¿Son prescindibles las ciencias sociales y humanas?

A pesar de la prédica que insiste en banalizarlas y desacreditarlas, investigadores de múltiples campos sostienen que son cruciales para entender la mayoría de los enormes problemas que enfrentamos

13 de julio, 2026 | 22.21

En reiteradas oportunidades, el presidente y sus funcionarios vienen afirmando que “la prioridad de la inversión en ciencia de este gobierno son los ‘asuntos estratégicos’, mientras se eficientizan los recursos a partir de la eliminación de gastos innecesarios en áreas sociales”. Es más: el discurso dominante entre sus seguidores en redes sociales y medios de comunicación es de burla y ridiculización de las ciencias humanas. 

Sin embargo, los centros de investigación más poderosos del mundo parecen estar asumiendo precisamente la posición opuesta. Hace solo algunos días, la revista Nature publicó un extenso artículo de Xin Fan, historiador y vicedecano nada menos que de la Universidad Tecnológica de Shangai, en el que argumenta que las ciencias [duras] necesitan de las humanidades más que nunca. “Se ha instalado una narrativa que presenta a la ciencia y las humanidades como campos opuestos –escribe Xin Fan–. (…) La contracción de las humanidades se presenta como un costo inevitable de la modernización. Pero esa lógica de ‘suma cero’ es errónea. A medida que la ciencia y la tecnología avanzan a gran velocidad, el mundo necesita la investigación humanística para comprender sus causas e implicancias. Mi experiencia en la Universidad ShanghaiTech, en China, ilustra esta idea. Desde su fundación en 2013, la universidad invirtió fuertemente en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), y al mismo tiempo construyó el Instituto de Humanidades como una unidad académica central. (…) Campos como la inteligencia artificial, la biotecnología y la ciencia de datos plantean preguntas éticas, sociales e incluso civilizatorias que no pueden resolverse únicamente con la pericia técnica. Cuestiones que van desde el sesgo algorítmico y la vigilancia masiva hasta la sostenibilidad medioambiental y las relaciones entre humanos y máquinas exigen comprensión histórica, razonamiento ético y sensibilidad cultural. En conjunto, estos desafíos ponen al descubierto las limitaciones de un enfoque estrictamente tecnocrático”.

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Aunque investiga en las ciencias llamadas “duras”, el químico Roberto Etchenique, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA lo sintetiza de esta manera: “A igual calidad, yo diría que en el escenario mundial actual las ciencias sociales son mucho más importantes que la gran mayoría de las subdisciplinas  de las ciencias exactas y naturales. Quizás haya alguna excepción que se me escapa relacionada con algún ítem en particular que deba resolverse de forma urgente, pero el grueso de los desastres que estamos viviendo son sociales. Si tuviera que decir qué temas me parecen los más cruciales en el mundo de hoy, serían la economia basada en la IA, que dejará fuera del mercado a la gran mayoría de los trabajadores ‘no sirvientes’, y las estructuras de los gobiernos democráticos acechados por la acumulación de riquezas de individuos más poderosos que la gran mayoría de los países. Los dos temas son de ciencias sociales (aunque algunos economistas crean que la matemática banal que utilizan la hace una ciencia exacta)”. 

Algo similar opina Mario Pecheny, integrante del Directorio del Conicet por la gran área de las ciencias sociales y humanidades, además de doctor en Ciencia Política por la Universidad de París III, profesor de Ciencia Política y de Filosofía y Métodos de las Ciencias Sociales en la UBA e investigador del Conicet en el Instituto Gino Germani. “Muchas preguntas empiezan con ‘¿cómo puede ser que…?’: ¿cómo puede ser que haya gente que se muera de hambre?, ¿que todo el tiempo sigan matándose en guerras?, ¿que asesinen a tantas mujeres y niñas?, ¿que haya tal grado de corrupción y no pase nada? –reflexiona–. Cada vez nos cuesta más encontrarle el sentido a los comportamientos de otras personas e incluso a los propios. Cada vez más con más frecuencia escuchamos cosas que nos parecen delirantes, y más situaciones nos resultan incomprensibles. No se trata de fenómenos puntuales, aislados, menores. Se trata de las relaciones que hacen que nuestras vidas sean vivibles, en lo subjetivo (afectivo, emocional, racional) y en lo material. Se volvió imposible entender por qué estamos viviendo como vivimos, se volvió imposible vislumbrar hacia qué horizonte nos dirigimos, y hasta concebir que estamos dirigiéndonos hacia algún horizonte más o menos identificable. La incertidumbre lo tiñe todo. No estamos seguros de nada. Eso podría ser bueno, si hubiera pistas de respuestas. Pero parece no haberlas. Podemos buscarlas en alguna fuente religiosa, mística, introspectiva. Está bien. Pero también podemos tratar de comprender sobre otras bases las múltiples formas que adquieren las preguntas de cómo podemos vivir juntos en este planeta sin matarnos, tratar de ser felices, que todos y todas comamos, y tengamos un lugar protegido para pasar la noche. Esas otras bases no las encontramos en la genética, los aparatos, ni en la inteligencia que nos provee nuestra computadora o nuestro teléfono. Refieren a nuestra experiencia como seres humanos: individual y colectiva; actual y pasada; concreta y abstracta. Podemos captar y comunicar nuestras experiencias de diferentes maneras y desde diferentes posiciones y puntos de vista: interrogándolas, explicándolas, comprendiéndolas, interpretándolas. No hay una única manera de hacerlo, pero tampoco esto se hace ‘de cualquier manera’. Las formas que nos han resultado mejor, más válidas, para interrogar, explicar, comprender, interpretar, el sentido de nuestra experiencia, no son otra cosa que las ciencias humanas, las humanidades”.

Pecheny sostiene que no podremos responder esas preguntas prescindiendo de la historia, de las ciencias del lenguaje o de la antropología. Tampoco, de la literatura y del arte. “Menos aún dejando de pensar”, subraya. “Una sociedad con ciencias humanas es aquella que se pregunta sobre cómo podemos vivir bien, juntas y juntos. Es aquella que apuesta por ese proyecto colectivo –afirma–. Por lo tanto, no es neutral defender o atacar a las ciencias humanas, depende de si queremos pensarnos como una sociedad posible y en la que quepamos todos, o no nos importa nada más que el sálvese quien pueda. Si alguien puede…”

Rolando García [figura legendaria de la ciencia local] reiteraba que la realidad no se divide en disciplinas, en el mundo real funciona todo junto, desde la física, la química o la biología, a la psicología o las ciencias sociales, comenta el sociólogo e investigador del Conicet Daniel Feierstein. “Las disciplinas son apenas abstracciones para comprender ‘partes’ de lo real pero que no pueden explicarse solas –explica–. Siempre que hay transformaciones tecnológicas relevantes, el plano de lo social asume todavía mayor peso, ya que se requiere poder evaluar cómo afectarán nuestras formas de vida, nuestro presente y futuro, y para ello es crucial poder comprender cómo ocurren los fenómenos sociales. En la situación argentina tenemos la tristeza de vivir un fenómeno inverso, que pareciera atrasar unos 150 años en los modos de pensar el desarrollo científico. El prejuicio de que ‘las ciencias sociales no sirven para nada’ y que ‘la ciencia básica es pura especulación’ lleva a un modelo que busca financiar desde el Estado lo menos relevante y lo que de todos modos podría ser financiado por el ámbito privado (las aplicaciones técnicas concretas de conocimiento ya existente). Eso implicará un retroceso feroz en la compleja lucha internacional por posicionarse frente a los profundos cambios que se están produciendo y que exige exactamente lo contrario: comprender sus características y consecuencias (para lo cual son imprescindibles la filosofía y las ciencias sociales) y pensar en sus formas de avance y desarrollo (que están dentro del campo de las ciencias básicas)”.

Valeria Edelsztein es doctora en química y Claudio Cormick, doctor en filosofía, pero ambos trabajan con intensidad en aprendizaje de las ciencias y comunicación. Explican que podría justificarse que las ciencias humanas son más importantes que nunca porque tienen una cantidad acumulada de conocimientos fascinantes que es más grande que el que alguna vez tuvimos: son bellas, hacen la vida interesante, exactamente como lo hacen las ciencias naturales. Sin embargo, suele degradárselas aduciendo que “no son útiles”. 

“El hecho de que estén mucho más desarrolladas que en el pasado significa que nos dan más herramientas –subrayan–. Irónicamente, las mismas extremas derechas en las que el gobierno se inspira para su política general, y para su ataque a las ciencias humanas en particular, apelan ellas mismas a la evidencia propia de estas ciencias, como cuando diseñan y testean campañas de comunicación para justificar el genocidio en Gaza: ese marketing político es, sin ninguna duda, ciencia humana aplicada; aplicada con los peores fines, sí, pero enormemente eficaz. Y es la misma clase de ciencia que puede usarse (y fue usada) con fines mucho más nobles. Es también el estudio de la comunicación, de las motivaciones, de los mecanismos de persuasión el que nos permite saber cómo lograr que las personas se vacunen, o que no conduzcan alcoholizadas (la difusión de la idea misma de ‘conductor designado’ tiene mucha ciencia social por detrás), o que usen métodos anticonceptivos (pensemos cuánta ciencia social hubo detrás del éxito del plan ENIA que permitió bajar drásticamente la cantidad de embarazos adolescentes, antes de que este gobierno lo desguazara). Precisamente, un ejemplo de ciencia humana es… la economía, cuyas complejidades derivan más bien del ‘factor humano’ que de la matemática”.

Para ambos investigadores, otro ángulo desde el que las ciencias humanas son más importantes que nunca es que quizá nunca hubo tanta distancia entre las posibilidades históricas de una sociedad y su realización concreta. “La pregunta sobre por qué no se realizan esas posibilidades solo pueden contestarla estas ciencias: ¿por qué, habiendo la humanidad acumulado una cantidad tan grande, absolutamente inédita, de riqueza social, sigue habiendo gente que no cubre sus necesidades alimentarias, o no tiene agua potable, o muere de enfermedades perfectamente evitables? –plantean–. Todo esto no lo responde la ciencia natural aplicada (que cumple mostrándonos qué caminos deberíamos profundizar para incrementar la productividad, potabilizar el agua y erradicar enfermedades); la pregunta acuciante es qué condiciones (históricas, sociales, políticas, económicas) hacen que este potencial no esté aprovechado”. 

Incluso problemas como la contaminación del Riachuelo exigen una mirada social

De acuerdo con Eldelsztein y Cormick, un ejemplo de cómo ambas áreas disciplinarias deben complementarse para resolver el acceso al agua potable puede encontrarse en el artículo de Daiana Capdevila, química de la Fundación Instituto Leloir, e Iván Dalmau, sociólogo de la UNSAM, “Con una sola ciencia no alcanza. Un abordaje integral ante el problema de la inseguridad hídrica en la Cuencia Matanza-Ricachuelo”, publicado en la revista Bordes, de la Universidad de José C. Paz. Allí, ellos argumentan que el “lugar común” atribuye la inseguridad hídrica pura y exclusivamente a la expertise y el conocimiento producido por profesionales del campo de las denominadas ciencias naturales, el sector de la ciencia en la que “vale la pena invertir” y al que se le contrapone el “gasto innecesario” destinado a las ciencias sociales. “Si a la hora de diagnosticar el problema resulta peligrosa la confusión entre ‘lo necesario’ y ‘lo suficiente’, consideramos que no menos peligrosas resultan las implicancias políticas de dicho reduccionismo epistemológico cuando se busca aportar soluciones –escriben Capdevila y Dalmau–. Tomemos, por ejemplo, un desarrollo tecnológico como el de los biosensores para evaluar la calidad del agua y la presencia de contaminantes (…) La consideración de que el desarrollo de biosensores constituye ‘la solución’ al problema (…) se limita a facilitar el acceso a la información sobre la contaminación del agua, en lugar de promover una política integral que incluya la atención hacia las causas de la contaminación”.

Y concluyen Edelsztein y Cormick: “Nos parece tan obvia la importancia de las ciencias humanas que el interrogante pasa a ser más bien por qué alguien no creería que son cruciales (del mismo modo que no nos preguntamos “¿Es esférica la Tierra?”, sino “¿Cómo es posible que haya gente que crea que la Tierra no es esférica sino plana?”). En este sentido, un enemigo obvio del conocimiento que pueden producir las ciencias humanas es la naturalización de ciertas creencias falsas (del tipo ‘el pobre es pobre porque quiere’). Contra las ciencias humanas combaten aquellos interesados en que no podamos conocer científicamente las causas de la pobreza o la desigualdad. Eso existe, sin duda. Pero también tenemos que precavernos contra la idea, extendida quizá todavía más que la anterior, de que las ciencias humanas son prescindibles porque son una especie de extensión del sentido común, un sentarse y decir ‘bueno, a mí me parece…’ que puede hacer cualquiera en su casa. Es hora de empezar a tomarnos en serio, todos, a las ciencias humanas”.