Con la actividad estancada, la inflación retomando una trayectoria ascendente, el desempleo en aumento y el riesgo país por encima de los 600 puntos, el ciclo político de Javier Milei entró en una fase superior de delirium economics.
Ese desvarío se expresa en una narrativa oficial que insiste en que la economía crece, que la inflación ya empezó con cero, que se está creando empleo y que no habrá problemas para afrontar los pagos de deuda en dólares. La realidad muestra otra cosa: un programa fiscal, financiero y laboral cada vez más frágil, en un momento en que la principal promesa libertaria —la desinflación— ya quedó demolida.
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En este mundo de ficción libertario, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, afirmó que “Argentina va camino a un proceso de reindustrialización tremendo”, en una entrevista en El Cronista. En la red X, Daniel Schteingart replicó: “Segundo país del mundo con mayor caída de la producción industrial entre 2023-2025 (-8%). Solo Hungría nos supera”.
El proyecto de país libertario, basado en un programa económico de apertura y ajuste regresivo, no solo conduce al fracaso, sino que, una vez más, la hegemonía conservadora va a contramano de lo que está pasando en el resto del mundo.
Un reciente informe del Banco Mundial confirma lo que la evidencia histórica ya había demostrado: la política industrial es una herramienta legítima y necesaria para el desarrollo económico. En Argentina, el gobierno de Javier Milei va exactamente en sentido contrario.
El documento Industrial Policy for Development: Approaches in the 21st Century, publicado esta semana por el Banco Mundial —institución que durante décadas, junto al FMI, definieron los lineamientos de la ortodoxia global— muestra cómo se está pensando hoy el sendero de desarrollo de las economías.
La investigación del BM no la escribió la CEPAL, ni economistas heterodoxos, ni ningún think tank de izquierda. La firmaron Ana Margarida Fernandes y Tristan Reed, economistas del Grupo de Investigación sobre Desarrollo del propio Banco, con doctorados en Yale y Harvard, respectivamente. Y su conclusión central es devastadora para el experimento libertario: la política industrial está en su punto más alto en décadas.
Mientras Milei desmantela el entramado productivo —cerrando organismos de ciencia y tecnología, vaciando programas de apoyo al sector industrial, dejando sin financiamiento al INTI, a la CONAE, y a decenas de instrumentos de fomento—, el resto del mundo hace exactamente lo contrario.
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Lo que dice el Banco Mundial
El informe destaca que casi todos los países tienen políticas industriales activas. Una revisión de los planes nacionales de desarrollo de 183 economías realizada para este estudio encontró que la totalidad de ellas apunta al crecimiento de al menos una industria específica. Los países de bajos ingresos apuntan, en promedio, a 13 sectores estratégicos. Los de altos ingresos, a 6. Ninguno renuncia a intervenir.
El uso de subsidios a empresas privadas está en su nivel histórico más alto en los países de ingreso medio-alto, alcanzando el 4,2% del PIB promedio. Los aranceles de importación, herramienta que el credo neoliberal declara obsoleta, son utilizados selectivamente por casi todos los gobiernos para proteger industrias estratégicas.
El 80% de los economistas del Banco Mundial que asesoran a ministerios de finanzas reportaron en marzo de 2025 que sus gobiernos los habían consultado sobre cómo usar mejor la política industrial.
El documento revisa con honestidad intelectual el error de diagnóstico del propio Banco Mundial en 1993, cuando su informe sobre el "Milagro del Este Asiático" concluyó que la política industrial raramente funcionaba y que sus condiciones de éxito eran demasiado exigentes para replicarse. Tres décadas después, la institución reconoce que aquel consejo "no envejeció bien", según reconoció el economista jefe del BM, Indermit Gill, que prologa el informe. La evidencia acumulada demuestra que las políticas industriales son más replicables de lo que se pensaba, que los niveles educativos han subido, que la capacidad estatal mejoró en muchos países, y que el nuevo contexto global —con crecimiento lento, automatización acelerada y proteccionismo en auge en las potencias económicas— hace que abandonar este tipo de instrumentos equivalga a ceder el terreno a quienes los usan en forma equivocada.
Lo que el mundo hace y Argentina deshace
El informe ilustra con casos concretos, entre ellos:
- Rumania ofreció exenciones impositivas a ingenieros informáticos calificados e impulsó su industria de software hasta convertirse en un hub global del sector.
- Brasil reorientó su investigación agropecuaria hacia condiciones ecológicas locales y sentó las bases de su liderazgo mundial en producción agrícola.
- Corea del Sur apostó en los años 70 a la industria química y pesada con grandes subsidios estatales; investigadores que revisaron ese proceso 33 años después encontraron que el impacto de esa política explica que el PIB coreano sea un 3% más grande cada año. El costo fiscal de aquellos subsidios —que el Banco Mundial había cifrado en 2,4% del PIB en un solo año y que usaba como argumento en contra— resultó ser una inversión extraordinariamente rentable.
Ninguno de estos países hizo lo que Milei predica: retirarse del mercado, eliminar organismos de apoyo, desmantelar el Estado productivo y esperar que la "mano invisible" resuelva décadas de atraso estructural.
Los economistas Lisandro Mondino y Anahí Rampinini escribieron "Una política industrial para el desarrollo", publicado en el Departamento de Economía Política del Centro Cultural de la Cooperación, destacando que "desde 2020 se acelera la implementación de políticas industriales, concentradas en EE.UU., UE y China".
Explican que sus justificaciones pasaron de la competitividad verde a la seguridad nacional y la resiliencia de cadenas de suministro. Para concluir que "el multilateralismo cede paso a acuerdos bilaterales y medidas unilaterales: EE.UU. bloquea la OMC, aplica aranceles selectivos y restringe chips a China; la UE impone regulaciones ambientales de impacto externo (ajuste en frontera por carbono, productos libres de deforestación); y China, con sus planes quinquenales, complementados con estrategias como Made in China 2025 y el Plan de IA de Nueva Generación, buscan autosuficiencia tecnológica, liderazgo en sectores estratégicos y desplazamiento hacia actividades de alto valor".
La economía libertaria va a contracorriente
El contraste con la política del gobierno de Milei es brutal. Mientras el Banco Mundial recomienda que incluso los países más pobres, con menor capacidad estatal y menor espacio fiscal, implementen al menos parques industriales, programas de desarrollo de habilidades y asistencia para el acceso a mercados externos, Milei ha recortado o eliminado este tipo de instrumentos.
El INTI, que entre sus funciones incluye dar soporte tecnológico a pymes para mejorar su competitividad, fue sometido a recortes que afectan su capacidad operativa. Los programas de crédito para la industria nacional fueron vaciados. La política de compre nacional fue abandonada como principio rector. El tipo de cambio atrasado fue convertido en ancla antiinflacionaria a costa de la competitividad exportadora industrial.
El documento del Banco Mundial cita expresamente a la Argentina en varios pasajes. Uno de los más reveladores describe el régimen de incentivos especiales de Tierra del Fuego, creado en 1972 y extendido sucesivas veces como ejemplo de una política industrial que nunca logró hacerse internacionalmente competitiva. Es una crítica legítima a la forma en que se implementaron ciertas políticas industriales argentinas. Pero vale observar la dirección del argumento: el Banco Mundial no dice que no debería existir política industrial en Tierra del Fuego; dice que debería haberse implementado mejor, con más criterio, con mejores incentivos para la competitividad y mecanismos de salida más claros.
La reflexión ovia es que la solución a una política industrial mal diseñada no es la desindustrialización; es una política industrial mejor diseñada.
Otra oportunidad perdida
Hay un patrón que se repite en la historia económica argentina. Cada vez que la economía mundial avanza hacia una nueva forma de organizar la producción, la inversión y el desarrollo, alianzas políticas conservadoras de derecha apuestan por el mismo recetario: apertura indiscriminada, desregulación, retiro del Estado, fe ciega en el mercado. Y el resultado siempre es el mismo: un ciclo de endeudamiento, desindustrialización relativa, fuga de cerebros, destrucción de capacidades productivas que tardaron décadas en construirse, y una economía que queda más vulnerable, más dependiente y más atrasada que antes.
El informe del Banco Mundial describe con el nuevo contexto mundial: el crecimiento global se desaceleró, la automatización está reduciendo el empleo industrial en todo el mundo, y el proteccionismo y los subsidios industriales han vuelto a dispararse en las economías avanzadas. Bajo estas condiciones, dice el reporte, los países que no desarrollen una política industrial activa y bien diseñada quedan expuestos a una pérdida de oportunidades de crecimiento.
La Argentina de Milei no está reinventando el capitalismo ni abriendo una nueva senda. Está repitiendo, con renovado fanatismo ideológico, los mismos errores que conducen al fracaso en términos de desarrollo. Mientras la mayoría de los países construye su política industrial del siglo XXI, el experimento libertario está destruyendo lo que queda de la del siglo XX.
