No hubo respuesta a este medio del Gobierno de la Ciudad, tampoco se emitió ninguna comunicación desde Espacio Público ni desde el Ministerio de Educación para explicar por qué en el barrio de Almagro y el lindante Boedo el símbolo de los pañuelos blancos que identifica la lucha de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo ha sido prohibido de hecho en plazas y veredas.
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La primera avanzada fue frente a la escuela Colombia, en Garay y Quintino Bocayuva, una primaria con una comunidad educativa integrada por padres y madres y que, en la previa de los 50 años del comienzo de la última dictadura militar, pintó frente a la escuela los pañuelos blancos que se buscó hacer florecer en la marcha del 24 de marzo pasado. Con manos infantiles y adultas, los pañuelos y la leyenda Nunca más quedaron en el piso como una guía hacia la puerta de la escuela. Un recordatorio para toda la comunidad de ese pacto democrático contra la violencia genocida que desplegó el Estado entre 1976 y 1983, los años de la dictadura cívico-militar, los años del autoritarismo y el miedo.
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Pero a mediados de abril, en un día de lluvia torrencial, justo después de que la ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, Mercedes Miguel, visitara la escuela Colombia, llegó un camión hidrante y, sobre la lluvia, tiró más agua para borrar la obra de la comunidad educativa . Se dijo que era una cuestión de higiene, ¿pero de eso se trata borrar los trazos de la memoria colectiva?
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En la plaza de Almagro, la que está rodeada por las calles Sarmiento, Bulnes, Perón y Agüero, la avanzada contra los pañuelos fue más descarada. El subcomisario Roberto Benítez se lo dijo a los vecinos con total convencimiento mientras lo filmaban con teléfonos: “Yo soy la autoridad y digo lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer, no tiene por qué haber orden escrita”. También dijo que restaurar los pañuelos que desde hace años rodean el mástil de la plaza, en remedo de la ronda que quedó dibujada en torno a la Pirámide de Mayo, iba a ser motivo de detención. “¿Por qué?”, pregunta una vecina. “Porque es daño a la Plaza”, asegura el comisario.
La respuesta fue una asamblea que se realizó el 16 de mayo en la misma plaza, con una veintena de efectivos policiales rodeándola. La Asamblea de Almagro no es una agrupación nueva, existe desde 2001, cuando el estallido social y la anomia ocupando el poder llevaron a vecinos y vecinas de muchos barrios, ciudades y distritos a juntarse para debatir, apoyarse, realizar ollas populares y espacios de trueque. Las asambleas volvieron a la calle en 2023, reactivadas por la avanzada del gobierno libertario contra los consensos democráticos que tuvieron la forma de “Ley Bases”, por ejemplo, y protocolos de seguridad como los que firmó Patricia Bullrich en 2023 y que todavía sirven para apalear jubilados y jubiladas cada miércoles.
“La nuestra es una asamblea diversa, intergeneracional, hace dos años que hacemos una olla popular los domingos, somos quienes cortamos siempre Medrano y Corrientes con cacerolazos cuando pasa algo, como por ejemplo la represión en la que hirieron a Pablo Grillo. No tenemos un lugar para funcionar, pero sostenemos la protesta y el lazo social”, dice Pablo Bruzzone, un comerciante ya sin comercio, que está vendiendo lo que le queda de mercadería desde su casa.
La olla de los domingos en el Parque de la Estación se arma apenas termina la misa en la Parroquia Nuestra Esperanza, o mejor dicho, se armaba. El 3 de mayo pasado, la división Espacios Públicos y la Policía de la Ciudad estaban esperando que sacaran los tablones y la garrafa con la que se cocina en el Parque para 120 personas para decirles que no tenían autorización para usar una garrafa. Fuentes de la Policía de la Ciudad fueron consultados al respecto, pero tampoco hubo respuesta. Desde entonces sólo pueden dar desayuno, cosas frías. “Buscamos cómo autorizar el uso de la garrafa, pero no existe ese trámite”, dice Pablo. En los últimos dos años, esa olla pasó de tener 40 porciones a más de cien; picar la cebolla, cortar el resto de las verduras era más que paliar el hambre: es una apuesta a hacer visible el trabajo colectivo. Eso parece ser lo que molesta, lo que se hace en el espacio público con muchas manos.
La esperanza, como la resistencia, a veces está hecha de gestos pequeños. Desde hace una semana, en la Plaza Almagro los pañuelos empezaron a recuperar su contraste, el blanco se empezó a ver blanco otra vez sobre las baldosas que rodean al mástil. Sin que nadie sepa cómo, de a uno por día, los pañuelos volvieron a hacerse visibles. La Asamblea de Almagro tampoco sabe quién hace ese trabajo sigiloso para que no se desdibuje la memoria colectiva, pero lo viven como un aliento al tejido colectivo del barrio. Una caricia para esa próxima reunión que volverá a la plaza sin rendirse la semana que viene. Porque aun en los tiempos más sombríos hay gestos que desbaratan la oscuridad para darle sentido al día siguiente, para saber que, como decían las Madres, la única lucha que se pierde es la que se abandona.
