Para comprender qué es un líder de pueblo comenzaremos por diferenciarlo de un líder de masas.

La masa al igual que la hipnosis es un dispositivo sostenido en la fascinación y el amor al líder, que ocupa el lugar de un punto en el que converge el enamoramiento de muchos; el amor, indica Freud, tiene estructura de engaño, es ilusión de unificación. La masa, un montón de gente seriada, indiferenciada y unida por identificación, funciona por sugestión y obediencia al líder persuadida de que él tiene lo que puede completarla. El sujeto de la masa es pasivo y servil, contando con un yo empobrecido carente de pensamiento crítico.

Freud homologó la psicología de las masas al rebaño fascinado y totalitario ¿Se puede pensar que la masa es una construcción política? La respuesta es negativa, ya que una formación sostenida exclusivamente en el amor conduce a la religión, donde el líder es una imagen-ídolo objeto de adoración. El amor enceguece y aparenta pacificar las relaciones sociales al encubrir el conflicto o el desacuerdo propio de la política.

El líder de pueblo

El líder de pueblo es una función encarnada en una persona y un nombre propio, que opera manteniendo unidos un conjunto de elementos discursivos heterogéneos. Ofrece presencia y es capaz de escuchar la voz del pueblo, produciendo efectos de significación política que asumen el estatuto de demandas populares. También se producen efectos amorosos y de identificación con él, pero resultan secundarios a la función líder, mientras que en la masa son su basamento y condición.

El líder de pueblo no es el experto, ni pertenece a una vanguardia iluminada que se atribuye la posesión del saber que las masas ignorantes deben alcanzar. Con su presencia encarna el lugar vacío del saber y del poder, pero sin taponarlo porque se hace cargo de que dicho vacío es una condición democrática. Su posición es la de promover una emancipación, una liberación del atontamiento que somete al miembro de la masa. Se encuentra dividido: es un militante que forma parte de la construcción y a la vez un nombre propio que encarna la representación del pueblo.

Para el abordaje de la representación populista Ernesto Laclau propone el novedoso concepto de hegemonía, que supone una democracia participativa sostenida en la voluntad popular.

Uno de los problemas que plantea la democracia surge cuando es postulada exclusivamente como un sistema procedimental de elección de gobernantes. El sujeto representado se mortifica, se ve privado de la experiencia política que incluye la puesta en acto de su palabra pública, sus afectos, pasiones y cuerpos. La construcción de hegemonía como soberanía del pueblo constituye una respuesta a esta limitación: permite pensar en una posibilidad singular de cómo hacer lo común sin que consista en una obediencia generalizada limitativa y homogeneizante como la de la masa.

Lula es un indiscutible líder de pueblo de Brasil instalado en la memoria colectiva y el imaginario social. Lula, les guste o no, no es una leyenda ni un mito, es el ganador en primera o segunda vuelta para las presidenciales de octubre y por eso mismo plantea un problema a la omnipotencia del poder real, hoy las corporaciones que lo precisan fuera del juego político.

Tener un líder de pueblo no significa una violencia fanática, fundamentalista o religiosa, sino que es un acto de derecho que amplía la democracia. No se trata de los derechos que autoriza el Estado o la Constitución sino de un acontecimiento imprevisto irreductible a formas previas surgido por la voluntad popular.

El poder “no entiende” que un líder de pueblo no desaparece por la fuerza. Aunque lo encarcelen, lo agravien como corrupto, lo proscriban o lo maten, Lula es el líder del pueblo.

*La autora es psicoanalista, Magister en Ciencias Políticas, autora de Populismo y psicoanálisis y de Colonización de la subjetividad