A 50 años del último golpe de Estado en la Argentina, el director Marcos Arano Forteza y su compañía Malvado Colibrí -un laboratorio de experimentación teatral que dio sus frutos con las exitosas Tierra Partida y Vientre, entre otras obras, y que da posibilidades de profesionalización a actores en formación- estrenaron El reverso de la Memoria, un viaje teatral cómico, onírico y feroz por los negruzcos subsuelos de la democracia.
La obra sigue al personaje de La Solicitante, cuya memoria empieza a desvanecerse: nombres que se olvidan, escenas históricas que se reescriben solas, recuerdos que se disuelven como si jamás hubieran existido, evocaciones que no le son propias como si alguien o algo estuviera manipulando su memoria. En busca de respuestas, ingresa al ex Ministerio de la Memoria, hoy convertido en un organismo donde la memoria colectiva se archiva, se pierde o se manipula a conveniencia. Acompañada por El Bufón, figura que recuerda a un Virgilio absurdo y plebeyo, La Solicitante deberá atravesar distintos departamentos, criaturas y oficinas que reflejan los últimos cincuenta años del país, con el fin de no perder para siempre su historia.
La obra continúa la búsqueda y el sello de la compañía: interrogar la identidad nacional a través del clown, las máscaras, el absurdo y la crítica mordaz. “Lo temático no hace a que el hecho teatral sea potente. Si la ceremonia teatral invita a que el espectador sea partícipe, cualquier tema es interesante”, compartió Marcos Arano en una entrevista con El Destape a raíz de su nueva obra.
¿Tenés alguna formación en Historia?
- Ninguna, yo estudié Ciencias de la Comunicación pero siempre me apasionó conocer la historia. Te diría que es más una cuestión personal de militancia e interés en los procesos históricos y aquellos dedicados a la liberación latinoamericana. Mis comienzos en la dirección fueron con una compañía de Teatro del Oprimido que se llamaba El infierno de los vivos, donde hacíamos teatro con participación del público a lo largo de todo el país y Latinoamérica. Durante ese período de trabajo empecé a desarrollar ese gusto por la historia de América, siempre vinculándola con procesos populares de la escena artística.
De hecho, una de las grandes discusiones que teníamos con la compañía iba en torno a buscar estrategias para insertar esta forma de hacer teatro en los lugares donde se consume teatro, aquellos que están legitimados y con actores profesionales, que se pueda cobrar una entrada y que no sea únicamente algo vinculado a la militancia.
Y encontraste en el grotesco y en el clown un canal para lograr tu cometido…
- Sí. Cuando salí de la escuela de Alezzo (Agustín) estaba muy formateado en el teatro tradicional, dramático, que buscaba ser muy profundo, y encontré que mi sensibilidad estaba muy atravesada por el humor y por la exacerbación. A partir de ahí empecé a conocer más sobre el clown y las máscaras, y renegué cada vez más del realismo. Era un momento en el que el clown estaba muy de moda, a principios del 2000.
Yo notaba que había un fondo muy profundo y trágico en el trabajo del clown, pero las formas que se buscaban para explorarlo eran a través de temas un poco individuales.
¿En qué sentido lo decís?
- En que siempre eran historias autobiográficas que tocaban de una manera “tierna” los problemas de los payasos. Y a mí siempre me pareció que el clown tiene una posibilidad de meterse en mundos oscurísimos, como hacía Chaplin. Además, las máscaras nos permiten hablar con desparpajo de casi cualquier cosa. Incluso de los pequeños y grandes infiernos de nuestra historia, para poder contar qué brilla en esos lugares.
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Tu nueva obra habla sobre la memoria y la desmemoria… infiernos y brillos hay por doquier.
- La memoria es un gran tema para explorar. Es un universo vastísimo, muy interesante que permite hacer muchas investigaciones. Lo cierto es que teniendo la experiencia de haber hecho las obras Vientre, Tierra Partida y Patriada ya tenía una formación como para meterme ahí. Sabía que se venían los 50 años del Golpe de Estado de 1976, así que me propuse a abordar ese lugar desde una perspectiva no tan pesada y dolorosa.
Al poco tiempo de las experimentaciones surgió la idea de trabajar con la cuestión de la burocracia y -citando a Alberto Fernández- las “catacumbas de la democracia”. Hay algo casi dantesco en la estructura final de la obra, es un descenso en círculos por lugares oscuros de la historia.
¿Por qué creés que es importante hablar de este tema?
- Porque creíamos que eran temas que estaban zanjados en la discusión social y la verdad es que es todo lo contrario. Es importante seguir hablando. También hay una realidad: va pasando el tiempo y las Madres y las Abuelas empiezan a morir, y se vuelve imprescindible continuar esa discusión y esa lucha sin olvidarnos que la memoria es un lugar de disputa y de batalla, y que no hay un lugar real al cual llegar. Quizás los progresistas creíamos que habíamos llegado a un acuerdo general, pero la vida nos mostró que estábamos equivocados (se ríe).
El reverso de la memoria. Funciones: viernes a las 21 hs. en el Teatro El Extranjero (Valentín Gómez 3378, CABA). Entradas en venta por Alternativa teatral y en la boletería del teatro.
