La disputa entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof cruzó una línea roja. Entró en crisis la dinámica de la pelea como mero tironeo previo a una negociación de último momento que desemboca en una lista de unidad. Después del acto en Parque Lezama y de las réplicas que habilitó el discurso de Máximo Kirchner es más factible una ruptura que un acuerdo. Esta vez es en serio, todo se prende fuego.
Con distintas motivaciones, los dos espacios ya trabajan bajo la hipótesis que habrá enfrentamiento abierto, en elecciones primarias o con listas que compitan por separado, esto último, un escenario que podría favorecer un triunfo del oficialismo de Javier Milei en primera vuelta. Es el resultado de una disputa de liderazgo irresuelta, de estrategias enfrentadas.
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¿Qué cambió desde la despedida del Indio Solari, cuando el gobierno de la provincia de Buenos Aires y La Cámpora trabajaron en conjunto y montaron con éxito un operativo al que el gobierno nacional le había sacado el cuerpo? Después de meses de girar en redondo, el cristinismo activó su estrategia política de cara a 2027, que incluye blanquear la ruptura con Kicillof. Es un intento por evitar que el gobernador se quede con el electorado de Cristina y a la vez margine de su proyecto presidencial a la ex presidenta y a los dirigentes que le responden.
La estrategia, de tres patas, se estrenó con el acto en Parque Lezama, que consolidó a Máximo Kirchner como conductor operativo del espacio que lidera Cristina. El primer componente es aglutinar fuerzas no ya sobre la consigna “Cristina libre” sino detrás de una eventual candidatura de la ex presidenta, hoy impedida de competir por la inhabilitación para ejercer cargos públicos. En público, ningún dirigente cristinista se saldrá de ese libreto: la candidata debe ser Cristina y para lograrlo primero hay que quebrar la proscripción.
El segundo ingrediente de la estrategia es el lanzamiento de una agenda programática con dos pilares fundamentales: una renegociación a cara de perro de la deuda con el FMI y una reforma estructural del Poder Judicial para terminar con las mafias y las persecuciones selectivas de dirigentes políticos. Son temas que le dan contenido y nitidez a la propuesta de Cristina candidata, que sirven como insumos en la discusión con el resto de los actores del peronismo y como eventual condicionamiento de un futuro gobierno opositor.
El tercer componente, tal vez el más importante, es una ofensiva para quebrar la estrategia que viene desplegando Kicillof, consistente en desconocer la conducción de Cristina y al mismo tiempo cuestionar la condena contra la ex presidenta y permanecer en el kirchnerismo como lugar de pertenencia. Cerca de Máximo Kirchner dicen que la ofensiva se precipitó por la inacción del kicillofismo ante las críticas contra la ex presidenta de la legisladora porteña Berenice Iañez, cercana a Andrés Larroque, en los días previos a Lezama. Solo un pretexto, responden en La Plata.
Para “desenmascarar” a Kicillof, explican en el cristinismo, se requiere trazar una línea divisoria entre los que están a favor de Cristina y los que están en contra, sin medias tintas. “Axel no acumuló nada por fuera del voto de Cristina. No podemos permitir que se lleve nuestra base electoral peleándose con todos nosotros y sin darnos nada. Tiene que quedar claro que su pelea es con Cristina. El que rompe la unidad es Kicillof”, dice a El Destape un dirigente que estuvo en el palco de Lezama. “Siguen con la lógica de sumisión o traición”, replican en la gobernación.
En ese punto, entre otros, radica la imposibilidad de un acuerdo electoral entre Cristina y Kicillof. Para fortalecer el espacio propio y acumular fuerzas en el inicio del proceso electoral, el cristinismo necesita reforzar la idea de que Kicillof es un traidor y un desagradecido, incapaz de visitar a Cristina durante su detención. ¿Cómo pedir después el voto para esa misma persona?
No solo eso: para dar sentido y competitividad a una eventual PASO o a un enfrentamiento con listas por separado, parte del cristinismo procura asociar la figura de Kicillof a Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta, tarea en la que ya trabajan dirigentes como Guillermo Moreno y Sergio Berni. Presentes en el palco de Lezama, los dos ya alentaron públicamente la ruptura con Kicillof, en sintonía con una lectura que le atribuyen a Cristina que indica que la de 2027 será una elección de cuatro cuartos.
En la mirada de Kicillof, un acuerdo con Cristina que lo convierta en el candidato de la unidad también quedó prácticamente descartado. La magnitud del enfrentamiento público y la experiencia fallida del gobierno del Frente de Todos habilitan a pensar que, incluso en caso de ganar las elecciones, el entendimiento volaría por los aires en menos de 48 horas. “Ellos no aceptarían un candidato de unidad que no reconozca la conducción de Cristina y que no les entregue la gobernación, y eso no va a pasar porque sería repetir el esquema de Alberto Fernández”, dice un ministro bonaerense.
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Por eso, para Kicillof el mejor escenario es una PASO, en la que, por medio de los votos, se escenifique el cambio de mando en el peronismo. Si se eliminan las PASO, intentarán que haya una elección interna. En su círculo más cercano, hay confianza en que esa pelea se gana por buena diferencia. Otros dirigentes que trabajan en su proyecto presidencial no esconden sus dudas. Dicen con inquietud que Kicillof no amplió su espacio, que su mensaje todavía no penetra en la sociedad y que no genera hechos políticos que fijen agenda.
En un hipotético escenario de PASO, ¿quién sería el candidato del cristinismo, en caso de que la ex presidenta siga inhabilitada? No son pocos los que mencionan a Sergio Massa, en un esquema de al menos tres precandidatos, en el que una figura como Juan Grabois le quite votos por izquierda al gobernador. Alquimias en el aire, mientras el oficialismo avanza hacia una nueva candidatura de Milei.
