Estados Unidos: el Mundial del sportswashing militarizado

A pocos días de finalizar, el Mundial 2026 se configuró como una herramienta de legitimación política para la gestión Trump, envuelta en disputas geopolíticas y conflictos bélicos desde que comenzó el año. Cuáles fueron los casos en los que EE.UU aplicó su capacidad de control.

10 de julio, 2026 | 15.03

El Mundial de fútbol 2026 entra en su etapa decisiva con más preguntas políticas que respuestas deportivas. Aunque el torneo es organizado conjuntamente por EEUU, México y Canadá, fue la administración de Donald Trump la que terminó imponiendo el tono político de la competencia. El gobierno estadounidense convirtió el campeonato en una vidriera de orden, seguridad y poder punitivo, mientras desplegaba reconocimiento facial, sistemas biométricos, drones, dispositivos robóticos y una infraestructura de vigilancia financiada con cientos de millones de dólares públicos. La final recién se disputará el 19 de julio, pero ya está claro que la pelota no pudo separarse de la crisis migratoria, la guerra en Asia Occidental y el genocidio contra el pueblo palestino.

El concepto que permite comenzar a explicar el fenómeno es sportswashing, o lavado deportivo. Consiste en utilizar la capacidad emocional y simbólica del deporte para mejorar la reputación de un Estado, una empresa o una dirigencia política, normalizar sus acciones y desplazar del centro de la escena las violaciones a los derechos humanos. No se trata de una práctica exclusiva de las monarquías autoritarias. El sportswashing no define un tipo de gobierno, sino una tecnología social de legitimación política, construida alrededor del espectáculo deportivo.

El mecanismo tiene una larga historia. El nazismo utilizó los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 para mostrar al mundo una Alemania moderna, pacífica y organizada, mientras ocultaba transitoriamente la persecución contra judíos y gitanos y preparaba su expansión militar. La última dictadura argentina hizo algo semejante con el Mundial de 1978. Jorge Rafael Videla habló del "Mundial de la Paz" mientras, a pocas cuadras del estadio Monumental, la Escuela de Mecánica de la Armada funcionaba como centro clandestino de detención, tortura y exterminio. Años después, el campeón Julio Ricardo Villa reconoció aquella utilización política con una frase brutal, "nos usaron para tapar las treinta mil desapariciones".

Las situaciones históricas no son equivalentes. El régimen nazi, la dictadura argentina y el actual gobierno estadounidense, aunque con un registro neofascista, corresponden a formaciones políticas diferentes. Pero en los tres casos aparece una misma función del megaevento deportivo. Construir una imagen de normalidad, organizar un relato de unidad nacional y supremacismo, y producir una tregua simbólica alrededor del poder.

Venezuela, Irán y el caso Rusia

La particularidad estadounidense es que el sportswashing ya no se limita a encubrir la violencia estatal, sino que se convierte en un laboratorio para ampliar sus capacidades de control. En EEUU, el poder blando del espectáculo futbolístico se combinó con el poder duro de la principal potencia militar del sistema mundial. El Mundial se disputó durante el mismo semestre en que las fuerzas estadounidenses bombardearon territorio venezolano y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a Cilia Flores en Caracas. También se desarrolló pocos meses después del ataque contra la escuela Shajareh Tayyebeh, en la ciudad iraní de Minab. Las autoridades iraníes denunciaron que allí murieron 168 niños y niñas, en su mayoría niñas.

La FIFA no sancionó deportivamente a Estados Unidos por la invasión a Venezuela ni por su participación en la guerra contra Irán. Tampoco suspendió a Israel, pese a que una comisión independiente de Naciones Unidas concluyó que el Estado israelí cometió y continúa cometiendo genocidio en Gaza. En marzo de 2026, la organización incluso decidió no actuar contra los clubes israelíes que disputan sus partidos en asentamientos de la Cisjordania ocupada. Rusia, en cambio, continúa excluida de las competencias de la FIFA y la UEFA desde que se desató la guerra en el Donbás en 2022.

La neutralidad deportiva terminó convertida en una expresión más del "universalismo selectivo" que el occidentalismo geopolítico le impone al "orden" internacional, y en donde las reglas se aplican de acuerdo con la posición que cada Estado ocupa en la jerarquía mundial.

El vínculo Trump-Infantino

La relación entre la FIFA y la Casa Blanca terminó de erosionar cualquier apariencia de autonomía. Donald Trump reconoció que llamó personalmente al presidente de la organización, Gianni Infantino, para cuestionar la expulsión del delantero estadounidense Folarin Balogun. Poco después, la FIFA levantó la suspensión automática que debía impedirle jugar contra Bélgica. La intervención fue calificada como extraordinaria e inédita por dirigentes y federaciones deportivas.

Meses antes, Infantino ya había entregado a Trump el primer "Premio de la Paz" creado por la propia FIFA. La neutralidad dejó de ser un principio institucional para transformarse en un instrumento discrecional. Sirve para disciplinar a los futbolistas y a los hinchas cuando cuestionan el orden establecido, pero desaparece cuando el presidente de la potencia imperial interviene directamente sobre una sanción deportiva.

Las fronteras y las protestas

El régimen fronterizo también ingresó al Mundial. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan llegó al aeropuerto de Miami con visa y documentación emitida para participar del torneo. Las autoridades migratorias lo sometieron a un prolongado interrogatorio, lo declararon inadmisible y lo enviaron de regreso a Estambul. Desde la Casa Blanca afirmaron que el árbitro había mantenido conversaciones con "personas muy malas", pero no presentaron públicamente pruebas que permitieran conocer la acusación. La FIFA respondió que las decisiones migratorias correspondían exclusivamente al país anfitrión y resolvió pagarle la totalidad de sus honorarios. De esa manera, la organización compensó económicamente al árbitro, pero aceptó que el gobierno estadounidense decidiera quién estaba autorizado a participar de un torneo que se presentaba como patrimonio de toda la humanidad.

La frontera tampoco quedó fuera de los estadios. Cerca de dos mil trabajadores gastronómicos del SoFi Stadium de Inglewood, organizados en Unite Here Local 11, autorizaron una huelga pocos días antes del comienzo del campeonato. No reclamaban solamente aumentos salariales acordes con el costo de vida de Los Ángeles. También exigían garantías frente a posibles operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. El conflicto terminó con un acuerdo que incluyó mejoras salariales, derechos de privacidad y la posibilidad de realizar una huelga si el ICE amenazaba la seguridad de los trabajadores. La contradicción quedó expuesta. El mismo estadio que vendía al mundo una celebración de diversidad dependía de empleados migrantes que temían ser detenidos en sus propios lugares de trabajo.

La selección iraní debió establecer su concentración en Tijuana, México, después de que los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán se trasladaran a las disputas por las visas y las condiciones de seguridad del seleccionado persa. Los futbolistas iraníes recibieron autorización para ingresar a EEUU apenas unos días antes de su primer partido, mientras que varios integrantes del cuerpo técnico y del personal de apoyo quedaron excluidos. El equipo debía cruzar la frontera para jugar y abandonar territorio estadounidense después de los encuentros. El Mundial que prometía unir a las naciones convirtió así a una selección participante en objetivo primario de un dispositivo especial de vigilancia. Tal situación devino en una clara discriminación deportiva, que sin lugar a dudas determinó la pronta eliminación del seleccionado iraní de la competencia mundialista.

Palestina y el Congo

La guerra contra Palestina también atravesó las sedes. Horas antes del debut de Canadá en Toronto, manifestantes desplegaron una enorme pancarta que exigía la expulsión de Israel de la FIFA. Durante la fase eliminatoria, el entrenador egipcio Hossam Hassan levantó una bandera palestina después de la victoria de su selección y dedicó el triunfo a los habitantes de Gaza. La bandera pudo ingresar porque Palestina es miembro de la FIFA. La denuncia política, por lo tanto, encontró un resquicio dentro de las propias normas de una organización que, con vergüenza, suele invocar la neutralidad para evitar pronunciarse sobre diversos conflictos, entre ellos, aquellos de índole humanitaria.

La crisis de la República Democrática del Congo también apareció en las tribunas. En la Copa Africana de Naciones de 2024, los jugadores congoleños habían cubierto sus bocas y simulado un arma apuntando a sus cabezas para denunciar la violencia y el silencio internacional sobre el este de su país. Durante el Mundial, ese gesto volvió a ser realizado por Michel Kuka Mboladinga, conocido como Lumumba Vea, el hincha que permanece inmóvil durante los partidos imitando la estatua del dirigente independentista Patrice Lumumba. Mboladinga pudo asistir al encuentro disputado en México, pero tuvo dificultades para ingresar a Estados Unidos. En Atlanta, otros simpatizantes reprodujeron su postura y mantuvieron visible una denuncia que las restricciones migratorias intentaban dejar fuera del estadio. La República Democrática del Congo atraviesa una crisis humanitaria con alrededor de 6,9 millones de desplazados internos, más de cinco millones de ellos en las provincias orientales.

Sin embargo, el fútbol volvió a demostrar que ningún aparato de propaganda puede aislar completamente un acontecimiento masivo de las contradicciones sociales que lo rodean. La pregunta que deja el Mundial 2026 no es si la política ingresó al fútbol. Nunca estuvo afuera. Tampoco es si EEUU consiguió imponer completamente su relato de fiesta y normalidad. Los árbitros deportados, los trabajadores organizados, la selección iraní cruzando diariamente una frontera, las banderas palestinas y los gestos congoleños muestran los límites de esa operación.

La pregunta central es otra. Qué significa la neutralidad cuando la organización que gobierna el fútbol mundial sanciona a algunos Estados, protege a otros y permite que el presidente del país anfitrión intervenga sobre las decisiones disciplinarias del torneo. En Estados Unidos 2026, la pelota no quedó afuera de la geopolítica. Rodó dentro de ella, atravesada por fronteras, vigilada por cámaras y administrada por una corporación que llama "neutralidad" a la política de los poderosos.