La consolidación de una nueva era

El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping expuso con claridad el nuevo equilibrio global: una China en ascenso, un Occidente en retroceso relativo y un mundo atravesado por tensiones económicas, tecnológicas y sociales que también impactan de lleno en la Argentina.

17 de mayo, 2026 | 00.05

Aunque con pocos resultados inmediatamente visibles, de esos que pueden detallarse en la prensa tras cualquier cumbre entre naciones, el reciente encuentro entre los líderes de las dos principales potencias mundiales, Donald Trump y Xi Jinping, fue una síntesis perfecta del verdadero nuevo orden mundial. Un orden en el que Estados Unidos, sin haber perdido su poderío y muchas de sus capacidades, ya no es el hegemón, como dicen los geopolitólogos, y en el que las reglas ya son definidas exclusivamente por Occidente.

Quizá lo más concreto de toda la cumbre residió en lo taxativo que fue Xi al referirse a la Trampa de Tucídides. Muchos analistas occidentales lo leyeron como una advertencia o un desafío. Puede haberlo parecido, pero eso es no entender la historia de China. Lo que Xi quiso indicar es que la guerra no tiene por qué ser el camino inexorable para asimilar el irrefrenable ascenso de su propia nación. El verdadero desafío quizá ocurrió el día anterior a la partida del Air Force One hacia Beijing. Fue cuando la Embajada china en Washington publicó las “Cuatro líneas rojas”, básicamente el carácter no negociable de su integridad territorial –Taiwán– y de su sistema político y económico. Nada estrambótico, por cierto.

China y el nuevo equilibrio global

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Sin embargo, que Xi hablara de la Trampa de Tucídides puso blanco sobre negro sobre una verdad incómoda, que China es efectivamente la potencia emergente y Estados Unidos la declinante y que, a juzgar por sus resultados, el modelo económico chino fue superior, de allí su victoria relativa. Al mismo tiempo, directamente relacionado, también quedó flotando en el aire la potencial superioridad de su modelo político, que suele ser juzgado desde patrones exclusivamente occidentales, esos que estaban integrados en las líneas rojas no negociables.

Algunos podrán ver en Xi a un autócrata que se perpetúa en el poder, otros lo ven como la cabeza de un modelo político que puede darse el lujo de proyectar a largo plazo. La continuidad, los planes de desarrollo quinquenales cumplidos a rajatabla y la conducción política del poder económico, se cuentan entre las claves de su éxito.

Trump, en cambio, fue exactamente lo contrario, pareció el gerente de la plutocracia que lo acompañó en el avión. Y figuró ansioso por obtener algún resultado anunciable para su disputa política interna. En las cumbres que se celebren en los próximos años muy probablemente participará Xi y casi con seguridad no estará Trump. Los tiempos de la alternancia democrática al estilo occidental, sumados al nuevo peso de las redes sociales en los resultados electorales, dan como resultado procesos de polarización impredecibles que atentan contra las políticas de largo plazo, las mismas que resultan imprescindibles para el desarrollo.

La globalización y sus límites

Pero que Trump haya sido acompañado por los CEOs de las principales empresas estadounidenses no refleja solamente que es el gerente de una plutocracia, sino también que la globalización de la producción es un hecho del que es muy difícil volver. La mayoría de los CEOs que volaron en el avión presidencial ya tenían negocios e inversiones en China. La oferta de Xi fue en esta línea: “a todos nos conviene seguir cooperando”, porque la globalización productiva se volvió prácticamente imposible de desarmar. Al parecer, no era tan fácil recuperar el “inshoring” por la sola vía de la guerra arancelaria. Desarrollar o recuperar procesos productivos es siempre un proceso lento, complejo e independiente de la voluntad política de corto plazo.

En el nuevo contexto global, los problemas de Argentina y la región se parecen bastante a los del resto de Occidente. La producción manufacturera sigue concentrándose en Asia mientras Occidente pierde empleos. El gran desafío es cómo emplear a quienes se quedan afuera. A lo que sucede con la industria se suma la revolución de la IA y la robótica, que también destruirá empleos sin que, por ahora, esté a la vista cómo reemplazarlos.

El desafío argentino

Para países periféricos como Argentina, la pregunta de base no es elegir a cuál potencia subordinarse. Como en cualquier otro momento de la historia, el desafío es cómo acoplarse en las nuevas cadenas de valor globales. La afirmación de que las ventajas productivas del país se encuentran en los sectores vinculados a los recursos naturales, la riqueza de las pampas y el subsuelo, no demanda mayor explicación. Los sectores dinámicos del presente son los hidrocarburos, la minería y el agro. Adicionalmente, todavía se vive de un capital que, vía destrucción de sistema educativo, no se está amortizando: la alta calificación de la mano de obra en sectores como servicios y economía del conocimiento. El problema es que el desarrollo de todos estos sectores, incluso pensando en impulsar los efectos multiplicadores vía proveedores, alcanza, a lo sumo, para la mitad de los casi 50 millones de habitantes que tiene el país.

La segunda pregunta de fondo, entonces, es qué se hará con las regiones suburbanas que hasta ahora vivían, directa o indirectamente, de la industria en retracción. De nuevo, “qué hacer con los conurbanos” no es un problema exclusivo de Argentina, sino de todo Occidente. Véase sino la dinámica del cinturón del óxido estadounidense.

En el país existen tres modelos dominantes que se proponen como solución. Los que creen que vía apertura acotada y estímulo a la demanda es posible volver a alguna forma de industrialización sustitutiva –una ISI cuyo agotamiento la literatura económica comenzó a analizar ya en la década del 60 del siglo pasado– corriente que habita dentro del peronismo, los liberales variopintos que creen que todo pasa por el superávit y la seguridad jurídica y, finalmente, una suerte de desarrollismo histórico que cree que todo se soluciona con un tipo de cambio alto. Rememorando a un gran consultor ya fallecido, Miguel Bein, están los “loquitos de la demanda”, pero también los loquitos del superávit y los loquitos del dólar caro. Hablando en serio, el problema no es de salud mental, sino que ninguno de los tres modelos soluciona el desafío del desempleo en los conurbanos, lo que constituye la principal restricción para la estabilidad política de los años venideros. Tanto en el resto de Occidente, como en Argentina, serán tiempos de exprimir la creatividad para encontrar la solución que, dicho sea de paso, no podrá hallarse en ningún texto sagrado.