Las nieblas de la guerra

07 de marzo, 2026 | 21.05

Cualquiera que haya tenido alguna cercanía con el poder real, económico o político, privado o público, sabe que, contra lo que podría creer el sentido común, el proceso de toma de grandes decisiones suele estar lejos de la racionalidad absoluta. Existen las instituciones más o menos desarrolladas, existen los sistemas de control y contrapeso entre poderes, desde un Estado al directorio de una empresa, pero por detrás, casi al mando, no está una Inteligencia Artificial, sino las pasiones humanas. Ello significa que existen la discrecionalidad, los errores y, por supuesto, la irracionalidad. No hablamos aquí de bien y mal, de justo o injusto, solo de la falibilidad de las grandes decisiones en función de los fines pretendidos. En este sentido una hipótesis plausible es que haber iniciado la operación de guerra contra Irán, comenzando por la aniquilación de la cúpula de su gobierno, puede haber sido un grave error con consecuencias impredecibles y altos costos para amplios sectores de la economía global.

Aunque existen analistas de la geopolítica que ven “estado profundo” y lógicas imbatibles por todos lados, es probable que el ataque de Estados Unidos, de la mano de Israel, fuera el resultado de un error de percepción, de creer que a pesar de fracasos resonantes, como Vietnam y Afganistán, en la guerra solo importa la fuerza. También es probable que, envalentonado por los sucesos venezolanos, donde aprovechó la voluntad de supervivencia de los principales actores del régimen para descabezarlo vía el secuestro de un presidente, Donald Trump haya creído que podía repetir la hazaña en Irán, aunque esta vez no por la vía del secuestro exprés, sino de los asesinatos selectivos. Ya se sabe que los principios de la moral no corren para quienes están por fuera del colectivo “nosotros”. 

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El problema parece ser no haber encontrado a la Delcy Rodríguez persa, a los Diosdado Cabello y los Vladimir Padrino con turbante. Decididamente Irán no puede ganar militarmente una guerra contra Estados Unidos e Israel, pero puede resistir y puede dañar bastante más que Gaza, reducida a escombros. El paso del tiempo será el principal aliado de Irán y el principal enemigo de Trump. El fin de la guerra en pocas semanas anunciado por Estado Unidos puede ser pura ilusión. 

Las guerras son factores altamente disruptivos para el curso de los acontecimientos. Y especialmente si ocurren en Medio Oriente. Esto ya no es hipótesis, no debe olvidarse que la última gran transformación de la economía mundial: el desarrollo de las cadenas globales de valor –la desterritorialización de la integración vertical, la internacionalización de la producción– fue inicialmente derivado de lo que se recuerda como la “crisis del petróleo” de la década del ’70. Y que esta crisis fue el producto casi inmediato de una guerra, la de Yom Kippur de 1973, cuyo efecto más trascendente fue la suba persistente de los precios del petróleo. Luego, una crisis en Irán, la revolución islámica de 1979, disparó una segunda crisis petrolera, también vía restricciones en la producción y efecto precios. ¿Qué lleva a pensar que esta vez será diferente?

Algunos análisis intentan explicar como nueva variable que el mundo ya no es tan dependiente de los combustibles fósiles como en los años ’70, pero la realidad es que es apenas menos dependiente. Hasta China, que avanzó mucho en renovables, especialmente solar, hidroeléctrica y nuclear, y que aumentó fundamentalmente su demanda de carbón, también lo hizo con el petróleo. Como botón de muestra, mientras la guerra cierra el estrecho de Ormuz, bloquea puertos petroleros en todo el golfo y destruye infraestructura exportadora, Rusia anunció esta misma semana que redirigirá parte del gas natural licuado que enviaba a Europa a otros mercados alternativos. Lo que fue amenaza para Rusia ahora es un serio problema para la UE y se potenciará por la guerra. No es el aleteo de una mariposa, son los misiles en el golfo.

En cualquier caso, el efecto inmediato en todo el planeta será el que ya se ve, el del crudo superando los 90 dólares el barril y acercándose a los 100. La energía es el principal precio básico de la economía global y los costos de producción aumentarán en todo el mundo. Puede esperarse una suba de las commodities alimentarias y un probable fortalecimiento del dólar por el llamado “flight to quality”, el proceso que, en momentos de incertidumbre, reconduce los flujos de capital hacia economías consideradas seguras, como en materia financiera lo seguirá siendo Estados Unidos.

En el caso de Argentina existe la tentación de solo vaticinar desastres, de confundir deseo con realidad, pero los efectos potenciales son mixtos. Aquí también la clave es el factor tiempo. Mientras Irán resista, el efecto precios internacionales no será un cisne negro, sino dorado, o más bien verde. Podría significar un salto inesperado de los ingresos por exportaciones que le darían a la economía una mayor solidez externa de la que hoy carece. Los sectores dinámicos de las ventas al exterior –agro, energía y minería– serían todos afectados positivamente. No obstante, la incertidumbre podría derivar de una potencial recesión mundial.

Los efectos negativos serían los aumentos internos de los precios de la energía y de los alimentos. En principio el shock de precios externos sería de una sola vez, es decir que no necesariamente se traducirse en un proceso inflacionario. Sin embargo, es imposible olvidarse de la gimnasia indexatoria de la economía local, de su inercia inflacionaria y del rápido pass-through cambiario, lo que significa que el lado negativo de un shock de commodities podría propagarse más.

Adicionalmente, la retracción de los flujos financieros por el vuelo a la calidad alejará la posibilidad de refinanciarse en los mercados voluntarios. Luego, la apreciación global del dólar sería un problema si el gobierno no abandona su dogmatismo cambiario. Y finalmente, en economía también importa el “quién”, una perspectiva que suele perderse cuando la lupa se pone solo en la macroeconomía. Y en materia de “quién” habrá ganadores, los exportadores, y perdedores, los asalariados que antes que beneficiarse con los aumentos los padecerán. Dicho de otra manera, podría tensionarse la puja distributiva, un escenario que podría resolverse con buenas políticas, pero que resulta inimaginable para una administración libertaria.

La síntesis provisoria es que el escenario resulta difícil de prever porque interfieren “las nieblas de la guerra”, que son la alta incertidumbre y la ausencia de información confiable. Solo es posible vaticinar lo que sucederá si el escenario persiste. Lo que no se sabe, aunque se intuye, es cuál será finalmente la dimensión de esta persistencia.-

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Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017).