El lunes 13, acorralado por el fracaso de las negociaciones con Irán, el presidente Donald Trump buscó salir del atolladero adoptando, como siempre, medidas de máxima presión. Esta vez anunció un bloqueo naval a todos los puertos y barcos iraníes en el Estrecho de Hormuz pero… una vez más fracasó.
El presidente estadounidense atraviesa el efecto ciénaga: cada movimiento que hace en lugar de liberarlo, lo hunde. En estos últimos tiempos, Trump lanzó órdenes e invectivas como si la Casa Blanca todavía contara con aquel poder omnímodo que supo tener sobre el resto del globo. Y un país mediano como Irán está demostrando al mundo que esa época ya pasó.
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El Departamento de Guerra anunció el lunes que serían perseguidos todas las naves iraníes y aquellas que operaran en puertos de ese país. Sin embargo, a pesar del “bloqueo naval”, según informó The Washington Post a partir del análisis de imágenes satelitales y datos de seguimiento de buques realizado por ese diario, la actividad marítima iraní no cesó.
Kpler, la empresa más importante de análisis de datos, comercio global de materias primas y transporte marítimo en tiempo real, aseguró también que al menos 3 buques cisterna -Deep Sea, Sonia I y Diona-, todos ellos sujetos a sanciones estadounidenses, cargaron petróleo en la isla iraní de Kharg los días 2, 8 y 9 de abril, respectivamente y cruzaron el estrecho ayer, 17 de abril sin interferencias.
No sólo el bloqueo del Pentágono fue ineficiente, sino que logró empeorar la situación general. En forma automática, con la entrada en vigor del cese del fuego en Líbano el 16 de abril, Teherán declaró completamente abierto el estrecho de Hormuz para las naves comerciales.
Pero la euforia de los mercados y la baja del precio del petróleo duró poco. El sábado, el gobierno de Irán informó que restablecía el control militar sobre Hormuz dado que el acuerdo con EEUU era que ambos países lo levantarían pero que Trump no había cumplido con la palabra. “No se levantará nuestro control hasta que Washington no permita la libre circulación de naves”, informó el vocero del Cuartel General Central de Irán.
En este contexto, dos buques mercantes recibieron disparos cuando intentaban cruzar el estrecho. Según medios iraníes se trata de dos barcos indios uno de ellos con dos millones de barriles de crudo iraquí. Medios estadounidenses indicaron que más de 20 naves debieron retroceder ante la nueva advertencia de Teherán.
Trump convocó de inmediato a una reunión de crisis en la Casa Blanca a la que asistieron el vicepresidente J.D. Vence, el canciller Marco Rubio, el secretario de Guerra Pete Hegseth, el secretario del Tesoro Scott Bessent, el enviado especial Steve Witkoff, el director de la CIA John Ratliffe y el jefe del Estado Mayor Conjunto Dan Caine
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La frágil tregua en Líbano
Israel y Líbano habían logrado pactar una trabajosa tregua el jueves 16 de abril, en Washington. El vicepresidente Vence y el canciller Rubio fueron los designados por Trump para trabajar en el tema con el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y Joseph Aoun, presidente de Líbano desde el 9 de enero de 2025.
El cese de hostilidades en el sur de Líbano es una exigencia fundamental que puso Irán para avanzar en un alto el fuego con EEUU. El miércoles 8 de abril, Teherán publicó sus 10 condiciones para empezar a conversar y Trump –siempre vociferando y contradiciéndose- terminó aceptando que éstas se sumaran a los 15 puntos que la Casa Blanca proponía como base para iniciar un diálogo mediado por Pakistán.
La tregua líbano-israelí que debería durar 10 días, hasta el 26 de abril, estuvo en riesgo desde los primeros minutos. Las discrepancias son muchas y enormes. Desde el inicio, Teherán destacó -en cada oportunidad que se presentó y de todas las formas posibles- que un alto el fuego en Líbano se enmarca dentro de los acuerdos entre Washington y Teherán. Que no son dos acuerdos.
En cambio Trump publicó en su red Truth Social que el cese de fuego en el sur libanés no tiene relación con Irán; que EEUU trabajará por separado con los libaneses; que “se ocupará” de la situación de Hezbolá y que “le había prohibido” a Israel seguir bombardeando Líbano.
Netanyahu aceptó el pacto pedido por Trump, haciendo caso omiso a la fuerte resistencia interna de su gabinete de seguridad y de los intendentes de la zona norte de Israel quienes consideraron la tregua como “una traición”.
Otras discrepancias tal vez aún más graves aparecen en los puntos acordados. El gobierno libanés demanda a Israel cuatro items 1) mantener el alto al fuego, 2) garantizar la retirada de las fuerzas israelíes de su territorio, 3) asegurar el retorno de los prisioneros y 4) resolver las disputas fronterizas existentes.
El Movimiento Hezbola (partido político con representación en el parlamento libanés) y su brazo armado aceptaron el acuerdo en modo “compromiso cauteloso” y sumaron una objeción: se niegan a desarmarse (una exigencia clave de Israel) hasta que no se garantice el fin de los ataques, la retirada total del ejército israelí y la reconstrucción. El Movimiento Hezbola forma parte de la resistencia shiíta aliada de Irán y es defensor de los derechos de los palestinos.
Israel ha invadido Líbano en muchas oportunidades. La primera guerra a gran escala fue la Operación Litani em 1978. La actual se inició como una ofensiva terrestre “selectiva y delimitada” con el objetivo de desarmar a los combatiente shiítas de Hezbola. Según el Ministerio de Salud de Líbano esta agresión de Israel, intensificada a partir del 2 de marzo pasado, ha dejado más de 2.300 muertos y de 7.544 heridos.
En cuanto a las pautas de la tregua de 10 días, Israel no acepta el requerimiento libanés de que sus tropas dejen de ocupar el sur de Líbano. “No nos iremos”, advirtió el viernes pasado Netanyahu. La versión de Tel Aviv es que acordó el “alto el fuego temporal de 10 días”, pero se opuso a las condiciones de retiro de sus tropas. “Permanecemos en el Líbano, en una zona de seguridad reforzada de 10 kilómetros de ancho, mucho más fuerte, más potente, más continua y más sólida que la que teníamos antes”, afirmó.
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Para complejizar aún más la situación y escalar la tensión, el viernes fue asesinado un militar francés integrante de la Fuerza Interina de Naciones Unidas en el Líbano (FINUL), una misión de paz que la ONU envió a ese país en 1978 para supuestamente garantizar la seguridad. Las sospechas recayeron sobre Hezbola pero esa organización niega en forma tajante haber atacado a FINUL.
El sábado altos mando del ejército israelí declararon a la CNN, en una rueda de prensa, que “las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) están autorizadas a continuar destruyendo infraestructuras terroristas en la zona, incluso durante el alto el fuego”.
Anunciaron también que van imponer “una línea amarilla” al estilo de la establecida en Gaza que impedirá a los residentes libaneses volver a sus hogares. El ministro de Defensa, Israel Katz aseguró que las FDI “mantendrán el control de todos los lugares que han liberado y capturado” en Líbano y que el alto el fuego entre Tel Aviv y Beirut no es permanente, dado que la campaña militar contra Hezbola no ha logrado todos sus propósitos.
Está claro que nada permite ser optimista. Trump se beneficiaría mucho más de un arreglo de paz que de la intensificación de la guerra. Sin embargo hay un problema: el presidente no encuentra cómo zafar del actual callejón sin salida.
