Bueno, bonito y barato

El caso del diferencial político-económico de la planificación de China para su desarrollo en comparación con la ausencia estatal que persigue la Argentina de Milei, donde el poder económico se destruye junto al consumo

01 de marzo, 2026 | 00.05

Tratando de encontrar la esencia del funcionamiento del capitalismo emergente, en el siglo XIX Karl Marx definía a la nueva sociedad como “un inmenso cúmulo de mercancías”, pero no veía en la mercancía solo un objeto, sino una relación social. Si se tiene la voluntad y el tiempo suficientes, como durante la vida estudiantil, detenerse en como razona Marx en los primeros capítulos de “El capital” es una experiencia intelectual maravillosa.

Pero, muy lejos del gran teórico alemán, algunos escribas más simples de este presente sin tiempo prefieren empezar por simplificaciones. Por ejemplo, que la esencia última del triunfo en la sociedad del capital consiste en producir esas mercancías del cúmulo, sean bienes o servicios, “mejor y más barato” que los competidores. Esta búsqueda es además el principal motor de la innovación y el cambio técnico. Quien produce mejor y más barato que la competencia gana y se enriquece. Finalmente, en el mundo real del que hablamos, ganar es acumular más mercancías, más patrimonio. El capitalismo no es el lugar de los campeones morales, sino de los campeones materiales. 

Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.

SUSCRIBITE A EL DESTAPE

Y las relaciones mercantiles, como decía Marx, son fetichistas, es decir relaciones sociales entre las cosas (y de cosas entre las personas). No usamos, por ejemplo, Mercado Libre porque nos parece fantástico Marcos Galperín, lo usamos por la eficiencia del servicio que presta, que es la mercancía que produce. De nuevo, la relación mercantil es una relación de ajenidad, entre ajenos. Las campañas al estilo “no consumas tal marca porque su dueño es un agente del mal” están condenadas al fracaso antes de comenzar, siempre, claro, que “tal marca” ofrezca un producto competitivo. Si se quiere barrer al capitalista hay que barrer su capital y eso solo se consigue, dentro de las reglas del juego, ganándole la competencia en el mercado.

A nivel del comportamiento general de los agentes siempre opera primero y metafóricamente “el gen egoísta”, que no es el egoísmo en sentido genérico, sino la maximización de un presupuesto, elegir el producto mejor y más barato. Y ya que trajimos a colación genes y riqueza, agreguemos una virtud en apariencia mágica del patrimonio, del capital: cuando llega a un cierto nivel puede tomar vida propia, puede comenzar a reproducirse solo. Maravillas del sistema. Tener patrimonio permite, además, siguiendo la jerga de Adam Smith, “comandar trabajo”, esa mercancía tan especial que, al consumirse, genera la magia del valor y el plusvalor. 

Parece muy simple, encontramos la verdad, ya podemos cerrar las carreras de Economía, pero producir mejor y más barato requiere de todo un entramado de relaciones. Hay clases sociales, instituciones, monedas, Estados, fronteras, conflictos, distribución, política. Y todo ello debe coordinarse para el fin último del buen funcionamiento: para producir mejor y más barato. En el presente existe una economía emergente que lo está logrando por encima de las demás. Sí, es China. Y lo consigue de manera abrumadora, hasta el punto de dejar por el suelo el viejo orgullo de Occidente, que debió abandonar sus banderas de libre comercio, de libre movilidad de capitales y mercancías, y pasar a la defensiva para que sus aparatos industriales no queden fuera de la competencia.

El mecanismo predilecto al que recurrió Occidente, especialmente el gobierno de Donald Trump, fue la suba de las barreras arancelarias, lo que antes que inducir la reindustrialización, por ahora solo consiguió reorientar los flujos del comercio. El superávit externo chino alcanzó en 2025 un nuevo récord. Parece que el poder de producir más, mejor y más barato no se neutraliza tan fácilmente. 

Esta semana, por ejemplo, el canciller alemán Friedrich Merz fue noticia tras su regreso de China. Luego de advertir la superioridad del aparato productivo asiático, reclamó a sus connacionales “esforzarse más”. Algo de verdad hay: mientras en la vieja Europa se ensaya la reducción de la semana laboral, en algunos sectores chinos se trabaja entre 60 y 72 horas semanales. Pero centrar la ecuación de costos en el trabajo no captura la dimensión del cambio productivo.

Alemania y Europa también cargan con errores propios. El quiebre del suministro energético ruso tras la guerra en Ucrania encareció insumos clave, el cierre de centrales nucleares elevó costos, y la sustitución por gas importado y electricidad más cara golpeó a la industria. El resultado fue un aumento estructural de costos que deterioró la competitividad.

Más allá de esos errores, lo que no termina de captarse es la profundidad del cambio estructural del modelo productivo chino. La ventaja de China no se explica solo por la intensidad del trabajo ni por una supuesta “ética del sacrificio”, sino por una combinación de planificación estatal de largo plazo, selección estratégica de sectores, inversión masiva en infraestructura, financiamiento dirigido, clústers industriales de alta densidad tecnológica y un proceso acelerado de automatización y robotización.

Este entramado no es solo más grande, es cualitativamente distinto. Funciona como un sistema integrado con fuertes externalidades positivas entre empresas, proveedores, logística, financiamiento y Estado. La productividad no surge del esfuerzo individual aislado, sino de una arquitectura institucional diseñada para reducir costos sistémicos y acelerar el aprendizaje tecnológico. El diferencial chino es político-económico: una organización deliberada del desarrollo.

En Argentina, en tanto, mientras se insiste en convencer a la población que una suba generalizada de precios por encima de los 30 puntos anuales es haber tenido éxito en la lucha contra la inflación, el poder adquisitivo se destruye a la par del consumo. Como la inflación no fue nunca un fenómeno exclusivamente monetario y como la inercia de los precios de los servicios provoca que ni las anclas cambiaria y salarial funcionen, el gobierno recurre, a contramano del mundo, a la apertura indiscriminada para contener precios internos.

El resultado es que la actividad industrial profundiza su caída en todos los sectores y sigue derrumbándose el uso de la capacidad instalada. La IED, la Inversión Extranjera Directa, se encuentra en pisos históricos. Parece que el capital, que siempre vota con los pies, no le cree al gobierno. Industrias tradicionales, como FATE, bajan las persianas por la imposibilidad de entregar neumáticos mejores y más baratos y el Presidente reacciona afectando a otra empresa del mismo grupo, Aluar, por la vía de la baja de aranceles de importación ¿Querrá que también se deje de producir aluminio? Por ahora, el buen desempeño de algunas producciones de nicho, como energía y minería, impiden que esta realidad se exprese en el comportamiento agregado del PIB, pero el efecto sobre la masa salarial, el consumo y el aumento del endeudamiento de las familias se siente cada vez más fuerte.

Al parecer nos encontramos frente a otra dimensión del péndulo argentino. Los Rocca, los Madanes Quintanilla, son el ejemplo de la parte de la alta burguesía local que siempre abusó de la reserva del mercado interno. Son los que solo lucharon por políticas industriales para sus empresas, pero no para el conjunto, son quienes, a pesar de ser industriales, promovieron las experiencias desindustrializadoras y endeudadoras del macrismo y del presente. Para quien mira desde la tribuna, hasta puede resultar simpático que hayan escupido para arriba y reciban los insultos presidenciales.

Luego de haber padecido altos precios por reservas de mercado eternas, hasta resulta bienvenido algo de apertura. Sin embargo, la política industrial y el cuidado del mercado interno no son cuestiones personales. Son prácticas de todos los países que avanzaron en el desarrollo y de las que dependen las mejoras en el crecimiento económico y el bienestar de la población. No existe una experiencia histórica de desarrollo sostenido que haya prescindido deliberadamente de una base industrial. Profundizar la explotación de los recursos naturales es fundamental e imprescindible, pero no alcanza para 50 millones de habitantes.

Finalmente, insistimos en un detalle. La noción de “destrucción creativa”, formulada por Joseph Schumpeter, describe un proceso en el cual empresas menos eficientes desaparecen como resultado del avance tecnológico de otras empresas que producen lo mismo, o algo mejor, pero a menor costo. La condición de posibilidad de esa “creatividad” es que la destrucción venga acompañada por la emergencia de nuevas capacidades productivas dentro del mismo espacio económico. Cuando el cierre de empresas locales no es reemplazado por innovación local sino por importaciones, no hay transformación estructural, no hay ejercicio alguno de la creatividad, hay simple destrucción y descapitalización productiva.-

MÁS INFO
Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017).