Máximo Kirchner, Axel Kicillof y Jorge Ferraresi pusieron en marcha el fin de semana último un aceitadísimo dispositivo para recibir, contener, atender y desagotar durante más de 20 horas al millón de personas que se acercó a Villa Domínico a festejar y despedir al Indio Solari. Sin ayuda (y hasta con rechazo) del Gobierno Nacional, una agrupación política, el municipio de Avellaneda y la Provincia de Buenos Aires escenificaron un homenaje de realización perfecta, sin incidentes, a contramano de las advertencias e hipótesis previas, muchas dentro incluso del peronismo. Contaron con dos aliados inestimables: la disposición generosa de la familia Solari y la colaboración pacífica, inestimable, de los cientos de miles de personas que marcharon durante horas bajo la lluvia en paz y comunidad para rendir tributo y agradecer.
El día después del hito, el peronismo respira tranquilidad, satisfacción por la tarea cumplida y expectativa porque Kicillof y Kirchner volvieron a hablar. No una, no dos, no tres sino varias veces a lo largo del día. ¿Sienta esto las bases para un entendimiento? No parece tan fácil. Pero aun en la diferencia, el gobernador bonaerense y el fundador de La Cámpora, junto con el intendente de Avellaneda, sienten que han redimido al peronismo. Después del fiasco de la despedida de Diego Maradona (que terminó en un episodio de represión) y del papelón de la recepción a la Selección campeona del mundo (que terminó escapando en helicóptero tras un operativo pésimamente diseñado), el peronismo demostró que mantiene la capacidad de coordinarse y gestionar con rigurosidad y precisión un evento absolutamente inimaginable en la previa: la última misa, la despedida del Indio Solari.
Todos los sectores políticos coinciden: ninguno podría haberlo hecho así sin el otro. Y sin la ayuda imprescindible de la familia y del público. Se suma a ese combo la colaboración de los municipios que lindan con Avellaneda y la producción de Javier Grosman. Todas patas infaltables en un engranaje que funcionó a la perfección. Con mención especial para el Ministerio de Seguridad de la Provincia, que comprendió rápidamente la importancia de mantener alejados a dos enemigos irreconciliables: los ricoteros y la Policía. "Con la cana me saco el sombrero. Pero hay que conducirla, eh. El Ministerio (de Seguridad bonaerense) trabajó bien", destacó en diálogo con El Destape un dirigente de La Cámpora. La mirada en el municipio de Avellaneda es coincidente. "Javier Villar (el jefe de la bonaerense) viene de los operativos acá en Avellaneda, donde todos los fines de semana tenés fútbol. Sabe cómo es. Fue una decisión acertada", resaltaron cerca de Ferraresi. El operativo incluyó 1.500 efectivos en su pico máximo, muy poco visibles, que se asentaron principalmente en la zona trasera del Polideportivo Gatica. En las inmediaciones, además de los baños químicos, las postas de hidratación (poco demandadas) y los organizadores, había armado un quirófano de alta complejidad preparado para cualquier tipo de emergencia.
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En las pocas oportunidades en las que habló, Kicillof destacó la despedida popular "masiva y cuidada”. Lo hizo en diálogo con El Destape 1070, cuando además subrayó que la jornada se desarrolló de manera pacífica y colaborativa. Y es que colaboraron incluso los comercios (como el hipermercado Coto) o la Parroquia Nuestra Señora de Lorenzo, poniendo sus baños a disposición. Según estimaciones oficiales, la ceremonia se extendió durante 20 horas -desde las 10 de la mañana hasta las 6 del día siguiente- y reunió a más de medio millón de personas en la capilla, mientras que cerca de un millón se congregó en las calles para rendir homenaje.
"Fuimos un público respetable", posteó Máximo Kirchner, a quien el periodista y amigo personal del Indio, Marcelo Figueras, le asignó en su relato de los hechos el rol de organizador de la despedida. En sintonía con el diputado nacional, Figueras resaltó en Radio Con Vos: "La forma en que la gente se comportó no se puede menospreciar de ningún modo, fue esencial". Un millón de personas desarmando la incontable cantidad de prejuicios que formadores de opinión y gobernantes expresaron en público y en privado durante 48 horas y que acobardó al presidente Javier Milei, al diputado Martín Menem, al jefe de gobierno Jorge Macri y hasta al presidente de Racing Diego Milito. Que iba a haber muertos, que eran incontrolables. Temían otro aluvión zoológico. Se encontraron con la paz de un pueblo duelante asistido por un Estado presente.
