Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino es el subtítulo de este compendio de pequeños ensayos del filósofo Luis Ignacio García, escritos en caliente durante los primeros años del gobierno libertariano. Libro que, si bien trata del desconcierto al que concurrimos buena parte de la sociedad, no se asemeja a las ansiosas publicaciones editoriales que salieron ni bien ganó Milei, que intentaban explicar el fenómeno al tiempo que descubríamos haber perdido momentáneamente la capacidad de explicar prácticamente nada.
“Vivimos en tiempos de…: complétese la frase con cualquier exabrupto, con el apóstrofe más insólito o la acusación más dramática, désele un remate absurdo o consternado, y ya se estará participando exitosamente en el festival de diagnósticos, balances e imprecaciones en el que se ha convertido nuestro presente. Quizá tengamos allí una promisoria fórmula de partida: vivimos en tiempos de diagnósticos”, nos adentra desde el prólogo.
Un acierto en la temporalidad bifurcada: primero los ensayos escritos/publicados en el día a día, como tanteando el clima y haciéndole frente a la inclemencia con el límite de longitud que dan los posteos de Instagram, y luego, trabajo editorial mediante, la publicación en papel. “¿Qué escritura practicar en una época como esta? Escrituras múltiples, sin dudas, multiplicadas a fuerza de tentativa. Ensayo, sí, pero ensayo y error: escrituras en estado de experimentación y autoboicot. En un tiempo de trampas, hacernos las trampas nosotros mismos. Escrituras del desastre, que arriesguen un ritmo en plena caída”.
Como en un juego surrealista, el título reúne con humor dos mundos en principio distantes: la dureza autoritaria de la política fascista y la práctica artística naif del cosplay (disfraces de personajes mayormente ligados al animé y los videojuegos). Desde el título -y en la inmensa mayoría de los artículos- se arroba el derecho a la ironía que el progresismo dejó de permitirse.
¿Cómo lo cosplay permite que lo fascista sea aceptado? El poder del general ANCAP fue la capacidad de autoparodiarse, cosa realmente impensable en el siglo XX. Cuando el fascismo puede burlarse de sí mismo, le resulta mucho más fácil avanzar sobre una sociedad descreída como la nuestra. La ultra derecha ha sabido apropiarse de los métodos de lucha de los sectores populares, y la burla está dentro de ello. Hoy la parodia parece estar puesta al servicio, no de la revancha popular, si no de la regerarquización autoritaria de los discursos.
Además de los fascistas cosplayers, son elocuentes algunos personajes conceptuales que aparecen en los ensayos: El progresista antiprogresista, el trumpista de izquierda, el troll en jefe, etc. Imágenes y escenas con las que García analiza los distintos actores de la realidad. El progresismo, el peronismo, el campo democrático defendiendo un pasado en ruinas o un keynesianismo alejado de los trabajos precarios. Se puede ver el nudo entre la impotencia de unos y la prepotencia de otros.
Una apuesta general del libro es poner un manto de duda sobre la ultra citada frase de Antonio Gramsci que nos advierte del claroscuro entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer; ahí donde surgen los monstruos. Luis Ignacio no da crédito a esa frase para este presente ya que no se puede vislumbrar qué es lo que se tarda en nacer. No podemos estar en una crisis transicional si no estamos efectivamente yendo a ningún modelo otro. Por el contrario, pareciera no haber un fuera del monstruo y nos toca el trabajo de asumir nuestra propia monstruosidad.
“Hoy cuando los electorados eligen gobiernos democráticos, lo hacen bajo condiciones tan posdemocráticas como cuando eligen fascistas. El avance de la ultraderecha no es un problema electoral, si no un problema político, social, subjetivo y civilizatorio.” La democracia, al pasar de ser el tablero a una ficha entre tantas otras, disminuye en su capacidad de generar horizontes igualitarios.
García no intenta explicar la sorpresa y el espanto, asume que vivimos en ellos y busca describir este nuevo mundo afectivo y productivo gobernado por las ultraderechas mundiales. Abre una oportunidad de interrumpir la fascinación y el desconcierto que produjo el mileismo en Argentina y el brutalismo neofascista en el mundo. Detecta una fuente del aturdimiento: No estamos solamente frente una nueva vuelta de la derecha que viene a quitar los derechos a los trabajadores, ante los cuales los sectores populares tendrían que proponer políticas de reparación. Más grave que eso, estamos dentro de la discusión por la mutación monstruosa del mundo del trabajo y la crisis –casi terminal- de la sociedad salarial, donde los sectores hiperconcentrados de poder nuclean la posibilidad de generar los modos de cooperación del trabajo y moldean a beneficio propio las formas de vida de los trabajadores (Mutación política y social que aquellos quienes dicen representar a los trabajadores pasaron por alto). Una imagen común como marca de época: los desempleados de los 90, para poder subsistir, acudían a las formas creativas que promovían las asambleas, las organizaciones sociales y barriales. Los desempleados de hoy acuden a las plataformas.
La frenética acumulación de diagnósticos está entre las causas de nuestra enfermedad del presente, pero tampoco hay margen para la irresolución. No quedará otra que ensayar imágenes con fuerza propia, para devolver a este presente enloquecido, su posibilidad de desatar una potencia en otra dirección.
