Diez años después del brote de ébola en África Occidental que sacudió al sistema de salud global, y seis años después de que el Covid-19 se convirtiera en la peor pandemia desde 1918, y en medio de un nuevo brote de ébola en el Congo, el mundo no está más seguro; al contrario, en muchos aspectos, está peor.
Tal es la conclusión el informe anual del Global Preparedness Monitoring Board (GPMB, algo así como comité global de a preparación global contra pandemias), organismo independiente de monitoreo co-convocado por la Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial, que se presentó este lunes en la 79ª Asamblea Mundial de la Salud en Ginebra. El documento, titulado A World on the Edge: Priorities for a Pandemic-Resilient Future [Un mundo al borde del abismo: prioridades para un futuro resiliente frente a las pandemias], es además el último del GPMB, que concluye su mandato en 2026.
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El trabajo analiza las seis “Emergencias de Salud Pública de Importancia Internacional” declaradas en la última década: el ébola en África Occidental (2014–2016), el zika (2016), el ébola en la República Democrática del Congo (2019–2020), el Covid-19 (2020–2023), la viruela símica o mpox (2022–2023) y su rebrote (2024–2025) y evalúa si la preparación global está mejorando o retrocediendo a la luz de 90 indicadores. En casi todas las dimensiones analizadas, la situación se mantiene igual o empeora.
La frecuencia de las emergencias sanitarias prácticamente se duplicó entre 2015 y 2024, afirman los expertos. Las enfermedades infecciosas, que habían caído al 15% de las muertes globales en 2015, saltaron al 23% en 2021 como consecuencia directa del SARS-CoV-2. Sin esa pandemia, habrían representado apenas el 11% de la mortalidad global, lo que revela que el problema no es la carga cotidiana de enfermedades —que efectivamente baja— sino la magnitud catastrófica de los grandes brotes cuando se desatan.
Los impactos económicos de estos eventos son cada vez más pronunciados. Estiman que durante el ébola en África Occidental y el Covid-19, el PBI de los países afectados cayó entre 2,9% y 5,1%, la deuda pública trepó entre 13 y 16 puntos porcentuales, y la inversión extranjera directa se desplomó un 51% en el primer año de pandemia, la caída más pronunciada jamás registrada.
Uno de los datos más preocupantes del informe es que el acceso equitativo a vacunas, diagnósticos y tratamientos no mejoró tras el COVID-19. Empeoró.
Durante el reciente brote de mpox, las vacunas tardaron entre 24 y 27 meses en llegar a los países de bajos ingresos más afectados. Para el COVID-19, ese retraso había sido de 17 meses, lo que ya era considerado inaceptable. El informe acuña el término "fatiga de equidad" para describir este fenómeno: un creciente desinterés político y financiero a priorizar el acceso igualitario a insumos médicos. A medida que los gobiernos se repliegan hacia agendas domésticas y el espíritu de solidaridad que caracterizó los primeros meses del Covid-19 se disipa, los mecanismos de distribución equitativa también van desapareciendo, como el programa USAID, de los EE.UU, cuyo abrupta finalización podría dejar a 23 millones de niños sin acceso a la educación y a hasta 95 millones de personas sin atención médica básica, de acuerdo con la organización Oxfam.
Según este trabajo, no se trata de una falla de mercado, sino de gobernanza. La ausencia de obligaciones vinculantes para los Estados y el sector privado permitió que los países ricos acapararan vacunas mediante acuerdos de compra anticipada y restricciones a la exportación, mientras los países de bajos ingresos debían esperar.
El informe reconoce avances significativos en capacidades científicas y tecnológicas, como el desarrollo de vacunas contra el Covid-19 en tiempo récord, la vigilancia genómica en tiempo real y la expansión de herramientas de inteligencia artificial para análisis epidemiológico.
Sin embargo, también advierte que aunque el mundo está tecnológicamente mejor equipado que nunca, es social, económica y políticamente más vulnerable. La IA y las tecnologías digitales tienen un enorme potencial para transformar la preparación pandémica, pero sin gobernanza adecuada y salvaguardas efectivas, pueden ampliar las brechas de acceso y debilitar la seguridad sanitaria.
La desinformación, las preocupaciones legítimas sobre privacidad de datos y la fragmentación geopolítica están erosionando el ecosistema de información que necesita cualquier respuesta coordinada.
Ante este diagnóstico, el GPMB propone tres recomendaciones.
- Crear un mecanismo de monitoreo independiente. El GPMB pide que la Asamblea Mundial de la Salud establezca un sistema de vigilancia del riesgo pandémico que sea multisectorial y que rinda cuentas directamente a ese organismo y a la Asamblea General de la ONU. La vigilancia actual, señala el informe, es fragmentada, está subfinanciada y es estructuralmente vulnerable a interferencias políticas.
- Garantizar acceso equitativo a contramedidas. El instrumento central aquí es el Acuerdo de Pandemia de la OMS, actualmente en proceso de finalización. El GPMB exige no solo su ratificación, sino su implementación real, incluyendo mecanismos de transferencia de tecnología, licencias pre-acordadas y el fortalecimiento de la manufactura regional distribuida en países de bajos y medianos ingresos.
- Financiamiento sostenido entre crisis. El informe identifica un patrón destructivo: los fondos para preparación pandémica se priorizan inmediatamente después de cada crisis y se desmantelan cuando la atención política se distrae. Para romper ese ciclo, propone mecanismos de financiamiento con desembolso preautorizado, un Fondo de Contingencia de la OMS sostenido de al menos 100 millones de dólares, y compromisos permanentes preacordados para el Fondo Pandémico global.
El documento suscitó aceptación entre especialistas locales. Soledad Santini, epidemióloga e investigadora del Conicet, destaca que “El informe refleja algo que se viene observando desde hace años: el mundo no logró transformar la experiencia del Covid-19 en un fortalecimiento estructural y sostenido de los sistemas de preparación y respuesta. Hoy convivimos con una mayor frecuencia de emergencias sanitarias, en un contexto de creciente fragmentación geopolítica, crisis ambiental y debilitamiento de organismos multilaterales y sistemas públicos de salud y ciencia. En ese escenario, la reducción del financiamiento internacional y el deterioro de capacidades estatales estratégicas aumentan aún más la vulnerabilidad local y por supuesto global. Muchas veces la preparación frente a pandemias sigue pensándose de manera muy centrada en ciertas amenazas virales ( yo le llamo ‘virucentrismo’) mientras otras enfermedades infecciosas, zoonóticas (por ejemplo, las parasitarias) continúan subfinanciadas e invisibilizadas, especialmente aquellas que afectan a poblaciones periféricas o más vulnerables. El Covid y tantas otras epidemias que transitamos, ya mostraron que no son solamente fenómenos biológicos: expresan también desigualdades sociales, modelos de desarrollo, transformaciones ambientales y decisiones políticas. Por eso, debilitar instituciones científicas y sanitarias reduce la capacidad de anticipar, vigilar y responder frente a futuras emergencias. En esta coyuntura política nacional y mundial, la discusión no debería ser únicamente cómo reaccionar ante la próxima pandemia, sino qué tipo de sistema científico-sanitario y de cooperación internacional queremos sostener para prevenirla”.
El virólogo Mario Lozano, ex rector de la Universidad Nacional de Quilmes y autor del libro Vivir apestados: una historia de nuestra convivencia con los virus (Siglo XXI Editores, 2024) también coincide con el diagnóstico del grupo internacional. Pero además agrega: “Las nuevas epidemias surgen de desequilibrios en los hábitats naturales. Estos desequilibrios pueden ser originado por cambios ambientales pero cada vez con más frecuencia son producidos por la actividad humana –explica–. Hace un tiempo Carlson et al., publicaron un trabajo donde correlacionan los cambios climáticos con el incremento del salto viral entre especies (Climate change increases cross-species viral transmission risk. Nature 607, 555–562, 2022). Me parece que además de lo que dice la OMS estamos en un escenario de constante aumento de la intervención humana en diferentes hábitats y de modificación antropogénica de los ciclos climáticos. No podemos esperar en este escenario otra cosa que no sean muchas nuevas epidemias. Que esas epidemias se conviertan en un problema sanitario grave (convirtiéndose en problemas simultáneos de muchos países o territorios, o hasta en pandemias) es otro cantar. Depende de las características de los virus, y su relación con los animales reservorios y los humanos. Por ejemplo, no parece razonable pensar que el brote de hantavirus Andes en un crucero, aun cuando llegue a producir casos de transmisión autóctona en otros países del mundo más allá de la Argentina y Chile, donde circula normalmente, se convierta en una epidemia de proporciones. Más bien debemos esperar que continúe siendo un problema grave, pero localizado y entre pocos individuos. Ahora, si no hacemos nada para frenar ese brote, y dejamos que el virus circule libremente, por ejemplo en Europa, entonces le estaremos dando a la evolución viral herramientas que eventualmente le permitan adaptarse a otras especies (de roedores europeos, por ejemplo) y así comenzar un ciclo de desarrollo de nuevas variantes. Y de antemano no podemos predecir si esas nuevas variantes se transmitirán más fácil a los humanos o no, o si encontrarán una vía más eficiente de transmitirse entre nosotros. Justamente como no lo sabemos, debemos adoptar una actitud precautoria. Lo mismo (pero más acuciante, me parece) con el brote de ébola en la RDC y Uganda. Ya tuvimos casos autóctonos en los EE.UU. y España en la última gran epidemia que afectó primero a Guinea, Liberia y Sierra Leona. Si el ébola llega a adaptarse a otros territorios fuera de África y encuentra algún murciélago que funcione como reservorio local... bueno… ¡estamos mal!"
“Sí –coincide Zulma Ortiz, sanitaria y ex ministra de salud de la provincia de Buenos Aires–. Todo indicaría que estamos en riesgo de una nueva pandemia. Más allá de lo que dice el informe, en términos filosóficos, ideológicos, debería haber quedado [una conciencia] muy fuerte después de lo que padecimos con el Covid. Los riesgos están y la preparación es muy necesaria. Yo tuve la oportunidad de participar en la Comisión NUS-Lancet (de la Universidad Nacional de Singapur y The Lancet para la Preparación contra Pandemias, la Implementación y el Monitoreo, codigirida, entre otros, por Helen Clark, ex primera ministra de Nueva Zelanda) y las conclusiones fueron similares”.
"Si la confianza y la cooperación continúan fracturándose, todos los países estarán más expuestos cuando llegue la próxima pandemia. La preparación no es solo un desafío técnico: es una prueba de liderazgo político”, subrayó la co-presidenta del GPMB, Joy Phumaphi.
El informe se lanza precisamente en un momento en que la asistencia oficial para el desarrollo en salud retrocedió a niveles de 2009, la OMS atraviesa una de sus mayores crisis de financiamiento, y la fragmentación geopolítica debilita la cooperación multilateral que cualquier respuesta pandémica eficaz requiere.
