“Señores, si a las tres de la tarde el virrey (Cisneros) no ha renunciado, juro por la patria y por mis compañeros que lo arrojaremos por las ventanas del Cabildo”. Así, cuentan, Manuel Belgrano irrumpió en el Cabildo hace hoy 216 años para advertir que llegaba el momento del primer gobierno patrio. Su figura revolucionaria, mucho más que la de creador de la bandera, decidió en 1905 a un preadolescente de solo catorce años, influenciado también por su padre, a elegir el nombre del prócer para el club cordobés que estaba fundando. Por eso también el color celeste de la camiseta, con pequeños detalles blancos.
Arturo Orgaz, efectivamente, tenía solo catorce años, como el resto de sus amigos, todos estudiantes de una escuela influyente. Y su padre, el agrimensor Eleodoro Orgaz Montes, nieto de un ex vicegobernador de Córdoba, fue, según se cuenta, quien convenció a la juventud de que era mejor darle al club un nombre que excediera el ámbito local (Club Atlético Nueva Córdoba o Club Central de Córdoba) y elegir en cambio “un nombre que aspire a ser grande y respetado, el nombre de un hombre intachable”. Pasaron 121 años. Y Belgrano, el club, justamente en vísperas de un 25 de mayo, se hizo definitivamente grande. Campeón argentino por primera vez en su historia.
En 1810, Hipólito Vieytes (su jabonería fue sede secreta de los revolucionarios criollos) ya había publicado un artículo pionero sobre la educación física en la Argentina. “Los niños –decía el texto- deben ejercitarse en la carrera, en la lucha y en todos aquellos ejercicios que al mismo tiempo sirven para su desarrollo y crecimiento”. La cultura taurina del colonizador español, que incluyó una Plaza de Toros en plena Plaza de Mayo, no prendió afortunadamente en la gente. Los comerciantes ingleses, fracasadas las Invasiones, trajeron bancos, ferrocarril y el deporte.
Nuestros primeros pueblos jugaban antes con y sin pelota, nadaban, saltaban y lanzaban. Jugaban a la chueca (hockey) los mocovíes, pilagas, tobas, matacos y mapuches. Los araucanos jugaban a la pelota con las palmas, los mocovíes solo con la cabeza, los guaraníes con la parte superior del pie descalzo, con vejigas de animales infladas. Pampas y ranqueles también corrían detrás de una pelota. Los ingleses pusieron reglamento y nombre. Y Orgaz y sus amigos fundaron Belgrano. En 1905 ya eran tiempos de una educación pública poderosa, que buscaba “argentinizar” a los hijos de inmigrantes. No es casual que decenas de clubes fundados en aquellos años eligieran llamarse Belgrano, San Martín, 25 de Mayo, 9 de Julio.
Orgaz, niño, es cierto, pero criado en un ambiente intelectual y politizado, fue luego abogado, docente, escritor y defensor ferviente de la histórica Reforma Universitaria de 1918 en Córdoba, lo que le valió cuestionamientos que soportó a pie firme de quienes lo consideraron traidor a su propia clase, al pensamiento más conservador y colonizado de las élites. Senador por el Partido Socialista, impulsó leyes obreras de peso y defendió sus ideas y se enfrentó con el peronismo, hasta su muerte en 1955. Jamás imaginó acaso que, setenta años después, su club sería campeón del fútbol argentino, presidido por el ex goleador Luis Artime, hijo de uno de los jugadores acaso más honestos que haya tenido nuestro fútbol, un goleador mítico que en los años ’80, cuando era DT, denunció inclusive hasta a los periodistas que lo extorsionaban para venderle jugadores.
La coronación ayer de Belgrano, merecida ante un River de historia mucho más rica, es la confirmación de la atipicidad de nuestros campeonatos, extraños con un formato de Copa, que ayuda a la consagración de clubes menos poderosos, una rareza, para bien y para mal, en tiempos de desigualdades que solo se agrandan, como lo demuestran Ligas top en las que ganan siempre los mismos. Nuestra fiesta popular, la que se vivió ayer en Córdoba, se reparte de modo más democrático. Si no fuera porque la AFA ostenta sus flecos, y porque los conocemos, estaríamos diciendo que nuestro fútbol es casi revolucionario. Que el prócer no se entere de todo.
