Japón sueña en el Mundial 2026: el meticuloso plan nippón para convertirse en la nueva fábrica de futbolistas

Es uno de los equipos que sueña con mejorar en el fútbol mundial. Después de su debut mundialista en 1998 y tras varias clasificaciones a las Copa del Mundo a principios del 2000, Japón decidió hacer un meticuloso plan para transformarse en exportador de futbolisas.

14 de junio, 2026 | 07.00

Japón debuta este domingo en el Mundial 2026 y lo hace con una selección distinta a cualquier otra de su historia. Los Blue Samurais llegan a lo que será su octava participación consecutiva en una Copa del Mundo y arrastra una transformación que llevó décadas en construirse. La marca refleja un proceso silencioso que cambió por completo el perfil del jugador japonés. Confirmando lo hecho en Qatar, hoy esa selección descansa sobre una diáspora de futbolistas repartidos por las mejores ligas de Europa que no para de crecer.

El contraste con el pasado resulta enorme. De los 26 convocados para esta cita, 23 militan en clubes europeos, una proporción inédita para Asia y comparable a la de las grandes potencias sudamericanas. De esos 23, 13 militan en equipos de las principales cinco ligas europeas. Hajime Moriyasu conduce un plantel que aspira a llegar por primera vez a cuartos de final, una barrera que el equipo nunca pudo superar, pero internamente se habla de que el combinado nipón está convencido de poder llegar aún mas lejos. ¿Cómo se dio este cambio? Lejos de ser una casualidad, el recorrido empezó hace casi medio siglo y se aceleró en la última década con un fenómeno particular: Japón se convirtió en exportador de talento.

El punto de partida había sido muy diferente. En el debut absoluto del país en una Copa del Mundo, Francia 1998, los 22 convocados jugaban en la liga local. Ninguno actuaba en el exterior. Cuatro años más tarde, en el Mundial que Japón organizó junto a Corea del Sur, los legionarios eran apenas cuatro. En Alemania 2006 subieron a seis y en Sudáfrica 2010 volvieron a bajar a cuatro. Esa meseta parecía confirmar el lugar asignado al fútbol japonés en la jerarquía global. La idea dominante era que Hidetoshi Nakata, brillante en Perugia, Roma y Parma, constituía una excepción irrepetible. Es verdad que uno podría encontrar algunos nombres anteriores, como el eterno Kazu Myura, que en 1994 fichó por el Genoa y se convirtió en el primer japonés en jugar en la Serie A. Formado en Brasil, Myura hoy permanece en actividad como uno de los futbolistas mas longevos a sus 59 años. Era mas una particularidad su historia que una regla.

Lo cierto es que desde la creación de la J.League en la década del noventa, el fútbol japonés cambió de raíz. Los equipos dejaron de ser de las empresas (aunque hoy sigan siendo sus dueños en muchos casos) para empezar a ser clubes obligados a invertir en lazos comunitarios y en formación de jugadores. Y los primeros frutos de ese trabajo comenzaron a llegar en los primeros años del 2000. Por ejemplo, Shinji Kagawa, de 21 años, dejó el Cerezo Osaka rumbo al Borussia Dortmund por una cifra mínima para el mercado continental. En dos temporadas conquistó dos Bundesligas, entró en el once ideal del año y se ganó el pase al Manchester United. Su rendimiento alteró de raíz la percepción del jugador japonés en Alemania. Los clubes descubrieron técnica refinada, lectura táctica y disciplina a un precio muy por debajo del que pedía un sudamericano del mismo nivel. 

Es verdad, podemos trazar una línea de tiempo anterior a Kagawa. En 1977 Yasuhiko Okudera dejó Furukawa Electric para fichar por el Colonia alemán, saliendo campeon en su primera temporada y disputó nueve años mas en la Bundesliga. Pero la diferencia con aquellos años se mide en números. Alrededor del año 2000, cruzar a Europa era una excepción reservada a las grandes figuras como Hidetoshi Nakata o Shunsuke Nakamura, y los japoneses en el continente se contaban con los dedos de las manos. Hoy más de 130 futbolistas japoneses, sumando hombres y mujeres, compiten en las principales ligas europeas, una cifra que se duplicó en apenas cinco años. Las rutas se diversificaron mucho más allá de Alemania, y Países Bajos, Bélgica y Portugal funcionan como escalones intermedios desde los que un juvenil salta a una liga de elite. La reputación construida en Alemania se derramó hacia el resto del continente. Brasil 2014 marcó doce legionarios y Rusia 2018, dieciséis.

La generación que sostiene a Japón en este Mundial tiene nombres consolidados en las mejores ligas. Takefusa Kubo es la cara más visible, instalado como titular en la Real Sociedad de España tras su paso por la cantera del Barcelona y el Real Madrid, que se pelearon por el jugador cuando tenía apenas 12 años. Kaoru Mitoma se ganó un lugar en el Brighton de la Premier League con su gambeta meticulosamente estudiada, aunque las lesiones lo marginaron de la cita mundialista. Wataru Endo, otro ausente por lesión, se transformó en un volante con mucho rodaje en el Liverpool. A estos nombres se suman Ritsu Doan en el Eintracht Frankfurt y Daichi Kamada en el Crystal Palace, dos mediocampistas con peso en sus equipos. Ante la baja de Mitoma y Endo por lesiones, Japón pudo reemplazar esos nombres con jugadores que también juegan en las grandes ligas europeas. Ahí está la diferencia, en la profundidad del plantel.

El arco y la última línea también aportan figuras de jerarquía europea. Zion Suzuki, arquero formado en Japón, atajó esta temporada en el Parma de la Serie A italiana y se consolidó como una de las revelaciones del puesto. Ko Itakura, que asumió la capitanía ante la baja de Endo, juega en el Ajax de Países Bajos y tiene un paso por la Bundesliga. Ayase Ueda lleva la ofensiva del Feyenoord, mientras que Takumi Minamino, otra de las bajas por lesión, milita hace tiempo en el fútbol europeo, de reciente paso en el Mónaco. La distribución por toda Europa confirma que ya no se trata de un fenómeno limitado a un puñado de estrellas.

Detrás aparece una camada de jóvenes menores de 24 años que busca abrirse camino. Zion Suzuki, con 23 años, encabeza ese grupo y combina juventud con minutos de alto nivel. Kota Takai, defensor de 20 años, dio un salto resonante al fichar por el Tottenham inglés por una cifra récord para un futbolista salido de la J-League, aunque tuvo que salir a préstamo en busca de continuidad. Shio Fukuda, atacante de 22 años, se afianzó en el ascenso alemán tras pasar por el Borussia Mönchengladbach, donde está Shuta Machino, quien había quedado afuera como delantero e ingresó por la lesión de Endo.

Y es que el vínculo entre Japón y el fútbol europeo no se limita al traspaso de jugadores. Existe una red de acuerdos institucionales que funciona como soporte de todo el sistema. La Asociación de Fútbol de Japón firmó su primer convenio internacional con la Federación Francesa en 2005 y poco después extendió esa política a otros países. Hoy mantiene pactos de cooperación con las federaciones de Alemania, España, Francia, Bélgica, Inglaterra y Dinamarca, además de varios países asiáticos y sudamericanos. Esos convenios abarcan formación de entrenadores, intercambio de jugadores, marketing y cuestiones legales. El propósito común es importar conocimiento y abrir caminos para el talento japonés.

El acuerdo con Alemania ocupa un lugar central en esa estrategia. La asociación japonesa selló su pacto con la Federación Alemana en junio de 2011 y lo renovó en varias oportunidades, la última en 2022. El convenio cubre el desarrollo de futbolistas y técnicos, además de áreas administrativas. No es casualidad que Alemania haya sido la puerta de entrada para Kagawa, Honda y tantos otros. El entramado oficial acompañó y reforzó un movimiento que ya ocurría en el mercado. Japón también firmó un acuerdo directo con el Bayern Munich, uno de los pocos clubes con vínculo formal a nivel federativo. A nivel de clubes, los lazos se profundizaron con el correr de los años. El caso más resonante es el del Yokohama F. Marinos, que en 2014 pasó a integrar el City Football Group, el holding propietario del Manchester City. El grupo adquirió una participación minoritaria de la mano de Nissan y abrió un canal directo de intercambio de métodos, datos y personal entre clubes de distintos continentes.

Otros clubes japoneses replicaron el modelo con socios europeos de prestigio. El Sagan Tosu firmó en 2018 una asociación de tres años con el Ajax de Países Bajos, enfocada en métodos de formación juvenil. El FC Tokio anunció en 2024 una alianza estratégica con el Benfica de Portugal, orientada a la detección y el desarrollo de talento. El club portugués envía consultores a Japón varias veces al año y abre la posibilidad de que jóvenes del FC Tokio jueguen en Portugal. Más recientemente, hubo reportes sobre un acuerdo entre el Kashiwa Reysol y el Villarreal español. Cada uno de estos convenios busca acortar la distancia entre el fútbol japonés y la elite europea.

El plan de la Federación Japonesa en los noventa era salir campeón del mundo en cien años. En el medio, los procesos se aceleraron. Pero fiel a su estilo, Japón encontró una llave que otras selecciones en Asia no tienen y anhelan. El paso al fútbol europeo es el último gran escalón para terminar de formar selecciones competitivas. Desde Qatar y Arabia hasta Uzbekistán, y en algún momento la propia Corea del Norte, intentan buscar el método que lleve sus futbolistas jóvenes a los grandes clubes del mundo. Por ahora, en Asia, sólo una nación logró encontrar la forma de llevar su plan a cabo.