Bajo la intensa circulación de la Avenida Rivadavia y el ritmo frenético del microcentro porteño se esconde una de las obras de ingeniería más sofisticadas y desconocidas de la Ciudad de Buenos Aires. Se trata de una de las escapadas impensadas hacia el pasado, con un túnel ferroviario subterráneo que une Once con Puerto Madero, atraviesa el centro de la capital y pasa por debajo del Congreso y la Casa Rosada.
Aunque para muchos parece una leyenda urbana, el túnel existe y sigue operativo. Su recorrido, de aproximadamente cinco kilómetros, fue montado hace más de un siglo para resolver un problema logístico. Era necesario trasladar cargas entre el puerto y el sistema ferroviario, sin afectar el tránsito en superficie.
Con el paso de los años, la obra alimentó todo tipo de mitos: desde historias de trenes fantasmas hasta relatos de contrabando y pasadizos olvidados. Sin embargo, detrás del misterio hay una infraestructura que aún cumple una función dentro de la red ferroviaria.
Una obra de ingeniería adelantada en el tiempo
El origen del túnel se remonta a principios del siglo XX, cuando el entonces Ferrocarril Oeste buscaba una conexión directa con el puerto de Buenos Aires. El proyecto fue atribuido al ingeniero británico David Simpson, recibió respaldo legal en 1909 y comenzó a ejecutarse en 1912.
Las obras finalizaron en 1916 tras cuatro años de excavaciones desde distintos frentes, una técnica que permitía avanzar simultáneamente desde ambos extremos del recorrido. En algunos sectores, el túnel alcanza profundidades de entre 20 y 24 metros, una característica que explica por qué pudo construirse sin alterar la vida cotidiana en la superficie.
La boca de acceso más conocida se encuentra en Puerto Madero, detrás de la Casa Rosada. Desde allí, la traza avanza bajo la ciudad en paralelo a la Línea A del subte hasta llegar a las inmediaciones de Once, donde reaparece cerca de las vías del Ferrocarril Sarmiento.
Qué función cumple hoy
Aunque nació para el transporte de cargas, el túnel también tuvo algunos intentos de convertirse en un corredor para pasajeros. Hubo experiencias de corta duración a fines de la década de 1940 y mucho después, un servicio experimental que llegó a conectar Castelar con Puerto Madero.
Sin embargo, sus propias características limitaron esa posibilidad. Al tratarse de una vía única y de dimensiones reducidas, la operación resulta compleja para un servicio frecuente de pasajeros.
Hoy el túnel continúa utilizándose de manera esporádica para tareas logísticas. Principalmente, permite trasladar locomotoras y material rodante entre el puerto y la red ferroviaria del Ferrocarril Sarmiento, evitando interferencias con el tránsito urbano.
