Durante las primeras décadas del nuevo siglo surgió en el mundo de los medios de comunicación, quizá una de las principales ágoras contemporáneas de la lucha política, la idea de “la grieta”, de la polarización política extrema como explicación particular y endógena del devenir local.
Desde una perspectiva analítica, se trata de una gran simplificación, en tanto el fenómeno de la polarización es global y fue profundizado por el impacto de las redes sociales sobre las subjetividades. Las redes polarizan porque posibilitan el desarrollo de burbujas informativas, lo que no responde a la existencia de un gran hermano avieso, sino que es el resultado de la lógica de funcionamiento de los algoritmos. Luego, la verdadera grieta en el mundo del capital es bastante más antigua: la lucha de clases, lo que nos ubica tan en la vereda de enfrente de la simplificación que termina por agregar poco.
Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.
Regresando al plano estrictamente local, la raíz profunda de la grieta es la existencia del peronismo. Se llega al presente como consecuencia de 80 años de antiperonismo. Durante este período, la fuerza creada por Juan Domingo Perón gobernó menos de la mitad del tiempo. En realidad, poco menos de 30 años, porque el modelo económico de la década menemista mal puede considerarse peronista en sentido estricto. El peronismo al que se opone el gran partido antiperonista, que incluye desde el radicalismo y la izquierda tradicional a todas las dictaduras militares, es el que representa el desarrollo productivo integral, con base industrial e integración social.
Cada vez que en los últimos 80 años gobernó algún representante del gran movimiento antiperonista, con la honrada excepción del desarrollismo frondizista, se dedicó abortar todas las formas de industrialización incipiente. Estar del lado del desarrollo productivo industrial en una economía periférica ubicada en el patio trasero estadounidense es altamente disruptivo. Significa salirse del mandato de la inserción “natural”, vía ventajas absolutas, en la división internacional del trabajo, la que manda a ser un proveedor de materias primas e importador de todo lo demás.
Pero el diablo metió la cola. El peronismo también construyó lo que en la segunda mitad del siglo pasado fue una singularidad en el contexto latinoamericano: las clases medias extendidas. El mismo desarrollo industrial que comenzó a promoverse a partir de los años ’40, un subproducto de la visión militar post segunda guerra mundial, la idea de fondo de que para ser una potencia militar se necesitaba ser una potencia industrial, el principio hoy olvidado por las Fuerzas Armadas locales de que la soberanía también reside en las capacidades productivas, fue el gran generador de las clases medias urbanas, un proceso también acompañado por el desarrollo del Estado de bienestar.
La emergencia de las clases medias impulsada por la industrialización fue la gran cuña de la historia local, la causa del péndulo político, lo que impidió una y otra vez el regreso a la presunta edad dorada de una economía sólo exportadora de recursos naturales y con Estado mínimo, subsidiario en el mejor de los casos. Al menos hasta las dos primeras décadas del siglo existía una memoria colectiva histórica del bienestar. La batalla cultural del mileísmo es contra esta memoria.
También es un dato que el modelo de desarrollo productivo del peronismo original tuvo dificultades para reinventarse. En el presente no resulta viable el regreso a la industrialización sustitutiva tal como se la conoció, un modelo que ya mostraba signos de agotamiento a mediados de los ’70, ni la recreación del Estado de Bienestar, al menos en las formas asumidas en la segunda posguerra. Muchos menos viable resultará volver a dedicar porciones crecientes del gasto a subsidios indiscriminados o a un distribucionismo sin contracara en aumentos de la producción y el ingreso. Esas limitaciones, más la acción de los adversarios internos y externos, que también juegan, desembocaron en una suma de insustentabilidades, desde la efectiva profundización del desarrollo con pata exportadora, hasta la alta inflación y la imposibilidad de reconstruir la moneda. Ser “menos peores” puede servir para volver, pero no tanto para continuar.
En la vereda de enfrente se incurre en el mismo error, repetir el modelo que cree que desarrollar sólo los enclaves exportadores basados en los recursos naturales, junto a la destrucción de las funciones básicas del Estado, como la salud, la educación y la infraestructura, conducen a algún lado.
El resultado del mileísmo, ya avanzado su tercer año en el poder, no es muy distinto al de otros gobiernos antiperonistas: la destrucción del aparato productivo con efectos muy concretos sobre la calidad de vida de la población. Cierran empresas, cae el empleo formal, aumenta el desempleo agregado, se precariza el mercado laboral, cae el nivel de salarios y, en consecuencia, cae el consumo más básico, como el de comercios y supermercados.
Los agregados, como siempre, esconden los detalles, porque el grueso de las empresas que cierran son industriales, es decir se pierden capacidades y aprendizajes productivos muy difíciles de recuperar. El informe de coyuntura de mayo de la consultora “I + D, Industria y desarrollo”, que dirige el ex economista jefe de la UIA Diego Coatz, señala que, desde el pico de agosto de 2023 se perdieron 72.000 puestos directos de trabajo industrial, cifra que alcanza los 131.000 si se suma el empleo formal indirecto. Un dato complementario es la consecuente subutilización de la capacidad instalada, por debajo del 60 por ciento en el promedio general, pero por debajo o cerca del 50 en sectores críticos como metalmecánica, textil, caucho y plástico y automotor, sectores que, en lo que va de la actual administración, suman caídas de entre el 15 y el 35 por ciento. Mientras se sueña con la zanahoria de la inminente lluvia de inversiones que nunca llegan, a pesar de los múltiples RIGIs, se desaprovechan las inversiones ya existentes.
Los números positivos de marzo, ensalzados por el oficialismo, fueron una gota estadística en el desierto y no cambian la tendencia general de fragmentación productiva. La conclusión preliminar, también señalada por Coatz, no es la existencia de una economía que funciona a dos velocidades, la súper veloz vinculada al agro, hidrocarburos y minería, y la más lenta “todo lo demás”, sino que se asiste a la configuración de dos argentinas. “A una con pocos argentinos adentro le va bien; a la otra con muchos argentinos le va mal”. Aquí reside la por ahora insalvable nueva grieta.
La segunda conclusión preliminar es que el debate del presente para los herederos legítimos del peronismo primigenio es cómo mantener una base industrial que permita una diversificación productiva que incluya al conjunto de la población y, a la vez, construir un nuevo consenso al interior de las clases dominantes que asuma que, dada la estructura social, no resulta viable ni económica ni políticamente ningún modelo que deje afuera a la mayoría de la población. En algún momento las sociedades civil y política deberán abandonar el cortoplacismo, es decir la apuesta por modelos de ganancias rápidas, pero destinados a durar solo 4 años y a sumar capas crecientes de destrucción del tejido social.-
