La provincia de Buenos Aires está repleta de pequeños pueblos repletos de historia. Desde sitios que surgieron a partir de una actividad económica hasta asentamientos que crecieron junto con la red de ferrocarriles. Sin embargo, no todos corrieron con la misma suerte, y hay un sitio que deja esto en claro: lo que alguna vez fue una pequeña comunidad rural hoy permanece completamente vacío. Se trata de Estela, un pueblo del partido de Puan que, tras más de un siglo de historia, quedó definitivamente abandonado cuando sus últimos habitantes decidieron marcharse.
La historia de Estela resume el destino de muchas localidades argentinas que nacieron y crecieron gracias al ferrocarril. Durante gran parte del siglo XX, el tren fue el motor económico y social de la región, permitiendo transportar la producción agropecuaria, conectar a los vecinos con otras localidades y sostener una vida comunitaria activa. Sin embargo, cuando esa conexión comenzó a perder importancia, el pueblo inició un lento proceso de despoblamiento del que nunca logró recuperarse.
El origen de Estela está íntimamente ligado al ferrocarril. La estación que dio nombre al pueblo fue fundada en 1908 sobre un ramal del Ferrocarril General Roca que conectaba Villa Iris con Empalme Piedra Echada. Como ocurrió con numerosas localidades del interior bonaerense, primero llegó el tren y luego aparecieron las viviendas, los comercios y los servicios básicos que dieron forma a la comunidad. El nombre del pueblo fue elegido en homenaje a Estela, hija del hacendado Ramón López Lecube, quien colaboró con la llegada de las vías a la región.
Con el paso de los años, Estela logró consolidarse como un pequeño centro agrícola-ganadero. En sus mejores épocas llegó a contar con escuela, comisaría, almacenes de ramos generales e incluso una fábrica de harinas que distribuía su producción en distintas localidades de la región. Aunque nunca fue un pueblo grande, llegó a albergar cerca de un centenar de habitantes y mantenía una intensa actividad vinculada al movimiento ferroviario.
El lento camino hacia el abandono
La decadencia no ocurrió de un día para otro. A medida que disminuyó la importancia del tren y se transformó la dinámica productiva del campo, muchos jóvenes comenzaron a emigrar en busca de oportunidades laborales y educativas en ciudades más grandes. El éxodo fue constante durante décadas y los censos reflejaron con claridad ese proceso: de 25 habitantes registrados en 2001 se pasó a apenas dos en 2010.
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Los últimos pobladores fueron Jorge Fajardo y María Celia Romero, un matrimonio que vivió durante más de treinta años en el pueblo y resistió cuando prácticamente todos los demás ya se habían marchado. Sin embargo, el aislamiento, la falta de servicios y la necesidad de estar más cerca de sus hijos y de la atención médica terminaron inclinando la balanza. Entre 2022 y 2023 decidieron abandonar el lugar, dejando a Estela sin habitantes permanentes por primera vez en su historia.
Cómo es hoy este pueblo fantasma
Actualmente, quienes llegan hasta Estela se encuentran con un paisaje tan melancólico como fascinante. Las vías ferroviarias permanecen cubiertas por pastizales, la estación luce desmantelada y las antiguas construcciones resisten el paso del tiempo en medio del silencio. Lo que antes era una comunidad activa se transformó en un escenario donde la naturaleza comienza lentamente a recuperar el terreno.
Paradójicamente, el abandono terminó despertando un nuevo interés por el lugar. En los últimos años, fotógrafos, aficionados a la historia y viajeros atraídos por los pueblos fantasma comenzaron a acercarse para recorrer sus calles vacías y conocer de cerca una historia que refleja un fenómeno mucho más amplio: el de cientos de localidades que perdieron población a medida que desaparecían los ramales ferroviarios que les habían dado origen.
