La épica, esta vez, era otra. Seguir aguantando una final con un jugador menos (expulsión boba de Enzo Fernández), sin los centrales ya en el campo (Cuti Romero y Lisandro Martínez, columnas del equipo), con Nicolás Tagliafico (la figura argentina luego de un enorme Dibu Martínez) en una pierna y con Leo Messi en inferioridad de condiciones, y que pudo activar recién después del 0-1, cuando ese remiendo de equipo amagó colocarse a tiro de un empate que no habría sido épico, sino milagroso.
El gol de Ferrán Torres a los 39 segundos del segundo tiempo extra fue justicia estricta. Las estadísticas en favor de España, nuevo campeón mundial, eran abrumadoras. La épica de llegar a los penales con Dibu en gracia murió con ese gol. Hubo, es cierto, una última oportunidad inmensa (la única en 130 minutos) cuando Giuliano Simeone disparó muy alto a los 120 desde el punto penal. Era la remontada enésima. No lo fue. Y la final no estuvo a la altura del Mundial emotivo. Puro remiendo, la selección jugó la final como la de Italia 90. Las lágrimas de Diego allí. Las de Leo aquí, tras su Mundial dorado a los 39 años, aunque el premio al mejor del torneo, justo, haya sido para Rodri (mariscal hoy otra vez de la España campeona). También como en el ’90: “héroes igual”.
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Hubo un momento en el que la Argentina actual, políticamente tan servicial que está con Estados Unidos, habría podido esperar un favor de Donald Trump, aburrido en su palco junto con Melania, demasiado atareado en lanzar nuevas bombas sobre Irán, y silbado con estruendo cuando entró al campo para premiar al campeón, esta vez sin su baile robótico del Mundial de Clubes de un año atrás. No le era posible al presidente de Estados Unidos pedir hoy por Balorim Falogun, el atacante estrella de su selección. Pero sí acaso alguna otra cosa. Por lo menos que hubiera wifi en el sector de prensa. O que hubiese acelerado algo el ingreso de periodistas que debieron esperar hasta tres horas hasta poder entrar al estadio, creáse o no, en este Mundial de Primer Mundo, “el mejor de toda la historia”, como dijo Gianni Infantino, tan silbado como Trump.
Toda la previa de la final escuchamos sobre equipos de estilos similares. Era un engaño. Porque no fue así durante el torneo y mucho menos en la final. Con altas y bajas, España, que venía de pasear en semifinales al superfavorito Francia, jugó siempre a tener la pelota. Asfixiar al rival. Retirarlo de la cancha. Argentina, en cambio, estuvo jugando a dividir la pelota. Eso sí, con las explosiones finales que provocaron adhesiones populares que serán hasta la eternidad y que le permitieron llegar hasta aquí. Contra Cabo Verde, Egipto e Inglaterra. Hoy la selección salió directamente a regalar la pelota. El primer tiempo, las pocas veces que la recuperó, la tiró muchas veces a la nada, porque ni siquiera encontraba posibilidad de pase. No es que no tiró al arco. No llegó siquiera al área de España. Fue doloroso para los ojos. Y también para los bolsillos de los que pagaron cerca de 50 mil dólares en la reventa y en la política local de precios dinámicos, lo poco dinámico que tuvo la final, que tras el silbato tuvo momentos de trifulcas. El momento “Pandillas de Nueva York”, por suerte, duró apenas segundos.
Difícil de analizar esta derrota, tal la diferencia abrumadora entre uno y otro. Nunca se vio a una selección de Scaloni con tamaño renunciamiento al juego. Al protagonismo que, jugando bien o mal, siempre declamó y ejerció. “Fin de ciclo”, sugirió el DT tras el partido. Si así fuere, reconocimiento eterno para él. No salió bien la apuesta, inesperada, por Nico González. “Esperemos el cuarto cuarto”, me dijo un colega, como si habláramos de la NBA, en el entretiempo alargado de este Mundial tan Made in USA. De cooling breaks que hoy sí bendecíamos para ver si el equipo se recomponía. El colega se refería, claro, a las reacciones finales de Argentina en sus partidos anteriores, al Messi de remontadas épicas. Tras la derrota, además de lágrimas, a Leo se lo vio rengueando. Enchufó pero tarde. En su Mundial de ocho goles, cuatro asistencias y protagonismo sorprendente, le dejó una lección a jóvenes como Lamine Yamal, heredero supuesto, veinte años menor. Ya dirá Messi si se despide de lo que fuere. Una Copa y dos finales más en su haber. Decenas de records. Gloria para él y no para la FIFA de Infantino o de Trump (ya no se sabe de quién). Ya no se sabe quién se quedará con la pelota, aunque lo sospechemos.
