El Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa que, según datos de la Organización Mundial de la Salud, se ha duplicado en los últimos 25 años. Este incremento plantea nuevos desafíos para los sistemas de salud y refuerza la necesidad de mejorar el acceso a la información, promover la detección temprana y garantizar tratamientos adecuados.
Esta enfermedad afecta principalmente a personas mayores de 60 años, aunque también puede aparecer de forma temprana entre los 30 y 40 años. Su evolución es variable y su impacto no se limita a los síntomas motores, lo que hace fundamental un abordaje integral y personalizado.
“La enfermedad de Parkinson es una condición neurodegenerativa del sistema nervioso central cuya principal característica es la muerte progresiva de neuronas en una parte del cerebro, con la consiguiente disminución de dopamina -un neurotransmisor clave que actúa como mensajero químico para el sistema de recompensa, motivación, el placer, el aprendizaje y el control motor-, lo que altera el control del movimiento”, explicó la médica especialista en neurología Daniela Sosa.
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Mucho más que temblores
Si bien suele asociarse a los temblores, el Parkinson presenta una amplia variedad de síntomas. Entre los más frecuentes se encuentran: lentitud de movimientos, la rigidez, los temblores, las dificultades para caminar y los problemas de equilibrio.
Sin embargo, también existen síntomas no motores que muchas veces pasan desapercibidos como trastornos del sueño, depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, dolor y alteraciones sensoriales. Esta combinación de manifestaciones hace que la enfermedad sea compleja y requiera una mirada integral para su tratamiento.
El diagnóstico es fundamentalmente clínico y se basa en la evaluación de un especialista. Según la neuróloga, existen señales tempranas que pueden alertar respecto a la enfermedad y cuya aparición combinada debería motivar al menos una consulta neurológica. En ese proceso, estudios como tomografías, resonancias magnéticas y análisis de laboratorio ayudan a descartar otras patologías con síntomas similares.
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Tratamientos y calidad de vida
Aunque actualmente no existe una cura para el Parkinson, los tratamientos disponibles permiten controlar los síntomas y mejorar significativamente la calidad de vida de los pacientes. El abordaje se apoya en dos pilares: el tratamiento farmacológico y las terapias no farmacológicas.
Estas últimas incluyen rehabilitación física, estimulación cognitiva, terapia del lenguaje y acompañamiento integral. “La rehabilitación continua es tan importante como la medicación. El tratamiento debe adaptarse a cada paciente y sostenerse en el tiempo”, destacó Sosa.
En los últimos años, además, distintas disciplinas demostraron beneficios concretos. Actividades como el tango, por ejemplo, favorecen la coordinación, el equilibrio, la postura y la secuencia de movimientos, mientras que contribuyen también al bienestar emocional y cognitivo.
Los especialistas subrayan la importancia de mantener hábitos saludables, como una alimentación equilibrada, actividad física regular, estimulación cognitiva y acompañamiento emocional.
