Keiko Fujimori, cuyo nombre en japonés significa “afortunada”, buscará por cuarta vez consecutiva convertirse en presidenta de Perú. Esta vez, sin embargo, con una diferencia sustancial: es la primera sin la presencia de su padre, el dictador Alberto Fujimori, fallecido en septiembre de 2024.
Este domingo, la candidata de Fuerza Popular parte como favorita, aunque las encuestas marcan que habrá una segunda vuelta, seguramente con otro candidato del centro o la extrema derecha.
La hija del poder
Nacida en Lima el 25 de mayo de 1975, Keiko Sofía Fujimori Higuchi creció en el epicentro del poder político peruano de los años noventa. Hija mayor del entonces presidente (primero constitucional y luego de facto) y de la ex primera dama Susana Higuchi, su vida pública comenzó antes de lo previsto.
En 1994, tras el escandaloso divorcio de sus padres —marcado por denuncias de Higuchi contra el mandatario por torturas y persecución—, Keiko asumió el rol de primera dama con apenas 19 años y a dos años del autogolpe de Estado que terminó de entronar a Alberto Fujimori. Fue la más joven en ocupar ese lugar en la historia de América Latina, y ese rol le permitió bailar con Hugo Chávez durante una cumbre del Grupo de Río y saludar afectuosamente a Carlos Menem.
Su formación académica transcurrió en Estados Unidos, donde estudió Administración de Empresas. Allí conoció a Mark Vito Villanella, su ex esposo y padre de sus dos hijas. Años más tarde, él también quedaría involucrado en investigaciones judiciales en Perú.
Y aunque desde hace más de 20 años es una figura central en la política de su país, ella sostiene que esos no eran sus planes iniciales. “Nunca estuvo dentro de mis planes ser política. Pero, una vez que tomé la decisión, lo tenía que hacer bien”, aseguró en un video publicado en su canal de YouTube durante esta campaña.
El punto de inflexión llegó en 2005: su padre la llamó para advertirle que estaba siendo investigado por corrupción y crímenes de lesa humanidad por la Justicia y que podía ser detenido. Un año después se postuló al Congreso y obtuvo una banca, en lo que fue su ingreso a la vida política peruana.
Entre la herencia y la reinvención
Si algo caracteriza la trayectoria de Keiko Fujimori es su relación oscilante con la figura de su padre, un aspecto utilizado por las campañas antifujimoristas en más de una ocasión.
En 2016, durante la previa a la segunda vuelta en la que perdió con Pedro Kuczynski, se estrenó el documental “Su nombre es Fujimori”, que recorre, con imágenes de archivo y entrevistas, los abusos y crímenes de lesa humanidad cometidos por el dictador. Entre ellos, las esterilizaciones forzadas y la movilización nacional del año 2000, conocida como la Marcha de los Cuatro Suyos, que se desató tras las denuncias de fraude en las elecciones que dieron como ganador a Alberto Fujimori.
Algo similar ocurrió en 2021, con otro documental estrenado antes del balotaje en el que se enfrentó a Pedro Castillo. “Nunca más señora K” se centra en el accionar de Fuerza Popular durante los cinco años previos en el Congreso y en su intento de copar otros poderes del Estado, según planteó su director.
Y hasta su madre criticó la defensa acérrima de Keiko a la figura de su padre. “Me abandonó: prefirió el sucio dinero de su padre. Para mí tiene cara de diablo", describió alguna vez Higuchi en la revista peruana Caretas.
En cuanto a su discurso, en 2011 se presentó como su continuidad directa. En 2016, ensayó una autocrítica parcial al admitir “errores y delitos” del régimen de facto. En 2021 volvió a abrazar el legado. Y hasta tuvo un inesperado apoyo: Mario Vargas Llosa, histórico detractor del fujimorismo, la respaldó sólo para evitar el ascenso de la izquierda al poder. "Ha pedido perdón públicamente por sus errores del pasado y ampliado considerablemente su equipo de gobierno, incorporando a antifujimoristas convictos y confesos, y comprometiéndose a respetar la libertad de expresión, al Poder Judicial y a entregar el mando luego de los cinco años como establece la Constitución", sostuvo el escritor en El País.
Y este año su campaña retomó ese hilo: reivindicó el violento período 1990-2000 como una etapa de “orden” y “despegue económico”. De hecho, su lema fue: “Perú con orden”.
La estrategia busca interpelar a un electorado golpeado por la inseguridad y la inestabilidad política, pero también reabre heridas. El recuerdo de violaciones a los derechos humanos y la corrupción sistemática del régimen fujimorista sigue siendo un punto de quiebre.
“Han pasado 25 años de gobiernos antifujimoristas. ¿Qué hicieron? Nada”, repitió en campaña. Y pide una oportunidad con un argumento simple: “No he sido presidenta todavía”.
Las causas judiciales
Al igual que su padre, Keiko pasó un tiempo en prisión preventiva acusada de lavado de activos relacionados con el caso Odebrecht en Perú. La Fiscalía la acusó principalmente de liderar una organización criminal dentro de su partido, Fuerza Popular, para lavar activos destinados a sus campañas presidenciales de 2011 y 2016.
Entre octubre de 2018 y noviembre de 2019 cumplió 13 meses de prisión preventiva —de una orden inicial de 36— hasta que el Tribunal Constitucional anuló la medida. Sin embargo, en enero de 2020 volvió a ser detenida por otros 15 meses tras una nueva orden judicial. Recuperó la libertad bajo fianza en el contexto de la pandemia de COVID-19 y, a comienzos de este año, se confirmó el archivo definitivo del proceso.
Sin embargo, el frente judicial sigue abierto, algo esencial si se tiene en cuenta el contexto de inestabilidad política en el que Perú está sumergido desde hace una década. A principios de este año, la Fiscalía de la Nación inició una investigación preliminar contra ella por presunto enriquecimiento ilícito. Gran parte de las sospechas provienen de la investigación a Joaquín Ramírez (ex secretario general de Fuerza Popular y actual alcalde de Cajamarca).
Promesas de orden y conservadurismo
En términos programáticos, Fujimori apuesta por una agenda centrada en la seguridad y la reactivación económica. Propone sistemas de vigilancia con inteligencia artificial, mayor poder para la Contraloría en la lucha contra la corrupción y desregulación para pequeñas y medianas empresas.
Aunque también planteó la posibilidad de retirarse de la Convención Americana sobre Derechos Humanos. “Para derrotar al terrorismo no se necesitó aplicar la pena de muerte, y creo que ahora tampoco (es necesario). Lo que sí creo es que vamos a tener que salir del Pacto de San José, porque creo que hay que implementar los jueces sin rostro”, aseveró en las últimas semanas.
En el ámbito económico, el plan impulsa un shock desregulatorio, la simplificación administrativa para las pymes y el fomento de la inversión privada en sectores estratégicos como la minería.
Esa orientación también se proyecta en el plano internacional. Plantea una política exterior “soberana y pragmática”, guiada por el interés nacional y el equilibrio entre Estados Unidos y China, sin alineamientos automáticos. Bajo esa lógica, busca atraer inversión estadounidense en sectores estratégicos como la minería sostenible, la infraestructura, la agroindustria y la economía digital. Al mismo tiempo, impulsa el Tren Bioceánico Perú–Brasil —con participación china— como pieza clave para la integración regional y la salida comercial hacia Asia.
En el plano social, su programa exhibe una orientación conservadora. No es menor: el primer punto de su “Decálogo” fija la protección del derecho a la vida desde la concepción y la defensa de la familia como pilar central de la sociedad.
Incluso tuvo un entredicho vía redes sociales con su hija por su postura antiaborto. Durante la campaña, Fujimori señaló que si sus hijas quedaran embarazadas producto de una violación, debían llevar a término su embarazo.
Su hija mayor, Kyara, a través de su cuenta de Instagram, rápidamente se distanció de su madre: “Tengo 18 años, soy mayor de edad y tengo mi propia capacidad de decisión. Mi opinión personal es distinta a la de mi mamá. En el caso hipotético presentado –una violación– yo sí optaría por abortar, tanto si se tratara de mí como si se tratara de una niña de ocho años. En ese sentido, no estoy de acuerdo con lo que declaró mi mamá”.
“Somos personas distintas y es natural que tengamos opiniones que no coincidan. No busco generar un problema más grande ni abrir un debate sobre el aborto. Simplemente, quiero dejar constancia de cuál es mi opinión, ya que se me ha involucrado en este tema sin mi consentimiento”, agregó.
El peso del apellido
La primera vuelta de este domingo es, en buena medida, un plebiscito sobre el fujimorismo sin Fujimori. Sobre cuánto pesa todavía ese apellido y cuánto rechazo genera.
En un país atravesado por crisis políticas recurrentes, la candidata vuelve a pararse en el centro de una escena conocida: prometer orden en medio del desorden. La incógnita es si esta vez la fortuna estará de su lado.
