Patricia Bullrich lo hizo una vez más. La senadora dio ayer un doble ultimátum público a Javier Milei. Es Adorni o yo, dijo, primero off the record y, horas más tarde, en una entrevista televisiva que coordinó sin avisarle al equipo de comunicación del Gobierno. El presidente, fuera del país y de timing, no pudo reaccionar a tiempo para evitar el reto público y cuando quiso reducir daños en una extensa entrevista telefónica con dos de sus voceros más entusiastas el papel que hizo fue tan lamentable que ni siquiera ellos pudieron disimular o hacer más pasable el papelón.
Ahora Milei quedó en una encerrona doble. Si Adorni se va, después de su defensa cerrada hasta último momento, va a parecer como que Bullrich pone condiciones. Si se queda, el presidente va a seguir pagando un inmenso costo político que la senadora va a poder deducir de su cuenta. Por otro lado, si Bullrich no recibe un castigo por su desafío, la autoridad presidencial quedará fatalmente dañada, pero si se la penaliza con la misma vara que a otros díscolos, que es el exilio, corre el riesgo de partir al oficialismo fatalmente en dos. Y ahí agarrate.
Bullrich no es cualquier challenger. No sólo por su larga historia de traiciones y su innegable habilidad política, que tiene pocos pares en la cancha local. También es la dirigente con mejor imagen pública del oficialismo, maneja una serie de contactos y sponsors que le permitirían conformar bloques propios en las dos cámaras del Congreso. Ya está montando una maquinaria de campaña para el 2027. Tiene las reuniones que hay que tener. Está juntando fondos sin mucha dificultad. En público dice que juega en CABA; en algunas reuniones abre otros escenarios.
Cuenta con la bendición del círculo rojo, que ante la falta de otras opciones taquilleras ya la eligió como garante del rumbo, una melodía sobre la que improvisa un amplio espectro de leviatanes, desde Paolo Rocca hasta Héctor Magnetto y Fernán Saguier, pasando por el visitante ilustre Peter Thiel, gobernadores, funcionarios del gobierno de Donald Trump y el expresidente Mauricio Macri, cuya reconciliación con su exministra va más allá del abrazo público que se prodigaron la semana pasada. Parada sobre los hombros de esos gigantes, Patricia va.
La hipótesis electoral no es la única. La incertidumbre no sólo por los problemas que tiene el gobierno sino por la poca capacidad que ha tenido hasta acá para lidiar con ellos, reflotó la posibilidad del “escenario Massa”. Si la deriva de Milei se sale de control, poniendo en riesgo la integridad de su mandato o el éxito de cualquier candidatura pro-establishment en las elecciones, Bullrich podría asumir como jefa de Gabinete plenipotenciaria, correr a los Milei y a su gabinete, armar su equipo y gobernar interpósita persona mientras hace campaña para ser elegida.
Corren horas decisivas para el gobierno nacional. El futuro de esta administración (y, por lo tanto, el del país) depende de decisiones que se toman muy lejos de donde están las verdaderas urgencias, que hoy desbordan la alfombra donde estuvieron escondidas durante dos años, en cada provincia del país que estalla en protestas, en cada familia que silenciosamente sacrifica un poco más cada día. Será una tarea urgente para el próximo gobierno popular que se recorte esa distancia entre el centro gravitatorio del poder y el lugar donde se sienten las consecuencias.
