El “debate”, la democracia y la Corte

03 de octubre, 2020 | 19.00

Después de asistir al “debate” entre Trump y Biden nos asalta necesariamente una pregunta: ¿uno de estos dos hombres pretende completar ocho años en la presidencia de la principal potencia militar del mundo y el otro se propone reemplazarlo? Aun quien hubiera soportado hasta el final el espectáculo, difícilmente podría haber encontrado algún concepto más o menos interesante en tan crucial conversación. Todo se limitó al intento de ambos de colocar al contrincante en el interior de un estereotipo: vulgar y autoritario en el caso de Trump, socialista y enemigo de la libertad, en el de Biden. Eso fue todo. O casi todo porque también hubo insultos y guarangadas de diferente tipo.

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 ¿Por qué puede ocurrir un rebajamiento tan intenso y tan evidente de la función del presidente que tiene en sus manos la decisión sobre la guerra o la paz en todo el planeta? En la pregunta está la pista para entrar en el enigma. ¿Toma realmente el presidente las decisiones cruciales? No se trata sola ni principalmente de las limitaciones constitucionales al poder del presidente. Se trata, en el caso concreto de Estados Unidos de la existencia de un consorcio militar, industrial y hoy principalmente financiero que funciona como poder real. Se dirá que el poder real no existe bajo la forma conspirativa de un comité ejecutivo que todos los días toma decisiones de alcance nacional; eso es obvio. Pero la pregunta que nos hicimos es sobre la especificidad dramática del poder en ese país que consiste en decidir sobre la guerra y la paz, no con un país vecino, no en un sistema regional más o menos importante sino en todo el mundo. La guerra en el mundo es la decisión más grave que puede tener un estado. Pero este estado tiene una enorme capacidad de transformar la vida a escala global. Los argentinos y argentinos nos preguntamos recurrentemente ¿bajará o subirá las tasas de interés la Reserva Federal de Estados Unidos? Y suelen ser muy graves las peripecias por las que pasamos según sea esa decisión. Una medida tomada por el presidente Nixon, allá por 1971, la suspensión de la convertibilidad del dólar en oro, desató una cadena de consecuencias económico-financieras internacionales que terminaron iniciando una nueva etapa en la historia humana, lo que en una época se llamaba con deliberada neutralidad “globalización” y hoy casi nadie deja de nombrar como el mundo neoliberal o la fase financiarizada del capitalismo. 

 Es evidente que aún en el mundo del predominio de las grandes corporaciones económicas, los estados siguen teniendo una enorme importancia. No pueden dejar de tenerla porque solamente desde el estado pueden tomarse decisiones legales, es decir que tienen una autoridad superior a las que pudieran tener resoluciones tomadas por personas, grupos o instituciones no estatales. Y las decisiones estatales se toman con arreglo a ciertas rutinas institucionales que involucran a una variedad de actores legalmente capacitados para participar en el proceso de decisión. El presidente, claro está, no toma decisiones puramente individuales. Pero la limitación del presidente de Estados Unidos no consiste solamente en el proceso deliberativo que pudiera recorrer la toma de esas decisiones, sino ante todo en la existencia de una red de poderes fácticos que marcan los límites de las decisiones que toma el estado. El cientista social brasileño Rubens Ricupero decía –al analizar la crisis financiera de 2008- “Quienes más pesan en el Ejecutivo y en el Congreso norteamericanos pertenecen ahora al complejo financiero-político-militar. En un sistema político-electoral, cada vez más condicionado por gastos astronómicos, ese complejo incluye a cualquier candidato de uno de los dos partidos políticos principales con perspectivas reales de llegar al poder”. Acaso Estados Unidos sea la experiencia que muestra de un modo más radical la expropiación del poder democrático a manos de una oligarquía en permanente expansión y reproducción. Pero la centralidad de las grandes corporaciones económico-financieras es un dato que suele estar ausente de las discusiones de la ciencia política absolutamente predominante hoy en el mundo. Y sin esa dimensión (que constituye un régimen político, el más extendido hoy en el mundo) toda la discusión sobre las alternativas de orden institucional, sobre la vida de los partidos o la experiencia de las coaliciones, en fin sobre la democracia realmente existente en nuestros días, terminan siendo pura superficialidad. 

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Veamos nuestro caso. Argentina tiene una constitución, una legalidad, un régimen electoral, un sistema de justicia… ¿Quién puede explicar el fallo de la Corte que dio paso al per saltum, sobre la base de la Constitución, de las leyes que rigen el proceso de justicia, del lugar de la Corte en el sistema de división de poderes? Los jueces fallaron en el contexto de una sensación generalizada de emergencia institucional, totalmente falsa en términos jurídicos y reales. Fallaron en el contexto de una amenaza explícita de los poderes fácticos, maliciosamente difundida desde los instrumentos centrales de esos poderes, los medios de comunicación dominantes,  para influir en las decisiones hasta el punto de convertirse en un virtual poder de veto de las decisiones democráticas. Lo que hace que esa institucionalidad trucha que pervierte a la democracia se haga evidente no es la torpeza o la mala praxis de tal o cual actor de la escena, sino la existencia en este país de un bloque político heterogéneo, limitado y sobrecargado en sus capacidades por una crisis que lo precedió y otra que emergió en su comienzo, que no se somete a las determinaciones de los poderes fácticos. 

El avasallamiento a las instituciones por parte de los poderosos tiene una visibilidad abismal entre nosotros. ¿Por qué? Muy principalmente porque las instituciones no son como las prescribe la ley no escrita de las democracias financiarizadas. No son decorados vacíos ocupados por cárteles políticos que viven de la ficción democrática vaciando a la democracia de todo contenido. Porque la política, a pesar de sus detractores, tiene contenido en su interior, tiene antagonismo. Por eso, la Corte falla como falla pero el final está abierto. Y sea como sea ese final, el fallo del per saltum se sumará a la saga de iniquidades antidemocráticas. Al lado del fallo a favor de los represores, el famoso 2x1 que contestara el pueblo argentino con una histórica movilización. En este caso, por razones conocidas, no habrá multitud en la calle repudiando, pero es de desear que esta decisión pase, en tiempos no largos, a engrosar la ya larga lista de aquello que no queremos nunca más. 

 

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