La insólita defensa de Alberto Cormillot para comer carne de burro: "Es..."

En medio del escándalo por la venta de carne de burro para consumo humano, Alberto Cormillot salió a defender su consumo con insólitos datos.

18 de abril, 2026 | 13.00

En medio de una crisis que no da tregua y con el precio de la carne vacuna cada vez más lejos del bolsillo promedio, apareció una propuesta que parecía impensada, pero que ya está dando que hablar. En la Patagonia, un productor decidió avanzar con la comercialización de carne de burro como alternativa más económica, y el resultado sorprendió incluso a los más escépticos.

La iniciativa tomó fuerza cuando una carnicería se animó a venderla. En apenas un fin de semana, el stock se agotó por completo. El motivo fue claro: el precio. Con cortes que rondaban los $7.500, se posicionó como una opción más accesible frente a la carne tradicional, en un contexto donde el consumo viene cayendo fuerte.

Alberto Cormillot salió a defender la carne de burro

En ese escenario apareció la palabra de Alberto Cormillot, quien lejos de rechazar la idea, decidió analizarla desde el punto de vista nutricional. Y lo que dijo no hizo más que encender la polémica.

Cormillot salió a defender a la carne de burro.

“Desde el punto de vista nutritivo no hay ningún problema”, aseguró, dejando en claro que el consumo de carne de burro no representa un riesgo para la salud. Incluso destacó que tiene menos grasa total y saturada, menos calorías y un buen aporte de hierro, características que la vuelven competitiva frente a otras carnes.

Sin embargo, el propio Cormillot marcó el punto central del debate: no es un problema de salud, sino cultural. “Es de consumo poco habitual”, explicó, señalando que en países como China, algunas regiones de Italia o zonas de África, su ingesta es completamente normal.

El tema, entonces, pasa por la aceptación. En Argentina, donde la carne vacuna forma parte de la identidad, la idea de reemplazarla por otra opción genera rechazo automático. Pero la realidad económica empieza a empujar límites que antes parecían intocables.

En el trasfondo, el contexto es claro. La suba constante de precios, en medio de la crisis que atraviesa el país, obliga a buscar alternativas. Y en ese camino, propuestas que antes eran marginales empiezan a ganar espacio.

Cormillot lo resumió sin rodeos: el debate no es si se puede comer, sino si la sociedad está dispuesta a aceptarlo. Y ahí es donde la discusión se vuelve más compleja, porque mezcla economía, costumbres y necesidad.

En un país donde el asado es casi una religión, la sola idea genera ruido. Pero en tiempos donde el bolsillo manda, hasta lo impensado puede empezar a convertirse en opción.