Aumento del hambre con el frío: la explicación científica detrás de los antojos de invierno

Con la llegada de las bajas temperaturas, muchas personas sienten más apetito y una necesidad casi irresistible de consumir pan, pastas, chocolate o comidas más contundentes. Especialistas explican por qué ocurre este fenómeno y cuándo puede ser una señal para consultar con un profesional. 

18 de junio, 2026 | 13.26

Apenas bajan las temperaturas, algo parece cambiar en nuestra relación con la comida. Las ensaladas dejan de resultar tentadoras, los platos calientes ganan protagonismo y aparecen antojos de alimentos más calóricos que durante el verano quizás ni siquiera llamaban la atención. Para muchas personas, el invierno viene acompañado de una sensación constante de hambre que puede generar dudas e incluso preocupación. Sin embargo, los especialistas aseguran que, en la mayoría de los casos, se trata de una respuesta completamente normal del organismo.

Según explicó el doctor Sebastián Soneira, jefe de la Sección de Trastornos Alimentarios y Psiquiatría Nutricional de Fleni, el aumento del apetito durante los meses fríos tiene una base biológica muy concreta. Cuando la temperatura exterior desciende, el cuerpo necesita realizar un esfuerzo adicional para conservar el calor y mantener estable su temperatura interna. Ese proceso, conocido como termogénesis, implica un mayor gasto energético y puede traducirse en una sensación más intensa de hambre.

Por qué el frío hace que queramos comer más

El aumento del apetito no depende únicamente del gasto energético. Los cambios estacionales también afectan distintas hormonas relacionadas con el hambre y la saciedad. Durante el invierno, la menor cantidad de horas de luz y las temperaturas más bajas pueden modificar el equilibrio de sustancias que regulan cuándo sentimos hambre y cuándo nos sentimos satisfechos. Como consecuencia, es frecuente experimentar más ganas de comer incluso cuando la rutina diaria no cambió demasiado.

A esto se suma otro fenómeno muy común: la búsqueda de alimentos ricos en carbohidratos. Pan, pastas, galletitas, chocolate o preparaciones más contundentes suelen resultar especialmente atractivos durante esta época del año. Los especialistas señalan que esto podría estar relacionado con cambios en neurotransmisores asociados al bienestar, como la serotonina y la dopamina, que se ven influenciados por la menor exposición a la luz solar.

Por eso, sentir más hambre en invierno o tener antojos ocasionales de comidas reconfortantes no suele ser motivo de preocupación. De hecho, forma parte de una respuesta adaptativa que acompañó a los seres humanos durante miles de años.

Cuándo deja de ser normal

Aunque el aumento del apetito puede ser una consecuencia esperable de las bajas temperaturas, los especialistas advierten que existe una diferencia importante entre comer un poco más y perder el control sobre la alimentación.

La señal de alerta aparece cuando el hambre parece desconectarse de las necesidades físicas del cuerpo y comienza a estar impulsada principalmente por factores emocionales. Ansiedad, estrés, tristeza, aburrimiento o soledad pueden generar una necesidad de comer que no está relacionada con una demanda energética real.

Según Soneira, algunas preguntas pueden ayudar a identificar cuándo el comportamiento merece atención: "¿el hambre aparece poco tiempo después de haber comido?", "¿la comida se utiliza para aliviar emociones negativas?", "¿existe sensación de pérdida de control al comer?", "¿aparecen sentimientos intensos de culpa o vergüenza después de hacerlo?". Cuando estas situaciones se repiten con frecuencia, podría ser recomendable buscar orientación profesional.

El trastorno alimentario más frecuente y menos reconocido

Uno de los cuadros que puede esconderse detrás de estos comportamientos es el trastorno por atracón, considerado actualmente el trastorno alimentario más frecuente. Se caracteriza por episodios recurrentes en los que la persona consume grandes cantidades de comida en poco tiempo mientras experimenta una sensación de pérdida de control. A diferencia de otros trastornos alimentarios, estos episodios no suelen estar seguidos por conductas compensatorias como vómitos o ejercicio excesivo.

Los expertos explican que muchas personas tardan años en consultar porque atribuyen el problema a una supuesta falta de voluntad. Además, existe la idea errónea de que los trastornos alimentarios solo afectan a personas extremadamente delgadas, cuando en realidad el trastorno por atracón puede presentarse en individuos de distintos pesos corporales.

¿Tenés más hambre cuando hace frío? La explicación científica detrás de los antojos de invierno.

Entre los síntomas que pueden indicar la presencia de un problema aparecen la necesidad de comer a escondidas, la sensación recurrente de no poder detenerse una vez iniciada una comida, la culpa intensa después de comer, la preocupación constante por la alimentación y el uso de la comida como principal estrategia para gestionar emociones difíciles. También pueden observarse cambios de humor relacionados con la alimentación y conductas de ocultamiento frente a familiares o amigos.

Por eso, aunque sentir más hambre durante el invierno suele ser una respuesta completamente normal del organismo, los especialistas recomiendan prestar atención a cómo se manifiesta ese apetito. Si la comida deja de responder al hambre física y comienza a convertirse en una forma de manejar emociones o una fuente de sufrimiento, buscar ayuda profesional puede marcar una diferencia importante.