Hay ideas e imaginarios que definen las subjetividades de una época y moldean la manera en que vemos e interpretamos el mundo. Se trata de narrativas que se cuelan, sin darnos cuenta, en la vida diaria y en el sentido común: en conversaciones cotidianas, videos de Instagram o TikTok, libros de autoayuda, consumos culturales, consultorios, programas de TV, y en la forma en que las personas intentan explicar sus propios dolores, expectativas y emociones. “Sanar”, “soltar”, "confiar", “ordenar el sistema familiar”, “abrazar el presente” u “honrar” nuestro pasado, incluso a quienes nos hicieron daño, son algunas de estas frases que hoy conforman la gramática emocional de los vínculos y lo afectivo. Lo característico de esta cosmovisión es que explica los éxitos y los fracasos, el malestar y el bienestar, en gran parte, desplazando la mirada desde las condiciones sociales, estructurales y materiales hacia la biografía de las personas, su historia familiar y el propio mérito.
Un ejemplo de ello ocurrió esta semana en el programa El Club del Moro, conducido por Santiago del Moro, cuando en medio de una charla sobre la conquista de América y el revisionismo histórico, la periodista Marcela Tauro expresó que las calamidades del pasado debían “honrarse” porque, de otro modo, “no estaríamos acá”. Luego trató de explicar su razonamiento llevándolo hasta un extremo perturbador: “¿Cuántos padres violaron a sus hijos? No hay que perdonarlos, hay que honrarlos, porque si no, no te va bien en la vida”. A partir de las reacciones en redes sociales y la lluvia de críticas, la columnista pidió disculpas y reconoció haberse equivocado en la expresión. Sin embargo, al tratar de explicar sus dichos contó que ella trabaja para “reparar sus traumas” y sanar aquello que podría transmitirle a su hijo.
Ese tipo de razonamiento y el lenguaje elegido por Tauro, tal vez desde una mirada personal y con buenas intenciones, coinciden con la gramática y la práctica terapéutica que proponen las denominadas constelaciones familiares, corriente nacida en los 80, que viene creciendo desde hace décadas y hoy circula mucho más allá de los espacios donde efectivamente se realizan las sesiones. La naturalidad de ese lenguaje obliga a correr la discusión del caso hacia una interrogación más amplia y compleja: ¿cómo una terapia alternativa, sin aval de la comunidad científica, logró instalar buena parte de su vocabulario en el sentido común? ¿Por qué palabras tales como “honrar”, “sanar”, “ordenar” o “soltar” han adquirido tanta legitimidad en el universo afectivo emocional y la resolución de conflictos?
La teoría del orden
El método de las constelaciones familiares fue creado por Bert Hellinger, un ex sacerdote católico alemán, ex misionero en Sudáfrica con formación en distintas corrientes terapéuticas. A mediados de los 80 Hellinger tomó elementos de la terapia familiar sistémica y construyó un dispositivo propio de exploración de la conciencia humana y de los sistemas familiares, que rápidamente comenzó a expandirse por Europa y luego por América Latina. Según esta herramienta, gran parte de los conflictos que puede experimentar un sujeto se originan o vinculan con acontecimientos ocurridos dentro de su sistema familiar varias generaciones atrás, es decir anclajes negativos inconscientes y conexiones energéticas que subyacen y se transmiten a lo largo del tiempo. Experiencias traumaticas como un secreto o tabú, una muerte temprana o violenta, un aborto oculto, los padecimientos de una guerra o migración, un asesinato, violencia intrafamiliar o un abuso, van dejando huellas que siguen actuando sobre los descendientes hasta que alguien logre reparar en el hecho y equilibrar la situacion.
En la práctica, quien decida trabajar en una constelación, primero debe enunciar el problema y luego en sesiones individuales o grupales, elegirá a otras personas para que representen a los miembros de la familia, o diferentes aspectos del problema, quienes guiados por un constelador o facilitador, reconstruyen simbólicamente esa trama o escena hasta alcanzar una supuesta reconciliación. En el caso de que sea grupal quienes participan del ejercicio son personas desconocidas que acuden cada uno para hacer su propia constelación. El objetivo es que a partir de compartir esa experiencia se movilicen aspectos internos para revelar dinámicas ocultas y liberar cargas emocionales heredadas.
Si bien muchas personas consideran estas terapias como efectivas y sanadoras, reducir las constelaciones familiares a esa dinámica inofensiva y técnica terapéutica eventual sería quedarse en la superficie. Su creador, Hellinger, afirmaba que existen “órdenes del amor”, es decir, leyes invisibles que organizan las relaciones familiares y al quebrarse producen parte del sufrimiento humano. Desde esa perspectiva sistémica, cada integrante del linaje tiene un lugar específico y por eso el bienestar depende, en gran medida, de respetar esa jerarquía, ese orden, esa armonía. Cuando alguien lo rompe, aparecen los conflictos que luego se transmitirán generacionalmente.
No es casual que la teoría se base en la noción del orden familiar para darle sentido al conflicto. Mientras otras perspectivas se preguntan por las relaciones de poder, las condiciones materiales, las desigualdades, las injusticias que producen determinados padecimientos a nivel social, las constelaciones lo limitan a un desajuste del sistema familiar, del mundo de lo privado, que debe solucionarse. Conceptos como aceptar, honrar o soltar constituyen el núcleo de una forma de ver los conflictos que entiende que la tristeza o la felicidad dependen de restablecer un orden previo que nos impacta individualmente, y no de transformar las condiciones que producen el sufrimiento humano colectivo. Si el malestar siempre se víncula con la vida íntima y el árbol genealógico, las causas sociales y colectivas desaparecen, y la movilización política pierde potencia transformadora.
Una práctica sin aval científico
En los últimos años hemos sido testigos del crecimiento de las terapias alternativas y en ese marco se destaca la popularidad de las constelaciones familiares. Sin embargo, su alta demanda no significa que cuenten con aval científico o que formen parte de las prácticas reconocidas por la psicología. Por el contrario, varios documentos y resoluciones de instituciones profesionales argentinas cuestionan su método y advierten sobre los riesgos para los pacientes. En 2018, por ejemplo, la Federación de Psicólogas y Psicólogos de la República Argentina (FEPRA) conformó una comisión científica para analizar específicamente esta práctica y concluyó que las constelaciones familiares no integran ningún marco teórico validado científicamente, no forman parte de las teorías psicológicas reconocidas y no pueden ser consideradas psicoterapia.
A partir de ese pronunciamiento, diferentes colegios profesionales de todo el país se sumaron y emitieron sus propias resoluciones en el mismo sentido: el Colegio de Psicólogos de Córdoba advirtió que estas prácticas “promueven la idea de un alivio del padecimiento subjetivo de manera inmediata, presentándose como soluciones mágicas"; el Colegio de Psicólogos de Salta agregó que “incursionar en las constelaciones familiares siendo psicólogo, sin aceptar que la misma no forma parte de los marcos teóricos conceptuales vigentes, implica ejercicio irregular” y quienes “realizan esta práctica como modo de resolución de problemas, quedan por fuera de los principios éticos que regulan el ejercicio profesional; recientemente el Colegio de Psicólogos de Santiago del Estero sostuvo que un profesional matriculado que las ejerza sin aclarar que se trata de una práctica ajena a la psicología incurre en un “ejercicio irregular de la profesión”.
Otros organismos como los de Río Negro y Entre Ríos reafirmaron que carece de evidencia científica y recordaron que no forman parte de los planes de estudio de ninguna carrera de Psicología del país. Mientras, desde el Tribunal de Ética del Colegio de Psicólogos de Neuquén advirtieron que las constelaciones familiares no poseen objetivos clínicos claramente definidos, no utilizan procedimientos validados, no requieren formación profesional habilitante, no cuentan con protocolos de evaluación de resultados y no ofrecen los criterios mínimos que caracterizan a una psicoterapia.
El capitalismo emocional y la privatización del sufrimiento
El diagnóstico es generalizado y unánime: las constelaciones familiares carecen de validación científica, pueden ser riesgosas para los pacientes y no deben ser presentadas como tratamientos terapéuticos. Sin embargo, siguen expandiéndose, son cada vez más populares y resultan muy efectivas a la hora de relatar e interpretar, aunque sea de manera distorsionada, las angustias y malestares de la época que vivimos.
Este crecimiento coincide y es parte de una transformación mucho más amplia: la expansión de una cultura que interpreta el éxito o el fracaso de una persona como responsabilidad exclusivamente individual. El neoliberalismo no solo reorganizó la economía y las formas de consumo, también modificó la forma en que las personas ven el mundo y se representan aquello que les ocurre. Allí donde antes reinaban categorías propias del conflicto social como explotación, desigualdad, injusticia, derechos, democracia, comenzaron a proliferar palabras como trauma, bloqueo, energía, apego, resiliencia, gestión emocional, o sanación.
La socióloga Eva Illouz analiza cómo el capitalismo de plataformas convirtió las emociones en un objeto permanente de trabajo, en la materia prima por excelencia en el entorno digital global. En su texto “Capitalismo, consumo y autenticidad” explica que el objetivo y la promesa ya no consisten únicamente en el bienestar económico, sino también en el equilibrio psicológico, vínculos saludables y una versión constantemente mejorada de uno mismo. Desde esta mirada todo lo que sucede, sea bueno o malo, debe necesariamente implicar un significado, un valor, debe ser puesto a trabajar y aprovechado para convertirlo en beneficio u oportunidad de crecimiento.
Las constelaciones familiares, entre otras terapias alternativas, encajan perfectamente dentro de esa sensibilidad cultural y normalización emocional ya que aunque se vendan como una práctica espiritual o terapéutica, desplazan el foco de atención desde las estructuras sociales hacia la vida personal. Si una persona es víctima de una situación de violencia, o atraviesa padecimientos como desempleo, pobreza, precariedad o exclusión, deja de ver las relaciones de poder que garantizan ese padecimiento, para concentrarse en aquello que permanece irresuelto dentro de su historia familiar. Mark Fisher describió ese fenómeno como una de las operaciones más eficaces del neoliberalismo: privatizar el malestar para que problemas producidos por condiciones sociales desiguales e injustas pasan a experimentarse como fracasos individuales.
Cuando el malestar crece, también crece el mercado de las soluciones
Pero hay un punto que no puede quedar soslayado detrás del éxito de las constelaciones familiares, y es la epidemia en salud mental, el sufrimiento psíquico que viene aumentando de manera sostenida, mientras se debilitan las respuestas colectivas, institucionales y estatales para abordarlo. Ansiedad, depresión, problemas de sueño, incertidumbre y agotamiento son algunos de los padecimientos y diagnósticos compartidos por millones de personas a nivel mundial.
En Argentina los indicadores de ansiedad y depresión son especialmente altos entre los jóvenes, particularmente afectando a las mujeres y los sectores de menores ingresos. El endeudamiento, la inestabilidad económica y la incertidumbre sobre el futuro aparecen entre los factores más determinantes del deterioro. Al mismo tiempo, según cifras oficiales del Ministerio de Salud de la Nación, durante 2025 los suicidios aumentaron un 22,6% y superaron a los homicidios y accidentes de tránsito en todo el país.
Paradójicamente, mientras la demanda de atención y tratamientos aumenta, la capacidad y el financiamiento del Estado para dar respuestas disminuye. Un informe de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) indica que entre 2023 y 2025 la ejecución presupuestaria destinada a salud mental cayó un 42%. Actualmente el área representa solamente el 1,42% del presupuesto total en salud, cada vez más alejado del 10% que establece la Ley Nacional de Salud Mental. Casi todos los programas de abordaje comunitario fueron desmantelados y el Hospital Nacional Laura Bonaparte, la institución de referencia en la materia, perdió más de la mitad de su presupuesto y sus trabajadores.
Cuando el Estado retrocede, cuando es cada vez más difícil y caro acceder a la salud privada, aparece la oferta desregulada. Allí donde antes se implementaban políticas públicas, había un dispositivo comunitario o un tratamiento accesible, se dinamiza un mercado cada vez más diverso de coaches, biodescodificadores, terapeutas holísticos, consteladores y propuestas que prometen resolver rápido, fácil y barato (y de forma individual) aquello que muchas veces requiere procesos largos, complejos y sostenidos en el tiempo.
