Politizar el tiempo

02 de marzo, 2026 | 15.25

Con la sanción de la reforma laboral volvieron al centro de la escena algunos debates que son claves para definir el tono de la etapa que viene y las posibles configuraciones sociales. En esta ocasión me quiero detener en el tiempo en tanto factor central que determina tanto la relación capital-trabajo, como los diversos ritmos sociales.

¿Cómo distribuye el tiempo una sociedad? ¿Qué valor le damos al ocio, al descanso o a todo aquello que está por fuera de la hiperproductividad? ¿Por qué en nuestro país las élites tienen una obsesión con el  “tiempo libre” de los trabajadores y las trabajadoras? ¿Hasta qué punto se puede aguantar la autoexplotación? ¿Hasta donde las exigencias del rendimiento son retribuirles en las condiciones actuales?

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Hace unos años Reed Hastings, cofundador y ex CEO de Netflix, popularizó la idea de que su mayor competidor no eran otras plataformas como HBO sino el sueño. En su libro Alienación y aceleración, el sociólogo alemán Harmut Rosa sostiene que el tiempo promedio de sueño disminuyó dos horas desde el siglo XIX y en 30 minutos desde la década de 1970 hasta la actualidad. Vivimos una aceleración social que cambia las velocidades de todas nuestras áreas, hasta las más cotidianas. Transforma nuestro ritmo de vida, hacer más cosas en menos tiempo pareciera ser un mandato incuestionable. En la modernidad los protagonistas sociales sienten que les falta tiempo, da la impresión, como señala Rosa que se concibe al tiempo “como una materia prima que se consume como el petróleo y que por lo tanto se vuelve cada vez más escasa y de mayor precio”.

En este escenario cualquier reforma que modifique el uso del tiempo nos condiciona profundamente, tanto en términos materiales como subjetivos.  Poder contar con tiempo libre es un derecho y a su vez implica politizar el tiempo, a definir cómo y dónde lo vamos a invertir. Una comunidad organizada necesita tiempo: para estar con los vecinos, ver a los  amigos,  hacer actividades recreativas  o disfrutar de la familia. Ese tiempo libre se potencia cuando mejora la calidad de vida, el bienestar colectivo, cuando nos permite realizarnos y ser felices. 

Es muy curioso que desde hace tiempo  las derechas  nos traten de imponer que debemos hacer con nuestro tiempo, juzguen nuestros quehaceres en los ratos libres y se indignen frente ante cualquier atisbo de resistencia a la hiperproductividad. Es más cuando las clases populares gozan de determinados placeres que parecen reservados para los circuitos de las élites la respuesta inmediata es la burla. Como si la posibilidad de conocer Punta del Este o asistir a determinadas muestras de arte en museos de vanguardia fueran para unos y no para otros. El capitalismo intenta determinar cuándo se puede ser feliz, y al mismo tiempo intenta relacionar ese goce con el consumo, un consumo direccionado de acuerdo al género o la clase social. Todos preceptos que podríamos cuestionar fuertemente.

Por eso, lo distinto es pensar al tiempo  como rebeldía, como sensibilidad y copresencia. Es repolitizarlo en su sentido compartido como una forma de vincularnos con el otro, no sin el otro.  El otro no es un medio ni un ente.  El otro no es una pantalla, ni una cuenta. El otro es un par.

Las élites por lo general, y el antiperonismo en particular  castigan  la felicidad popular, las vacaciones, el aguinaldo, el disfrute está mal visto, es de “vago”. Tienen una obsesión con el “tiempo libre” de los trabajadores. Con lógicas binarias reproducen prejuicios y  discriminaciones.  Si los trabajadores hacen paro es porque son “parásitos y holgazanes” , si se organizan en sindicatos son quilomberos, si disfrutan del ocio no se están sacrificando como el resto. En cambio si los grandes empresarios realizan un “lock-out” es por el bien de la república, si se organizan en cámaras son “hombres de negocios” si son felices es porque alcanzaron su realización espiritual y si se van de vacaciones se están “recreando”.  Se castiga además que los sectores populares compren plasmas, tengan computadoras, acudan a la universidad, asciendan socialmente o veraneen en sitios exclusivos.  Recordemos la irritación que produjo cuando el sindicato de camioneros quiso instalar un hotel para sus afiliados en Punta del Este. O cuando la organización Tupac Amaru, en Jujuy ,  construyó piletas públicas muy bien equipadas, que hasta hicieron que sectores medios quisieran ir a disfrutarla  compartiendo  tiempo y lugar con otros sectores socio-económicos.

¿Cuál sería la contracara de esto? Sería una sociedad que recupera el encuentro, el espacio en común, que respeta la individualidad y la diversidad pero que apuesta a la realización colectiva. Una sociedad donde la felicidad se realiza con y junto a otros en un goce de conjunto. La felicidad es el otro. Y para ser felices se necesita disponer de tiempo.

En América Latina todo movimiento que busca la emancipación  pretende el acceso igualitario al tiempo. Lo vimos con los movimientos de izquierdas latinoamericanos, con el peronismo y las fuerzas populares. Lo vimos con las luchas del movimiento obrero por la reducción de la jornada laboral a 8 horas.

De hecho, la felicidad está en el centro del proyecto peronistas “para que reine en el pueblo el amor y la igualdad” Es una concepción que atiende al deseo, al ocio y al reconocimiento.8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de esparcimiento. Irse a Mar del Plata, convivir con otros, salir a pasear a la peatonal. La cantidad de restoranes y de bares que proliferaron en la ciudad de Buenos Aires en el primer peronismo fue increíble. La cantidad de  compra de camisas  se cuadruplicó  durante esos años. Era el  mayor consumo per cápita de camisas de todos los países de Latinoamérica. ¿Por qué? Porque la gente se  las compraba  pero no solamente para tenerlas y mostrarlas, sino justamente para ir a la calle Corrientes, al cine, al teatro, a formar parte de esa polis,  y ser feliz en sociedad. Porque no es lo mismo tiempo libre que  tiempo libre de calidad. Como  ya había descrito  Roberto Arlt en  la década del 30’ en su relato “La tristeza del sábado inglés”, puede haber un día libre pero sin sentido, gris. Llenarlo de sentido sería encontrar una justificación social, para estar entre pares, para que ese día no sea tiempo de regeneración para volver producir.

Por eso es clave asociar el tiempo con la felicidad y la calidad de vida. Disputar con aquellas narrativas que en nombre de la modernización nos devuelven a una situación de esclavitud, a una condición en donde el tiempo solo solo vale para unos pocos.

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Nahuel Sosa

Sociólogo y abogado. Director del Centro de Pensamiento Génera.