En la segunda mitad de la década de 1990, más precisamente después de la Crisis del Tequila de 1995, una vez evidenciado que el régimen de la Convertibilidad se había agotado, la política y la economía argentinas se trasladaron a Washington y a New York, respectivamente. Los dirigentes de la época mostraban agendas de reuniones con sus pares en oficinas aledañas al Capitolio, o con agentes económicos en Wall Street. Sin embargo, este recorrido resultó infructuoso a los fines de evitar la catástrofe del 2001. El Gobierno de la Alianza y el FMI asistieron impotentes al hundimiento de una política económica inviable, que en el trayecto permitió la fuga de u$s 20.000 millones de las reservas del Banco Central a una paridad regalada (u$s1=$1) y una reestructuración ruinosa de la deuda púbica conocida como Megacanje. A pesar de ello, no se evitaron la mega devaluación ni el default.

La reseña histórica viene a cuento porque el lunes pasado el FMI autorizó al gobierno a abandonar la bandas cambiarias de no intervención por parte del Banco Central y, consecuentemente, el Ente Rector puede vender reservas cómodamente para sostener la actual paridad en torno a los $ 45.

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En concreto, los desembolsos del FMI se aplicarán a aguantar un tipo de cambio "electoral", permitiendo la conversión a dólares de los activos financieros locales portadores de altas rentas, relegando a un segundo plano el cumplimiento del programa de pago de los servicios de deuda pactado originalmente con el organismo multilateral. En escasos días, el riesgo país trepó hasta superar los 900 puntos y las reservas internacionales descendieron u$s5.734 millones, desde el pico alcanzado con el último aporte del FMI por u$s10.885 millones. Caída de reservas internacionales y aumento del riesgo de default, dos síntomas de la última gran crisis.

Numerosos economistas de distinto signo plantearon que Christine Lagarde había tomado debida nota de lo ocurrido en el pasado y no estaría dispuesta a repetirlo, pronóstico (también emitido desde esta columna) que resultó errado a la luz del cambio de política cambiaria autorizado el lunes ¿Qué ocurrió entonces? La respuesta es la nítida definición del gobierno de EEUU de sostener a la administración Cambiemos, vapuleada por los mercados que pujan por apropiarse de una torta de dólares que se reduce aceleradamente.

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El conflicto entre los tenedores de depósitos a plazo fijo en pesos y los poseedores de bonos soberanos de deuda amenazaba con estrangular al gobierno. El triunfo de los primeros es una respuesta de cortísimo plazo acorde al calendario de las elecciones.

La consecuencia económica de esta decisión será el inicio de la campaña electoral más cara de la historia, pues puede costar u$s 12.700 millones desde ahora hasta agosto. Es necesario detenerse en el impacto político de la misma: el inquilino de la Casa Blanca resolvió apoyar sin restricciones a Mauricio Macri. La primera consecuencia es que salda la discusión de su candidatura al interior de Cambiemos. Los devaneos en torno la emergencia de la gobernadora Vidal como presidenciable, que ilusionaban a numerosos empresarios locales, han sido archivados por el aporte de campaña que efectuó Lagarde. A la vez, se construye desde la comunicación un silogismo perverso que procura maniatar discursivamente a la oposición: Macri es el candidato del gobierno estadounidense, oponerse a Macri es oponerse a la política de EEUU; por lo tanto, "la oposición nos lleva a ser Venezuela".

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Este desarrollo reinstala el tercer componente que incubó la crisis pasada -sumado a la pérdida de reservas internacionales y el peligro de default- que es el traslado de la política y la economía argentina nuevamente a temarios consensuados en Washington y en New York. Frente a la opción tomada por Donald Trump en favor de Mauricio Macri, parte de la dirigencia ha vuelto a peregrinar por los Estados Unidos en busca de contradicciones en los pliegues de aquel país que promuevan una alternativa en la Argentina.

Desde esta columna caracterizamos la actual política estadounidense hacia la región como "garrote sin zanahoria". En el pasado, esta modalidad supuso el desarrollismo de la Alianza para el Progreso o la abundancia de flujo comercial y financiero que acompañó el Consenso de Washington.

Como se advierte, esta sorpresiva decisión del FMI de permitir que se abandonen las bandas de no intervención cambiaria, levantando las restricciones para aplicar sus desembolsos a financiar la salida de capitales financieros, tiene efectos políticos y económicos relevantes. El principal radica en que es probable que la crisis se agrave, ya que reproduce los elementos de corto plazo que estuvieron presentes en el 2001. El segundo se refiere a que los comicios presidenciales ocurrirán en el marco de una campaña de injerencia extranjera y un amedrentamiento a la oposición inédito desde la reapertura democrática.