Más que una ley de trabajo: con la reforma laboral se reforma la vida

Presentada como una modernización técnica, la reforma laboral consolida un modelo de precarización ya en marcha, traslada el riesgo al trabajador y redefine no sólo las condiciones de empleo sino también los proyectos de vida, los vínculos y el horizonte social en la Argentina. 

28 de febrero, 2026 | 19.00

La reforma laboral sancionada en el Congreso de la Nación ha sido debatida y mayormente presentada bajo el lema de la "modernización", como una mera actualización técnica y administrativa con el fin de reducir costos, promover la formalización y disminuir los niveles de litigiosidad que, según el discurso corporativo, afecta la actividad empresarial y desincentiva la creación de empleo. No obstante, una lectura meramente tecnocrática y economicista resulta insuficiente para comprender la profundidad y ambición del modelo que la ley propone consolidar que impactará en la vida cotidiana de millones de trabajadores y trabajadoras, y también en la organización familiar, las relaciones sociales, los proyectos y el horizonte de expectativas de quienes dependen de su salario para vivir. Es que una modificación de la normativa laboral como la que está en juego redefine derechos, garantías y obligaciones pero también qué tipo de vida va a ser considerada posible, accesible, aspiracional o un lujo para la sociedad argentina.

Precarización estructural: datos de un modelo en marcha

El proyecto significa la consolidación e institucionalización de un modelo precarizante que de hecho se ha profundizado en las últimas décadas con consecuencias devastadoras: en 2025 casi la mitad de los trabajadores (43%) se encontraban en la informalidad, cifra que se eleva al 70% en los más jóvenes. El empleo privado permanece estancado, e incluso retrocediendo, desde hace más de una década, en torno a los 6 millones de personas, y de ese total puede observarse una fuerte caída de los registrados del 55,7% en enero de 2012 al 48,4% en la actualidad. No es un dato menor en este sentido que, si bien la reducción de los salarios e ingresos es generalizada, hoy ser trabajador y pobre se da más especialmente en quienes trabajan en la informalidad: el 38% de los trabajadores informales son pobres, frente a apenas el 5% de los formales.

El mayor nivel educativo alcanzado reduce la incidencia de la informalidad. Además las tasas de informalidad difieren significativamente según la rama de actividad. El servicio doméstico (78%) y la construcción (76%) se encuentran en los más altos. Estos valores son particularmente críticos ya que concentran la mayor proporción de hombres y mujeres de menor nivel educativo, tal como muestra el informe de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, coordinado por Roxana Maurizio y Luis Beccaria y elaborado por el Área de Empleo, Distribución e Instituciones Laborales (EDIL).

Si bien la tasa de desocupación fue baja (6,6%) en el tercer trimestre de 2025, por detrás se esconde que en realidad lo que crece es el empleo por cuenta propia sin aportes, lo que evidencia un deterioro en las condiciones y oportunidades laborales. Básicamente estamos ante el boom del nuevo modelo de “cuentapropismo de subsistencia” tal como expresa el informe del CEPA, fenómeno que no es definido como desempleo por la metodología estadística pero que refleja una profunda precarización. El modelo de bajos salarios e informalidad empuja a las personas a insertarse en múltiples empleos precarios como modo de asegurar ingresos en el día a día para, solamente, sobrevivir. Por ejemplo, en el caso de los adultos mayores, la informalidad aparece como una salida forzada frente a ingresos jubilatorios insuficientes.

Bajo la idea de modernizar la legislación de las relaciones de trabajo y adaptarla a los cambios tecnoproductivos del capitalismo actual, el oficialismo busca reducir los costos de contratación lo que teóricamente haría aumentar la demanda de empleo. Lo que nadie dice es que, así tenga costo cero, si no hay mercado interno y demanda masiva para la industria de empleo intensivo, el empleo formal no va a crecer. Paralelamente, un crecimiento del PIB dado por exportaciones del agro, petróleo y gas, minería o la intermediación financiera no se traduce en demanda de empleo. La economía libertaria, como muestran los datos oficiales, busca básicamente favorecer esos sectores al tiempo que se destruye la industria y los sectores de empleo intensivos.

De la estabilidad a la incertidumbre: cambio de paradigma laboral

Los datos antes mencionados describen objetivamente condiciones de vida y reflejan el progresivo deterioro de la estructura social, y al mismo tiempo permiten entender las razones de la ausencia de una resistencia masiva a la reforma laboral. Esta nueva legislación en realidad consagra y legaliza una situación que ya se viene desarrollando en el mercado. Sin embargo, ante la eliminación de la base legal de derechos con la que aún contaban los trabajadores y la posibilidad de exigir su cumplimiento, la única opción posible será adaptarse a una nueva realidad mucho más difícil.

El trabajo es el gran ordenador de los modos de vida, teniendo en cuenta, que es la principal fuente de ingresos de la mayoría de las personas y lo que más tiempo insume. Por lo tanto la reforma laboral también debe ser entendida como una reforma de los modos de vida, las relaciones sociales y los horizontes de expectativas. El impacto además de político es profundamente cultural ya que este nuevo modelo pone al trabajador, quién debe vivir para trabajar en vez de trabajar para vivir, bajo la ilusión de la libertad y autonomía individual a disposición del capital. Toda su vida está determinada y a disposición de un poder que parece abstracto y anónimo, pero que termina organizando la vida de las personas.

Durante buena parte del siglo XX, el régimen laboral, consolidado como uno de los pilares del Estado benefactor a partir del primer gobierno de Juan Domingo Perón, se estructuraba en base a la garantía de la estabilidad, el orden y la integración social como horizontes normativos y como modelo de justicia social. El empleo formal, protegido y duradero, garantizaba ingresos, consumo y ocio, y además permitía organizar un proyecto de vida integral y previsible: acceso al crédito y a la vivienda, posibilidad de planificación familiar, educación y salud, transporte, jubilación. Toda la base del ascenso social. La intervención del Estado, lejos de ser un palo en la rueda, funcionaba como mecanismo para equilibrar una relación estructuralmente desigual entre patrones y trabajadores, y para compensar parte del riesgo que el mercado tiende a concentrar sobre la pata más débil de dicho binomio.

La reforma actual, por el contrario, se inscribe en una matriz conceptual y política diferente, completamente opuesta, en la cual la estabilidad deja de ser un objetivo deseable y es reemplazada por la flexibilidad, la precarización y la incertidumbre como principios organizadores. El vínculo laboral ya no se piensa como relación a sostener, sino como recurso a facilitar y eventualmente desechar con el menor costo posible y sin consecuencias jurídicas, bajo la repetida teoría de que esas condiciones conducirían a la creación de nuevos puestos de trabajo.

Reforma laboral como reforma de los proyectos de vida

El proyecto laboral que logró impulsar La Libertad Avanza supone que la incertidumbre, antes considerada un problema a mitigar, pasa a ser aceptada como condición estructural del funcionamiento económico y cotidiano, y que el riesgo sea un factor deseable que recae en el individuo trabajador. La figura del trabajador protegido es reemplazada por la del flujo laboral, el trabajador disponible, en evaluación permanente, cuya estabilidad depende exclusivamente de los vaivenes del mercado, de sus condiciones y méritos individuales. La carrera laboral lineal se reemplaza por trayectorias fragmentadas enmarcadas en una administración del presente que cambia el imaginario a futuro.

En paralelo a las transformaciones tecnoproductivas se da un cambio en las representaciones, la forma que vemos el mundo, nos pensamos a nosotros mismos e incluso nos vinculamos, elementos que definen una nueva subjetividad acorde a la nueva economía. El mensaje es sencillo: cada uno es responsable exclusivo de su propio éxito o fracaso. La competencia, el rendimiento y la responsabilidad individual terminan ocultando las relaciones estructurales de explotación que se transforman en el mandato del éxito, el esfuerzo y la productividad (autoexplotación). El imperativo de la época es la reinvención personal constante para adaptarse a los vertiginosos cambios tecnológicos.

Como los problemas estructurales se piensan como fracasos individuales, la inseguridad laboral deja de interpretarse como resultado de dinámicas económicas para convertirse en insuficiencia personal, errores propios o falta de adaptación. La reforma laboral, al aligerar mecanismos de protección y enfatizar la flexibilidad, contribuye a consolidar esa narrativa según la cual cada trabajador es, ante todo, responsable de gestionar su propia suerte en el mercado. La reforma puede leerse como parte de un proceso más amplio de “privatización del riesgo” ya que el individuo debe adaptarse a la incertidumbre y la volatilidad de los mercados, convertirse en capital humano, ser su propia empresa. Ya no hay estructuras colectivas, instituciones como sindicatos y convenios de trabajo que garanticen una representación o contención.

Una de las consecuencias, además de la flexibilidad laboral, es la imposición de una flexibilidad y liquidez en los vínculos tal como plantea Zygmunt Bauman. En efecto, el ideal es estar liviano para poder moverse y adaptarse rápidamente. Las biografías son fragmentadas, las experiencias se miden en costo beneficio, se pierde sentido de pertenencia a los espacios y la única memoria histórica es la intermitencia de un presente absoluto. La competencia constante debilita la solidaridad y reduce las condiciones materiales para la organización sindical. Romper el lazo con el otro es una forma de bloquear la organización para la defensa de derechos. Ante contratos breves, trabajos en plataforma o vínculos intermitentes, se dificulta la construcción de un colectivo representativo con intereses compartidos.

Juventud: la precariedad como normalidad

Mientras tanto, para las generaciones más jóvenes no hay tal conciencia o sensación de pérdida de derechos ya que casi no llegaron a experimentarlos. Si este modelo impacta en el conjunto del mundo del trabajo, lo hace con especial intensidad sobre las nuevas generaciones que ingresan a un mercado laboral con altos niveles de precariedad e informalidad: en Argentina más de la mitad de los trabajadores de entre 16 y 24 años se desempeña en trabajos sin estabilidad plena ni cobertura. De nuevo, la precariedad como normalidad que permitió que para ciertos sectores la reforma no sea interpretada como perjudicial. Y encima, lejos de revertir la tendencia, se corre el riesgo de institucionalizarla.

En este marco cabe preguntarse qué posibilidades existen para disponer de tiempo y proyectos a largo plazo que impliquen un compromiso como puede ser formar una pareja o una familia. En la Argentina del presente y del futuro no hay suelo firme donde pueda crecer la planificación afectiva y eso se ve en las cifras demográficas que evidencian la proliferación de hogares unipersonales y familias cada vez mas chicas. Lo mismo sucede con proyectos como formar parte de un sindicato, militar, poner en marcha un comedor o centro cultural, involucrarse en experiencias colectivas, o simplemente seguir una carrera universitaria o de investigación, actividades que implican tiempo, energía, dinero y dedicación por fuera del trabajo.

Aquí hay que agregar que el endeudamiento creciente del Estado, las familias y las personas también interviene en el modo de vida y el imaginario de futuro porque condiciona una disciplina a honrar y saldar la deuda. Dicho de otro modo, la deuda es una tecnología de poder, un tipo de relación social que subordina toda la conducta de las personas y a nivel macro las políticas del Estado.

Crisis de la reproducción social

La filósofa Nancy Fraser refiere a una “crisis de la reproducción social” para explicar cómo el capitalismo canibaliza las condiciones que permiten sostener la vida cotidiana, desde el cuidado, los vínculos hasta la estabilidad emocional. Cuando el empleo se precariza y el ingreso se vuelve incierto, la planificación familiar se posterga, las decisiones sobre vivienda o maternidad se adoptan bajo presión económica constante y el estrés asociado a la inseguridad laboral se filtra en las relaciones íntimas.

En la Argentina, los datos muestran que la precariedad está estrechamente vinculada con mayores niveles de vulnerabilidad social: los trabajadores informales presentan tasas de pobreza significativamente superiores a las de quienes cuentan con empleo registrado. Esa fragilidad estructural no es un indicador abstracto, sino una experiencia concreta que afecta la posibilidad de sostener proyectos compartidos, de organizar tiempos de cuidado y de garantizar continuidad en la vida familiar. Cuando las jornadas se extienden o los ingresos resultan insuficientes y obligan a multiplicar empleos, el tiempo de convivencia se reduce y la vida afectiva queda subordinada a la lógica del rendimiento y la hiper productividad.

Desde la perspectiva de Fraser, cuando el mercado desborda los límites que le imponían instituciones protectoras, no sólo se transforman las relaciones laborales sino que se erosionan las bases mismas que sostienen la vida en común. La reforma laboral, al trasladar mayor cuota de riesgo al individuo y aligerar la responsabilidad empresarial y estatal, profundiza esa dinámica de privatización de la seguridad, en la cual cada hogar debe absorber la volatilidad económica sin contar con amortiguadores colectivos suficientes. Lo que se debilita, en última instancia, es la capacidad de proyectar una vida estable sobre la cual construir vínculos duraderos.

La producción de una subjetividad competitiva

Más allá de sus efectos económicos inmediatos, la reforma puede leerse como una intervención directa en la producción de subjetividad. Cuando la estabilidad deja de ser un derecho estructural y pasa a ser una contingencia, los individuos internalizan la inseguridad como condición permanente, ajustando sus expectativas y sus modos de relación en consecuencia. La continuidad ya no es horizonte garantizado sino un logro provisional; el futuro se percibe como terreno incierto que exige adaptación constante.

La confianza en la protección colectiva se reemplaza por la obligación de prever individualmente la eventual caída. Al mismo tiempo, como advierte Fraser, cuando las instituciones públicas reducen su capacidad de sostener la reproducción social, el esfuerzo por mantener la vida cotidiana se privatiza, generando una experiencia extendida de sobrecarga y agotamiento que rara vez se traduce en organización colectiva, y con frecuencia deriva en repliegue, implosión y autoinculpación. Es decir, menos conflicto social, y más violencia y padecimiento en salud mental.

La reforma laboral, al legitimar la flexibilidad como principio organizador, contribuye así a consolidar una subjetividad hiperindividualizada, orientada a la competencia y atravesada por la autoexigencia permanente. El tiempo libre se convierte en oportunidad de capacitación para que la rueda siga girando; el descanso adquiere el carácter de improductividad; el otro deja de ser compañero para transformarse en rival potencial. La cooperación pierde centralidad frente a la comparación constante.

Lo que está en juego es la forma en que se distribuye la estabilidad y la incertidumbre en la sociedad y, con ello, el tipo de lazo social que se vuelve posible. Si el derecho laboral clásico intentaba equilibrar poder y construir integración, el nuevo paradigma tiende a naturalizar la intemperie competitiva como forma de vida. No se trata sólo de una modificación normativa, sino de una redefinición profunda del contrato social y de la manera en que una comunidad se piensa a sí misma frente al trabajo, el futuro y la posibilidad de sostener una vida en común. En fin, reafirmar que no es solo una reforma laboral, es una reforma del modo de vida.