A fines de la década de 1940, los Estados Unidos eran una sociedad convulsionada por las secuelas de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. La desmovilización de doce millones de efectivos que habían actuado en los teatros bélicos y la suspensión de la producción masiva de armamentos abrían un escenario absolutamente nuevo en el país. Los trabajadores que volvían del frente no aceptaban las condiciones laborales de la década del 30, los afroamericanos que habían empuñado un fusil para defender la bandera resistían con singular fuerza el régimen de segregación imperante y las mujeres que contribuyeron al esfuerzo de guerra en la retaguardia, ocupando lugares en fábricas, centros logísticos y oficinas, rechazaban retornar sumisas a sus casas. Los reclamos se multiplicaban.

La elite estadounidense ensayó dos respuestas. Una de carácter persuasivo por la cual la reconstitución del "american way of life" se haría en un nivel de bienestar superior al de preguerra. La segunda reacción fue represiva, basada en acusar de comunista y consecuentemente reprimir todo reclamo colectivo en el marco de lo que se conoció como macartismo. Macartismo es un término que se acuñó para generalizar la persecución política en los Estados Unidos, originado en las ominosas investigaciones parlamentarias dirigidas por el senador Joseph McCarthy sobre políticos, intelectuales y artistas tildados de tener ideas de izquierda.

Se ha iniciado una etapa de garrote sin zanahoria

Este esquema le garantizó a la elite una década tranquila hasta que la coalición de trabajadores, mujeres y minorías étnicas pudo organizarse y obtener el triunfo político de colocar a J.F. Kennedy en la Casa Blanca en 1960, abriendo un nuevo ciclo de conflictos.

En el presente, Suramérica ve hundirse las mejoras socioeconómicas alcanzadas en los primeros quince años del siglo XXI, a partir de políticas que vulneran los tres grandes pilares en los que se apoyaron esos logros: la democracia, la paz y el crecimiento económico.

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La persecución mediática y judicial contra los líderes y militantes que reivindican los gobiernos de la primera década y media provocan una ruptura del estado de derecho solo comparable con el clima autoritario que imperó en la década del 70. Las amenazas de intervención militar en países del continente como Venezuela desmoronan también el largo ciclo de paz vivido. El avance de modelos económicos de libre mercado y flujo de capitales financieros provocan un freno a la actividad productiva de la región. Cualquier resistencia a la combinación de democracia restringida y acción de los agentes económicos decidiendo exclusivamente sobre los recursos del continente es tildada de "populista", término que reemplaza al señalamiento de "comunista" durante la Guerra Fría, con el que se buscaba cortar con cualquier planteo de ampliación de derechos o búsqueda de justicia social.

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Ningún debate sobre una sociedad igualitaria es posible porque implica "el retorno del populismo". La ocupación de la calle por las fuerzas de seguridad y del espacio de discusión por los grandes medios blandiendo, además, el mazo de la justicia penal contra los opositores tenaces, han creado un neo macartismo similar al que rigió durante la Guerra Fría, donde no se confrontan ideas o cosmovisiones socioeconómicas, sino que se acallan voces desde la negación del derecho a plantear alternativas. Señalar como "populista" basta.

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Lo que agrava el problema para la región es que hemos descripto la lista represiva de la oferta dominante para el continente, pero dicho diseño no contiene un costado persuasivo similar al de los Estados Unidos en la década del 50: hay neo macartismo persecutorio pero no hay estado de bienestar de compensación.

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Los pueblos suramericanos y quienes asumen el rol de liderarlos deben ser muy conscientes de que se ha iniciado una etapa de garrote sin zanahoria. Nuestro modelo de paz, prosperidad y democracia de principios de este siglo era una realidad tangible.

Las elites dominantes en cada uno de nuestros países se han lanzado a una profunda restructuración económica y social que castigue e impida la repetición de las experiencias vividas. Por ello, no hay márgenes de negociación y es imprescindible generar un fuerte corpus ideológico de nuevo tipo que permita enfrentar este ataque, cohesionando a todos los actores sociales agredidos. Las instituciones republicanas, comenzando por el Poder Judicial, se resquebrajan y el espacio callejero o mediático del disenso se angosta dramáticamente.

"Populista" es ese sayo previo para despojar de palabra y derechos a quienes lo reciben. La respuesta no surge de grupos focales, sondeos de opinión o big data, sino de la cohesión del pueblo en torno a un programa que en su momento lo hizo feliz.