Infantino y Trump cumplieron con lo que se presumía y el Mundial sumó otro escándalo

Donald Trump sostuvo que llamó a la FIFA para pedir revisión de la tarjeta roja a Balogun. Un escándalo más

06 de julio, 2026 | 14.12

Todo era absolutamente previsible. Porque la FIFA ya le había permitido todo. Bombardear y asesinar al líder político de un país clasificado, maltratar a su selección obligándola a llegar a su suelo apenas horas antes de un partido y tener que dejarlo apenas terminara. Echar a un árbitro somalí. Imponer precios ridículos para los tickets. Amenazar a los otros dos países anfitriones del torneo. A uno con enviarle marines, a otro con anexar parte de su territorio (es también parte de lo que el mundo ya le ha permitido hacer).

 Escribo estas líneas tras un viaje de once horas en auto desde Miami a Atlanta, donde Argentina jugará mañana martes su boleto a cuartos de final ante Suiza. Estoy en la tierra de la Coca Cola. Cuando hace treinta años los Juegos Olímpicos cumplían su centenario Atenas creyó que, por derecho natural, le correspodía organizar las Olimpíadas de 1996. Pero el Comité Olímpico Internacional (COI) le dio la sede de esos Juegos a Atlanta. “La Coca Cola le ganó al Partenón”, protestó entonces el deporte, que se creía libre del sucio dinero. Ahora es el fútbol el que siente que algo ha cambiado definitivamente en su historia. Welcome to the USA. Tierra de Libertad. Doscientos cincuenta años de flamante independencia celebrados a puro cohetazo limpio que vimos el sábado por la noche en el cielo de Miami. Parecía un bombardeo. Uno de los tantos.    

 Y escribo también estas líneas antes de que Estados Unidos juegue hoy mismo ante Bélgica su pase a los cuartos. El partido se juega en Seattle, donde un colega estadounidense me dice que el Mundial tiene su mejor sede dentro de este país, porque el estadio queda en pleno downtown de la ciudad, en medio de cafés y bares y donde la gente, a diferencia de otros sitios, debate el sentido político del espectáculo, deporte incluído. Por eso, mi colega nacido en Seattle me manda el cartel callejero que muestra al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, posando junto con el presidente del mundo, Donald Trump. Y la leyenda que dice: “FIFA War Cup”.

Estas líneas, apenas arribado a Atlanta, las escribo, claro, porque vemos cómo crece la indignación generalizada porque Trump admitió abiertamente que intervino para que la FIFA, invocando amparo reglamentario, levantara la suspensión automática de una fecha que había impuesto al atacante estrella de Estados Unidos, Falorim Balogun, por su expulsión en el partido anterior ante Bosnia y Herzegovina. Fue por una infracción que no buscó ser violenta, pero terminó siendo torpe e imprudente. Trump, ignorante del fútbol (y no solo del fútbol) contó este mediodía de qué modo intervino para frenar todo. Para sugerir que tenían información sospechosa sobre el árbitro brasileño del partido, Raphael Claus. Y ya sabemos cómo interviene Estados Unidos cuando convierte sus sospechas (y sus intereses) en ley global.

El escándalo de corrupción impulsado por el FIFAGate en 2015 es la mejor demostración. Estados Unidos no tiene a Messi, pero tiene al FBI. Expulsión del jugador implica suspensión automática de un partido. Como a todos. Ya no. El histórico excepcionalismo estadounidense ha llegado al fútbol. “Cruzó una línea roja”, se indigna la UEFA ahora ante la FIFA. Todos sabemos que esa línea roja había sido cruzada mucho antes.