Los efectos de la guerra desatada por Estados Unidos e Israel en Medio Oriente y el cierre del estrecho de Ormuz que impuso primero Irán como represalia y luego Washington como contraataque se sienten especialmente en Asia. Uno de los más golpeados es India, el país más poblado del mundo y el segundo mayor importador de gas licuado. Millones de indios enfrentan una escasez de gas sin precedentes que ya se traduce en hambre, cierre de industrias y desplazamientos masivos de trabajadores de las grandes ciudades porque no hay trabajo y escasea la comida.
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La dependencia energética india explica la magnitud del problema. Cerca del 60% del gas natural licuado (GNL) que consume proviene de países del Golfo Pérsico como Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, y alrededor del 90% de ese suministro pasa por el estratégico estrecho de Ormuz. La interrupción de esa ruta clave, en el contexto del conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel, provocó un impacto inmediato en la economía doméstica.
En sólo cuestión de días, el precio del gas se disparó y el suministro comenzó a fallar, lo que generó una reacción en cadena que golpeó tanto a grandes industrias como a pequeños hogares. Lo que comenzó como una crisis energética se transformó rápidamente en una crisis social de gran escala, según relató el portal Middle East Eye.
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El GNL, compuesto principalmente por propano y butano, es esencial para la cocina en millones de hogares indios. Su escasez no solo encarece la vida, sino que compromete directamente la alimentación. En las ciudades, los restaurantes triplicaron sus precios ante el aumento del gas en el mercado negro, dejando a trabajadores con ingresos de apenas 6 dólares diarios sin posibilidad de acceder a comida.
Migración interna y éxodo hacia el campo: los detonantes de la crisis en India
La crisis impacta con especial dureza en los trabajadores migrantes, una población de aproximadamente 450 millones de personas que sostiene gran parte de la economía informal del país. Al igual que ocurrió durante la pandemia de COVID-19, se está produciendo una migración inversa: miles de personas abandonan las grandes ciudades para regresar a sus aldeas, donde al menos pueden subsistir con recursos básicos como leña o trabajo rural. Pero esto no es todo: la crisis interna también provocó sobreprecios en la venta de pasajes de tren.
Es el caso de Sintu Kumar Bhagat, un joven de 21 años que tuvo que esperar durante horas el tren en la estación de Nueva Delhi para volver a su pueblo tras quedarse sin empleo. "Me costó mucho conseguir las entradas al doble de precio. Hay que reservar con uno o dos días de antelación, ya que todo el mundo se va a casa”, contó Bhagat a Middle East Eye.
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Junto a Bhagat viaja también Ashok Kumar Chaudary, otro joven de 27 años en una situación similar. Con la esperanza de que la crisis termine pronto y pueda volver a la capital, donde trabaja en la industria siderúrgica, tuvo que sacar un pasaje con sobreprecios para volver con su familia.
"Viajé 1.000 kilómetros desde mi pueblo en Jharkhand hasta Delhi para mantener a mi familia de cinco personas, y ahora volver a casa con las manos vacías se siente como una maldición", dice Chaudhary, mientras se echa la mochila al hombro, según el mismo medio online.
Qué medidas tomó el gobierno indio
El gobierno indio activó medidas de emergencia para mitigar el impacto, como ordenar la maximización del trabajo de las refinerías en la producción de GNL y flexibilizar parcialmente la distribución de cilindros. Sin embargo, las reservas estratégicas son limitadas: apenas cinco días de petróleo y unos 20 días de gas en caso de interrupciones graves.
Además, las restricciones burocráticas complican el acceso al gas para los migrantes, ya que las conexiones están registradas en sus lugares de origen. Esto empuja a muchos a recurrir al mercado negro, donde los precios son aún más altos.
Especialistas advierten que la crisis podría agravarse. La combinación de migración interna, posible retorno de trabajadores desde países del Golfo y la presión sobre las economías rurales configura un escenario crítico. Según analistas, el impacto podría ser incluso más profundo que el de la pandemia o la crisis financiera de 2008.
