Política y afectos del campo popular

La producción de una inteligencia colectiva, surgida desde las bases, supo rápidamente que una alta potencia anímica iba a resultar imprescindible para la lucha.

08 de diciembre, 2019 | 03.00

Desde larga data sabemos que el estado anímico y los afectos son factores centrales en las batallas y que, muchas veces, las deciden. Ramón Carrillo, ministro de Salud del gobierno de Juan D. Perón desde 1946, en una conferencia pronunciada en la Escuela de Altos Estudios del Ejército, se refirió a la estrategia psicológica utilizada por San Martín para mantener el estado anímico de la tropa e instalar creencias en el bando enemigo. Afirmó: “Si nos remontamos a la historia americana, veremos que en las distintas etapas de la misma se consignan antecedentes, episodios y hechos que demuestran que los grandes jefes -entre ellos, San Martín- han utilizado los resortes psicológicos en forma magistral. El concepto de guerra de nervios es sinónimo de guerra de zapa, que era la terminología utilizada por San Martín, uno de los creadores de la guerra psicológica moderna”.

Fito Páez con El Cadete en El Destape Radio

El desarrollo y la manipulación de afectos como la angustia, el odio, el miedo y la culpa constituyen las armas más potentes que utiliza el poder para conseguir consensos sociales e imponer ideología. Como muestra de ello, cabe mencionar a Joseph Goebbels, ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich entre 1933 y 1945, que consiguió generar  la demonización de los judíos.

Durante la gestión kirchnerista, los medios de comunicación corporativos atacaron sin tregua la imagen de Cristina. Luego, en el gobierno de Cambiemos, los jueces adherentes a ese proyecto y los periodistas de Clarín operando en equipo como un grupo de tareas, no dejaron de demonizar y perseguir a la expresidenta a través del lawfare. Atacaron la imagen de Cristina con el objetivo de destruir al kirchnerismo y debilitar emocionalmente a las bases, generando desconfianza en sus dirigentes,  escepticismo y finalmente rechazo de la política.

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En contra de lo esperado, la resistencia popular no se quebró, sino que fue aprendiendo a identificar y desactivar las operaciones mafiosas. El campo popular se fortaleció y logró vencer a la guerra psicopolítica planeada por los grupos de poder; se cumplió esta vez la famosa frase militante de que “el amor vence al odio”.

El factor anímico de la denominada “resistencia” fue decisivo para transitar los oscuros años del gobierno neoliberal que se va, y determinante para conseguir el triunfo electoral del 27 de octubre. Por las redes sociales circulaba con asiduidad la conocida frase de Jauretche sobre la tristeza como un obstáculo que impide a los pueblos vencer en las batallas -“Los pueblos tristes no vencen”. 

La producción de una inteligencia colectiva, surgida desde las bases, supo rápidamente que una alta potencia anímica iba a resultar imprescindible para la lucha. Una acertada negativa de todxs a realizar la autocrítica pedida por Clarín y una saludable distancia mantenida para no identificarse a la derrota ni a la indignidad de la kukaracha, lugar al que los convocaba el poder, fueron mojones de esa fuerza anímica.  

Una potente convicción articulada a un deseo decidido de volver, junto al creciente rechazo del modelo neoliberal, fueron los elementos fundamentales para que las plazas del pueblo convocaran una parte de lo social que se resistía a la tristeza cotidiana que impone el neoliberalismo. Las plazas del pueblo, lugares de encuentro compañero, funcionaron al comienzo como “quitapenas”; no se entendía muy bien para qué o por qué encontrarse para cantar y estar juntos. Rápidamente se supo que a partir de los vínculos y del afecto partisano surgían nuevas formas militantes y aggiornadas comunicaciones que condujeron, sin más,  a una organización y unidad del campo popular pocas veces vista.

Cabe hacer un elogio al humor constante desarrollado en estos últimos cuatro años, resultando una verdadera estrategia que permitió sostenerse entre todxs. Se sabía que, además de los comedores y merenderos, era necesaria la fortaleza anímica colectiva, una catarata de canciones, emoticones y las más diversas expresiones artísticas que aliviaban el sufrimiento diario. Afirmó Freud que el humor es liberador, porque rechaza sin negar las afrentas que impone la realidad, manteniendo una dignidad y fortaleza necesarias.  El humor permitió sobrellevar con entereza la pesadilla neoliberal. 

El campo popular, a solo días de ser gobierno, se encuentra en un momento muy esperado pero difícil a la vez, que implica nuevos desafíos y afectos. Debe apoyar con paciencia y responsabilidad a los propios dirigentes que gobernarán un país devastado por la destrucción generalizada realizada por el gobierno de Cambiemos. En este contexto, habrá que continuar organizando la participación y afianzando la confianza en la unidad del Frente como herramienta emancipatoria. Se juega un tiempo de disputa entre la política democrática y el poder disciplinador del mercado y sus tácticas de guerra.

En el plano de la subjetividad, habrá que atravesar un momento crítico de cierta decepción que se produce cuando se conquista algo muy esperado: lo obtenido nunca coincide plenamente con aquello buscado y soñado. Se trata del duelo que supone ceder la idealización y comenzar a hacer con el barro de la política real. Esto implica encontrarse con un frente y un proyecto posibles, llevado a cabo no por superhéroes sino por dirigentes fallados de carne y hueso. Es también el tiempo de la madurez.

 ¿Será capaz el campo popular de sostener el deseo y el entusiasmo necesario para dar las batallas por venir?

 

 

*La autora es psicoanalista, magister en Ciencias Políticas y autora de Mentir y colonizar. Obediencia inconsciente y subjetividad neoliberal.

 

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