra Chávez. El venezolano dijo entonces la frase que enfureció al rey: “Aznar es un fascista”. 

El fútbol y la política

Se quiere hacer creer que en el Mundial de Fútbol los jugadores (y las hinchadas) ya no tienen potrero. Que el único barro que los mancha es el dinero. Que la lavandina de la fama le lavó los ideales, las pasiones y los valores. 

Cuando uno mira las cifras puede temer que sea así: “En este Mundial, la FIFA repartirá 727 millones de dólares en premios, el monto más alto jamás asignado a una Copa del Mundo y un 50% superior al de Qatar 2022”, dicen los diarios. “El equipo campeón del mundo recibirá 50 millones de dólares, superando ampliamente los 42 millones que embolsó la Argentina en Qatar 2022. El subcampeón cobrará 33 millones; el tercero, 29 millones y el cuarto, 27.” Pero no hay milagros quirúrgicos que excluyan a la vida misma.

En este 2026, la geopolítica se tomó revancha en el asedio a los jugadores de Irán y la lucha por los ideales se mostró en las canciones “por los pibes de Malvinas” y en las banderas palestinas tanto en la tribuna como en el campo: el director técnico egipcio, Hossam Hassan, desplegó una cuando le dedicaba el triunfo contra Australia al pueblo palestino. 

También en el pasado, en nuestro mundial 78, aunque la dictadura lo intentó, no sirvieron las mordazas. Muchas imágenes nos recuerdan a las Madres jóvenes, en la plaza, con pañuelos blancos, aprovechando la presencia de los periodistas extranjeros para pedir desgarradas: “Queremos saber dónde están nuestros hijos. Vivos o muertos”.

Un diario alemán tituló por aquellos días de 1978 “El fútbol libera” en alusión a la aterradora frase “El trabajo libera” (Arbeit macht frei) que los nazis ponían a la entrada de los campos de concentración. Además de la prensa, varios deportistas como la selección holandesa y el arquero sueco Hellström desobedecían las reglas e iban a saludar a las Madres. El fútbol es un catalizador de la pasión. Nadie puede frenar lo que tenemos de más humanos.