La baja de natalidad llega a números históricos: cómo los celulares aceleran la crisis global

Un informe del Financial Times sepulta los argumentos que culpan al aborto legal o al feminismo por la baja de la natalidad. La alarmante cifra de Argentina (1,23 hijos por mujer) y cómo las pantallas cambiaron para siempre la forma de relacionarnos. 

20 de mayo, 2026 | 16.47

La baja de la natalidad se ha convertido en un tema de agenda global porque, de sostenerse en el tiempo, provocará la reducción de las poblaciones de casi todos los países para fines de siglo. Durante décadas esa transición demográfica, que incluye además el aumento en la expectativa de vida y una clara tendencia al envejecimiento poblacional, estuvo asociada a las consecuencias relativamente previsible del proceso de modernización social e incorporación de las mujeres al mundo productivo que llevó a las sociedades occidentales de promedios históricos de seis o siete hijos por mujer a tasas cercanas al reemplazo poblacional.

A partir de fines de siglo XX se sumaron otros factores como las recurrentes crisis económicas y la contracción de la fuerza laboral, que afecta particularmente a los más jóvenes; problemáticas globales como las ambientales, conflictos bélicos o la pandemia en salud mental; el avance de proyectos de ultra derecha y el repliegue del Estado en dimensiones vertebrales como la seguridad social, la salud y los cuidados. En paralelo, algunos aspectos socialmente positivos se dieron en materia de equidad e inclusión social, como las conquistas de derechos y espacios de las mujeres, las políticas de Estado en materia de derechos sexuales y reproductivos, y la legitimación social de la posibilidad de elegir la maternidad como opción posible entre otros proyectos familiares, trayectorias profesionales o formas de vida alternativas.

Sin embargo, la aceleración del fenómeno durante las últimas dos décadas, y particularmente después de 2014, excede ampliamente ese modelo más clásico de análisis y obliga a observar otros fenómenos socioculturales más profundos que implican otro tipo de aspectos como la transformación radical de las formas de sociabilidad, de los vínculos, de los proyectos afectivos y de las subjetividades contemporáneas a partir del ingreso masivo de los smartphones y las redes sociales a la vida cotidiana.

Los datos globales muestran la magnitud del fenómeno: según un reciente estudio revelado por Juan Burn-Murdoch de Financial Times, más de dos tercios de los 195 países del mundo se encuentran por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1 hijos por mujer, y en 66 países la tasa ya se aproxima a un hijo por mujer o incluso menos. El caso más extremo es Corea del Sur, cuya fertilidad cayó a 0,72 hijos por mujer en 2023, pero la tendencia atraviesa prácticamente todo el planeta: desde Japón e Italia hasta Brasil, México, Túnez o Irán. Argentina, por ejemplo, ha sufrido una caída histórica de más del 40% en la última década, situando la tasa de fecundidad en 1,23 hijos por mujer, es decir una tasa muy inferior a la necesaria para mantener estable la población a lo largo del tiempo.

Lo que llama la atención de los especialistas no es solamente la profundidad del descenso, sino su velocidad y simultaneidad en diferentes países más allá del nivel económico, la religión, los factores climáticos o territoriales, los sistemas políticos y culturales, o la situación de las mujeres en términos de equidad y derechos conquistados. La fertilidad cae al mismo tiempo, prácticamente en todo el mundo, lo que vuelve insuficientes las explicaciones previas y erróneas aquellas basadas exclusivamente en anclajes nacionales, coyunturales o económicos. Un ejemplo claro de ello es el caso del presidente Javier Milei quien, la semana pasada en el programa “Las Tres Anclas” del canal de streaming Carajo,  atribuyó la caída de los nacimientos en Argentina a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. La realidad muestra que el indicador viene en descenso desde 6 años antes de la aprobación de la norma, por lo que la narrativa elegida por el mandatario no solamente es falsa desde el punto de vista estadístico, sino que además funciona como una simplificación ideológica, que habitualmente lo hace, para traccionar el odio político hacia los movimientos feministas y evita discutir las transformaciones estructurales que atraviesan las nuevas generaciones.

Los smartphones como aceleradores de la crisis demográfica

Especialistas señalan que la baja de la natalidad responde a múltiples factores y dimensiones, como cambios sociales, educativos, económicos y laborales, y sanitarios como un mayor acceso a métodos anticonceptivos y salud reproductiva. Sin embargo, distintas investigaciones comenzaron a detectar un quiebre temporal difícil de ignorar: el derrumbe más acelerado de la natalidad se ubica a partir de 2014, año que coincide casi exactamente con la masificación global de los teléfonos inteligentes, el 4G y las plataformas digitales.

Si bien el primer iPhone fue lanzado en 2007, el cambio verdaderamente disruptivo llegó entre 2012 y 2015, cuando los teléfonos inteligentes dejaron de ser exclusivos de una elite, se volvieron más accesibles y su uso se extendió a la vida cotidiana. El estudio que publicó el FT advirtió inclusive un descenso previo a ese año localizado en zonas específicas donde la red 4G o la adopción de teléfono inteligentes había llegado antes: 2007 en Estados Unidos, Reino Unido y Australia; desde 2009 en Francia y Polonia; y desde 2012 en México, Marruecos e Indonesia. La conclusión es que la conectividad digital reemplazó parte de los espacios físicos, instituciones, y tiempos de socialización cara a cara, y plataformas como Instagram, Facebook, TikTok, Youtube o las aplicaciones de citas impactaron, no solo en la forma de informarse y consumir, sino y sobre todo en los vínculos afectivos, la percepción de la otredad, los modelos de éxito personal, las aspiraciones e imaginarios, y la experiencia misma de la intimidad.

Hay que hacer una aclaración importante, ya que reducir el problema únicamente a “los celulares” sería simplista. Los smartphones y las nuevas tecnologías no crearon la crisis demográfica, sino que la aceleraron, intensificaron y globalizaron procesos históricos previos que ya estaban en marcha desde mediados del siglo XX. De hecho, el primer gran descenso de la fertilidad ocurrió en los siglos XIX y XX que redujo la fertilidad, hacia los años 70, en casi todas las economías desarrolladas hasta niveles cercanos a 1,8 hijos por mujer. En los años 80 comenzó una segunda ola de descenso mucho más inquietante y fácil de identificar. Fue en ese momento que países como Japón e Italia perforaron un piso demográfico que parecía estable: Japón en 1990 ya había caído a 1,54 hijos por mujer, e Italia a 1,36. Años más tarde este proceso se reprodujo en Corea del Sur, España y gran parte de Europa oriental.

Eso demuestra que la tendencia no puede explicarse solo por las consecuencias de modelos económicos o medidas políticas, sino a hechos sociales más profundos vinculados con la modernidad tardía y el capitalismo de plataformas: secularización, hipercompetencia educativa, desintegración de las redes comunitarias, crisis de las instituciones tradicionales, transformación de los roles de género y , sobre todo, una hiperindividualización de la vida social. Los smartphones en conjugación con las plataformas, por su lógica fragmentaria y sus formas de consumo, aceleraron vertiginosa y violentamente esa dinámica. Procesos culturales que antes podían tardar treinta o cuarenta años en expandirse internacionalmente ahora se pueden propagar en apenas una década.

La era digital y la crisis de los vínculos

Según el texto del Financial Times, el uso de las redes sociales impactó y transformó especialmente la forma de construcción de las relaciones sociales, los vínculos afectivos y los proyectos familiares. Los jóvenes salen cada vez menos, socializan menos cara a cara, tienen menos relaciones sexuales, tardan más en autonomizarse, priorizan proyectos individuales y forman menos parejas estables. Además se observan graves divisiones entre hombres y mujeres que refuerzan la sensación de inseguridad y desentendimiento.  La denominada "recesión sexual" afecta mayoritariamente a jóvenes adultos que reportan niveles significativamente más bajos de actividad sexual y relaciones de pareja que generaciones anteriores. Paradójicamente, las aplicaciones de citas que vinieron a quebrar estos obstáculos y dinamizar el acercamiento, introdujeron la lógica de mercado al mundo del amor: las personas aparecen convertidas en productos de catálogos infinitos, se busca pareja en gondolas de supermercado, mientras que la práctica del scrolling hace parecer que siempre va a existir una opción mejor, más atractiva o más exitosa. El proceso de conocer a otras personas fue reemplazado por algo similar a un "pensamiento intuitivo" que permite juzgar al otro por su aspecto o solamente una bio en su perfil virtual, y los vínculos entre pares convertidos en una forma de consumo más, que en esa misma lógica, cuando el otro ya no sirven, se descarta como un producto vencido.

La socióloga Eva Illouz sostiene desde hace años que el capitalismo contemporáneo transformó las relaciones humanas en vínculos atravesados por la lógica del consumo y el rendimiento. La hiperconectividad, paradójicamente, no produjo más comunidad, más conexión, ni fortaleció las redes existentes, sino que generó una matriz social fragmentaria que combina soledad, aislamiento, padecimientos en salud mental como ansiedad o depresión y una sobreestimulación permanente.

Las redes sociales y las lógicas algorítmicas moldean subjetividades más individualistas, menos empáticas y más proclives al aislamiento emocional, al tiempo que premian la autopromoción constante, la comparación permanente y la necesidad de validación inmediata. El resultado es un combo explosivo: subjetividades profundamente narcisistas pero al mismo tiempo emocionalmente frágiles y vulnerables. El otro se deshumaniza y lo vincular aparece menos como un proyecto compartido y más como un instrumento, una fuente de reconocimiento instantáneo, o satisfacción efímera.

En ese contexto, uno de los datos más relevantes del informe publicado del Financial Times revela que la caída reciente de la natalidad no se explica por la falta de deseo de las parejas de tener hijos, sino porque directamente existe una dificultad visible y concreta a la hora de conocer personas, iniciar un vínculo, formar parejas y llegar al momento de la decisión de tener un primer hijo. Además, la investigación muestra que el descenso es mucho más fuerte entre sectores con menor nivel educativo e ingresos bajos, a diferencia de países donde la formación de familias entre universitarios permanece relativamente estable, dato que rompe con dos prejuicios: el prejuicio clasista de que los pobres son los únicos que tienen hijos; y el prejuicio machista que señala la caída de la natalidad como culpa de los feminismos o la decisión individual de mujeres profesionales “egoístas” enfocadas en sus trayectorias profesionales.

Si bien la investigación hace foco en la natalidad, evidencia que lo que se está erosionando es la posibilidad misma de construir proyectos colectivos, vinculares, comunitarios, relaciones duraderas, proyectos a futuro, en una sociedad organizada alrededor de pantallas, algoritmos, hiper presentismo y dinámicas de consumo permanente. El filósofo Byung-Chul Han define este escenario como una “sociedad del cansancio”, marcada por la hiperexigencia, la competencia constante y la imposibilidad de construir tiempos y procesos de comunidad que suelen ser más largos y complejos.