El Club de la Pelea platense: inspirados en un videojuego, crearon un evento para agarrarse a trompadas “moderadamente”

El evento se llama Def Jam y se lleva a cabo todos los fines de semana en el Bosque de La Plata con varias peleas. Comenzó el año pasado entre amigos en un quincho de Berisso, después de un asado, y hoy acumula más de 45 mil seguidores en Instagram. Sus participantes tienen entre 22 y 52 años. “Somos locos agarrándonos a las trompadas, pero moderadamente”, dicen.

30 de abril, 2026 | 06.00

En un rato, al ras del pasto habrá un cuadrado marcado con una cinta de peligro que hará de ring y, alrededor (en los bordes mismos de ese ring casi invisible), estarán observando unas cincuenta personas. Entonces, desde el parlante de un celular va a sonar un campanazo artificial, imitando al de una pelea de boxeo tradicional; antes de que se empiecen a escuchar los puñetazos secos y las caras se pongan coloradas de los golpes. Alguien cortará una pelea porque olvidó de ponerse el protector bucal y una nariz va a sangrar. Para algunos observadores la escena podrá enmarcarse sólo en la idea de violencia; pero sus protagonistas hablarán de deporte y amistad, de un estilo de vida. 

Ahora, son las cuatro de la tarde de un sábado soleado y fresco de marzo en el Bosque de La Plata, frente al Museo de Ciencias Naturales, donde todos los fines de semana se lleva adelante el circuito de peleas callejeras Def Jam. “Acá hay de todo, desde abogados hasta repositores o gente que está estudiando en la universidad. Somos locos agarrándonos a las trompadas, pero moderadamente. No nos venimos a lastimar. No hay bronca. No vuelan botellazos. Nadie sale corriendo. Mucha gente lo usa como algo antiestrés”, cuenta Mauricio “Mono” Cáceres, fundador y organizador del evento.

El evento se llama Def Jam en honor a un videojuego de lucha callejera que transcurre en Nueva York; pero esta versión criolla es real y ocurre acá en La Plata. Las primeras peleas se organizaron en julio del año pasado en el quincho de una casa del barrio El Carmen de Berisso cuando el Mono, exluchador amateur de king boxing, jiu jitsu y MMA (artes marciales mixtas), convocó a su hermano y amigos (todos relacionados a los deportes de contacto) para guantear después de comer un asado. Lo que en principio surgió como una idea entre conocidos creció vertiginosamente a partir del boca en boca. Entonces, el ring se terminó trasladando al Bosque y se creó una cuenta de Instagram que hoy, pocos meses después del lanzamiento, acumula más de 45 mil seguidores.

El Mono tiene 30 años y se dedica a la herrería y zingueria, oficios que suele complementar con DiDi “cuando anda medio flojo el laburo”. En las horas que le quedan libres, sale a correr, va al gimnasio, entrena boxeo u otro deporte de contacto y organiza y maneja las redes de Def Jam. “El deporte de contacto es un estilo de vida. A veces te sentís acorralado en cuestiones personales y, aunque las cosas vengan mal, no vas a querer bajar la guardia en la vida”, le dice a El Destape, mate de por medio.


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A eso de las cuatro y media de la tarde, empiezan a llegar al Bosque los convocados por Def Jam. Algunos estacionan los autos en semicírculo, hacía la zona del pasto en donde luego se armará el ring con la cinta de peligro. La mayoría son espectadores. Los que no vienen a mirar (los que se subirán al ring a pegar y ser golpeados) se vendan las manos y hacen movimientos de precalentamiento. Aunque todos tienen relación con los deportes de contacto, el perfil de los participantes es variado: hay de La Plata y alrededores, pero también de la CABA y otros distritos del conurbano; tienen edades que van desde recién entrados los 20 hasta pasados los 50, y hace poco empezaron a sumarse mujeres.

Entre las personas presentes este sábado se encuentra Federico “Rayo” Benavidez, un asiduo de la Def Jam que se sumó al grupo porque conocía al Mono del ambiente de los deportes de contacto. Con 52 años, es el participante más grande y, aunque hoy no tiene planeado pelear porque anda con algunas dolencias, vino a mirar y ayudar en lo que sea necesario. “Me sumé a esto porque me gusta el formato de dos minutos de pelea. Un round de dos minutos es como que uno puede llegar a tolerarlo. Me gusta que acá somos todos iguales. Acá no hay distinción de clases sociales, de nada”, explica.

Abogado de profesión, el Rayo empezó judo a los cinco años y a lo largo de su vida hizo karate, taekwondo, boxeo, jiu jitsu y kick boxing. Tiene dos operaciones: un separador de titano en el sacro y un arpón y prótesis en la clavícula. Además, sufre de asma. A pesar de esas condiciones, entrena casi todos los días de la semana. En julio va a cumplir 53 años y dice que siente la edad en el rendimiento que puede llegar a tener cuando se sube al ring. En algunas ocasiones, luego de enfrentarse a contrincantes más jóvenes, piensa: “Estoy re loco”. “Acá la idea es probar lo que uno entrena en la semana. No somos profesionales. A veces le pido permiso a los chicos para meter una charla previa y digo: ‘Recuerden que el lunes hay que ir a trabajar”, cuenta el Rayo sobre su forma de ver el evento.

Jonathan Santillán, uno de los que sí vinieron a pelear este sábado, es empleado en una fábrica de productos de pollo. Hoy, entró a laburar a las 5 de la mañana y salió después del mediodía. No durmió siesta y, dado que corta la alimentación para bajar de peso, tampoco almorzó. Está en 84 kilos, más de 20 por debajo de lo que pesaba hace cuatro años atrás. Con 37 años y cuatro hijos, Jonathan dice que tuvo una “vida muy desordenada” hasta que en mayo de 2011 comenzó a frecuentar la Iglesia Cristiana de City Bell. “Siempre me gustó pelear. A los 13 años me echaron del colegio porque era picante, de ir de frente. Me peleaba una vez por semana, tranquilo. Dios hace las cosas nuevas para el que cree y tiene fe”, asegura ahora en el Bosque mientras espera el momento de la inscripción para la pelea.

Jonathan cuenta que dejó de trompearse en la calle en 2010 y que, luego de eso, en más de una ocasión tuvo que contenerse ante provocaciones. En los últimos años fue algún tiempo a clases de boxeo, pero actualmente no entrena para pelear. En la Def Jam encontró un espacio para sacarse las ganas de las trompadas, aunque advierte sobre las contradicciones: “Yo vengo a dar y recibir. Es así. El otro te quiere matar también. En la Biblia hubo violencia, pero no de parte de Dios. Si uno es hijo de Dios no tiene que practicar esto, pero me gusta y acá somos todos amigos”, señala.

Pasadas las cinco de la tarde, la planificación de las peleas gira en torno a una mesa de madera plegable. El Mono y otro de los organizadores al que llaman Punisher (sobrenombre que lleva estampado en la parte de atrás de su remera) anotan en una planilla a los que quieren inscribirse para participar. Después, sacan una balanza en la que los participantes se van parando por turnos. Para apoyar la balanza en un lugar plano y realizar el pesaje con exactitud salen del pasto desnivelado y cruzan hasta la vereda del Museo. Tratan de ser lo más prolijos posibles con los emparejamientos de los versus. “Nosotros armamos las categorías por peso y por experiencia. Por ejemplo, yo que entreno desde mis 10 años no puedo pelear con un pibe que entrena hace 6 meses”, explica el Mono.

A excepción de algunos (como Jonathan), en el ambiente de Def Jam todos parecen tener sobrenombres. A el Mono, Rayo y Punisher (que se llama en realidad Joaquín Balasini) se suman otros como Puchi, el Demente, el Nene y la Tía. Cerca de la mesa en la que se están haciendo las inscripciones y armando las peleas, ahora también hace movimientos con sus manos cubiertas de vendas rojas Juan Cruz “Oso” Marín Miranda, un joven de 24 años oriundo de Villa Elvira.

Juan Cruz cuenta que su identidad como luchador y el sobrenombre Oso surgieron como una resignificación ante el bullying que sufría cuando iba a la escuela. “Yo era cinturón negro de taekwondo, pero no me servía para defenderme y todos los días cobraba. Cuando tenía 17 o 18 años arranque haciendo Vale Todo que es lo que hoy se llama MMA. Ahí vino mi apodo: yo era peticito y gordito y me decían Osito Cariñoso. Después crecí en tamaño y en edad y me quedó el apodo de Oso”.

La vida del Oso es intensa: estudia veterinaria en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y trabaja en la construcción, cortando el pelo y haciendo tatuajes. Fue campeón amateur de king boxing y MMA y actualmente espera para hacer su debut profesional en esta última disciplina. Sin embargo, el deporte de contacto significa mucho más para él que esos logros: dice que es la terapia que lo ayudó a salir de un momento de salud delicado.

En 2024, el Oso transitó varios problemas personales. Se quedó sin trabajo, se separó y a su mamá le detectaron un cáncer de mama. En ese contexto, un día estaba hablando por teléfono cuando se desmayó y su cabeza dio contra una mesada, según le contaron luego. Un vecino lo cargó y seis días después se despertó rodeado de familiares en el Hospital Interzonal de Melchor Romero. Había sufrido un ACV. “Estuve seis meses sin poder mover el lado derecho del cuerpo y con mucha rehabilitación, a morir. Entonces, arranqué andando en bici, pero no me gustaba. A mí me gusta pelear y ahí empecé a entrenar de vuelta y no paré. A mí, el deporte me salva”, dice.
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Poco antes de la seis de la tarde, los versus de las peleas se sacan fotos mirándose de frente con un banner de fondo que tiene la imagen del video juego en la que está inspirado el evento. A esa hora, el cuadrilátero con la cinta de peligro ya está marcado en el suelo. Entonces Punisher da una charla sobre la duración de las peleas, el uso del protector bucal y los códigos que se manejan en la Def Jam. Además, les explica a los espectadores que rodean el ring que tienen que sostener y ayudar a mantenerse dentro de ese cuadrado a los boxeadores que en el trajín de la pelea empiezan a salirse. Después, se para en un banquito y dice: “Acá todos nos venimos a cagar a trompadas, pero entre buena gente”.

El sol empieza a bajar y está un poco más fresco cuando se larga la primera pelea. El Mono es el árbitro. Hay dos pares de guantes, rojos y negros. Ni bien arrancan, el chico de guantes negros, que lleva una camiseta de Boca, pide parar porque se olvidó de ponerse el protector bucal. Después, se dan duro durante un rato (piña para acá, piña para allá), pero al minuto aflojan un poco y se notan cansados. Llegan a los dos minutos y los aplausos del público, que es el que define cuando no hay nocaut, da como ganador al de guantes rojos.

En la segunda pelea le toca al Oso que lleva guantes negros. Su contrincante, de barba y remera blanca, acelera primero. Entonces, el Oso no se queda atrás y el ritmo se vuelve de ida y vuelta, aunque se nota una ventaja del otro. En los últimos diez segundos e impulsado por los gritos del público; el Oso arremete, pero no le alcanza: los aplausos dan ganador al de guantes rojos. Después hay dos peleas que se definen nocaut y luego otra que tiene como protagonista a Jonathan. El trabajador de la pollajería se agacha bien y pega duro, pero su oponente también. La lucha es pareja; tan pareja que el jurado popular determina un empate. En tanto, en otra pelea, un chico que lleva una camiseta del París Saint-Germain termina con la nariz sangrando.
Las peleas disputadas este sábado son siete y el desarrollo de todas dura no más de veinte minutos. Es un espectáculo vistoso que puede impresionar un poco y enmarcarse en la idea de violencia, pero esto no es necesariamente así. 

El investigador José Garriga Zucal, doctor en Antropología Social e investigador del Conicet en la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), explica que la violencia suele usarse como una forma de búsqueda de reconocimiento y también como una instancia para alcanzar placer. “Pelearse, entre otras muchas cosas, también da placer; como bailar y todas las actividades corporales”, señala el especialista en temas vinculados a la violencia como marca identitaria, al momento de pensar el fenómeno de Def Jam y de otros eventos similares.

Asimismo, en diálogo con El Destape, Garriga Zucal advierte que hay una disputa sobre el concepto de violencia y que en esa discusión siempre está presente la cuestión de “la legitimidad”. “El concepto de violencia lo que plantea, entre otras muchas cosas, es la cuestión de la legitimidad. Si el que comete el acto y el que lo recibe están de acuerdo y es legítimo, no hay violencia. Es más, si usan guantes, las peleas duran dos minutos y están emparejados por peso y experiencia, es un deporte”, explica. Aunque, agrega: “Lo que sí pasa es que, para pensar la definición del concepto de violencia, siempre hablamos de una triada. O sea: el que comete el acto y el que lo recibe, pero también los testigos de ese acto. En este caso, seguramente los testigos de ese acto pueden definir esas prácticas como violentas”.

Cuando las peleas terminan y el pasto del Bosque deja de ser un cuadrilátero, los organizadores de la Def Jam junto a los peleadores y a algunos espectadores se sacan una foto grupal. “Acá hay amistad. No es que la violencia es para lastimar a alguien”, señala Jonathan. El Mono dice: “Mucha gente nos compara con lo que es El Club de la Pelea y también con el Quinto Escalón. Nosotros sentimos que esto es una comunidad que se armó, una familia media rara”.